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Historia general y natural de las Indias: Part 1 (1535) Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés
Primera parte de la historia natural y general de las indias, yslas e tierra firme del mar oceano; escripta por el capitan
Gonçalo Hernández de Oviedo y Valdés, alcayde de la fortaleza de la ciudad de Sancto Domingo de la ysla Española, y cronista
de la sacra, cesárea y catholicas majestades del emperador don Carlos quinto de tal nombre, rey de España, e de la sereníssima
e muy poderosa reyna doña Juana su madre nuestros señores. Por cuyo mandado el auctor escrivió las cosas maravillosas que
hay en diversas yslas e partes destas indias e imperio de la corona real de castilla, según lo vido e supo en veynte e dos
años e más que ha que vive e reside en aquellas partes. La qual historia comiença en el primero descubrimiento destas indias,
y se contiene en veynte libros este primero volumen.
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Libro I
Comienza el primero libro deste volumen. El cual consiste en el proemio o introdución desta primera parte de la General y Natural Historia de las Indias, dirigido a la sacra, cesárea, católica y real majestad del emperador rey, nuestro señor.
S. CES. CAT. R. M.
Escribe el Albulensis, por otro nombre dicho el Tostado, sobre la declaración que hizo de Eusebio (De los tiempos) el glorioso doctor de la Iglesia San Hierónimo, que los etíopes se levantaron de a par del río Indo. Aquesta Etiopía, parte
della es en Asia y parte en Africa. Pero los etíopes orientales, en la India son; la cual, según Isidoro (Ethimol., lib. XIV, cap. 111, "De Assia"). hobo este nombre del río Indo: India vocata ab Indo flumine. El cual autor, antes desto, dice que el mar Rojo, en el Oriente, rescibe en sí el río Indo: Indus fluvius orientis qui rubro mari accipitur. Esta es la parte de la Etiopía oriental; pero, en la cosmografía moderna y experimentada, yo hallo señalado y puesto el
río Indo no como los autores susodichos escriben, sino quinientas o más leguas adelante del mar Rojo y del mar de Persia;
y entra en el Océano en la costa de la cibdad llamada Lima, en la boca del cual está el reino de Cambaya; entre el cual río
Indo y el río Ganges está la India mayor, o India más oriental, que es muy lejos, como he dicho, del mar Rojo, y más al Levante
que no son los etíopes, contra quien dicen que fué enviado a pelear Moisén, como capitán de los egipcianos. Mas, después,
fueron estos etíopes buenos cristianos, e, como dice el Tostado en el lugar de suso alegado, convertidos a la fe por San Mateo
apóstol. Y el comienzo de la conversión les fué el sancto Eunucho, mayordomo de la reina Candacis, baptizado y enseñado por
sanct Felipe, apóstol.
Quiero significar y dar a entender por verdadera cosmografía, que aquí yo no tracto de aquestas Indias que he dicho, sino
de las Indias, islas e tierra firme del mar Océano, que agora está actualmente debajo del imperio de la corona real de Castilla,
donde innumerables e muy grandes reinos e provincias se incluyen, de tanta admiración y riquezas como en los libros desta
Historia General e Natural destas vuestras Indias será declarado.
Por tanto, suplico a Vuestra Cesárea Majestad haga dignas mis vigilias de poner la mente en ellas; pues naturalmente todo
hombre desea saber, y el entendimiento racional es lo que le hace más excelente que a otro ningún animal; y en esta excelencia
es semejante a Dios en aquella parte que El dijo: "Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza." Desta causa, no se contenta
nuestra voluntad ni se satisface nuestro ánimo con entender y especular pocas cosas, ni con ver las ordinarias o próximas
a la patria, ni dentro della misma. Antes, por otras muy apartadas provincias peregrinando .(los que más participan deste
lindo deseo), pospuestos muchos y varios peligros, no cesan de inquirir en la tierra y en la mar las maravillosas e innumerables
obras que el mismo Dios y Señor, de todo nos enseña, para que más loores le demos, satisfaciendo la hermosa cobdicia desta
peregrinación nuestra. Y nos declara, por lo que vemos del mundo, que quien pudo hacer aquello es bastante para todo lo que
dél no alcanzamos, así por su grandeza como por la poca diligencia nuestra, e principalmente por la flaqueza humana, de que
los mortales están vestidos; de que resultan otras causas e inconvenientes que pueden impedir tan loable ocupación como es
ver con los ojos corporales lo que hay en esta composición a ellos visible (allende de lo que es contemplativo), de la universal
redondez, a quien los griegos llaman cosmos e los latinos mundo. En el cual, mucho menos de la quinta parte algunos cosmógrafos quieren que sea habitada; de la cual opinión yo me hallo
muy desviado, como hombre que, fuera de todo lo escrito por Tolomeo, sé que hay en este imperio de las Indias (que Vuestra
Cesárea Majestad y su corona real de Castilla poseen), tan grandes reinos e provincias, y de tan extrañas gentes e diversidades
e costumbres y ceremonias e idolatrías apartadas de cuanto estaba escripto, desde ab initio hasta nuestro tiempo, que es muy
corta la vida del hombre para lo poder ver ni acabar de entender o conjecturar.
¿Cuál ingenio mortal sabrá comprehender tanta diversidad de lenguas, de hábitos, de costumbres en los hombres destas Indias?
¿Tanta variedad de animales, así domésticos como salvajes y fieros? ¿Tanta multitud innarrable de árboles, copiosos de diversos
géneros de frutas, y otros estériles, así de aquellos que los indios cultivan, como de los que la Natura, de su propio oficio,
produce sin ayuda de manos mortales? ¿Cuántas plantas y hierbas útiles y provechosas al hombre? ¿Cuántas otras innumerables
que a él no son conocidas, y con tantas diferencias de rosas e flore e olorosa fragancia? ¿Tanta diversidad de aves de rapiña
y de otras raleas? ¿Tantas montañas altísimas y fértiles, e otras tan diferenciadas e bravas? ¿Cuántas vegas y campiñas dispuestas
para la agricultura, y con muy apropiadas riberas? ¿Cuántos montes más admirables y espantosos que Etna o Mongibel, y Vulcano,
y Estrongol; y los unos y los otros debajo de vuestra monarquía?
No fueran celebrados en tanta manera los que he dicho por los poetas e historiales antiguos, si supieran de Masaya, y Maribio,
y Guajocingo, e los que adelante serán memorados desta pluma, o escriptor vuestro.
¡Cuántos valles, e flores, llanos y deleitosos! ¡Cuántas costas de mar con muy extendidas playas e de muy excelentes puertos!
¡Cuántos y cuán poderosos ríos navegables! ¡Cuántos y cuán grandes lagos! ¿Cuántas fuentes frías e calientes, muy cercanas
unas de otras! ¡E cuántas de betum e de otras materias o licores! ¿Cuántos pescados de los que en España conoscemos, sin otros
muchos que en ella no se saben ni los vieron! ¿Cuántos mineros de oro e plata e cobre! ¡Cuánta suma preciosa de marcos de
perlas e uniones que cada día se hallan! ¿En cuál tierra se oyó ni se sabe que en tan breve tiempo, y en tierras tan apartadas
de nuestra Europa, se produciesen tantos ganados e granjerías, y en tanta abundancia como en estas Indias ven nuestros ojos,
traídas acá por tan amplísimos mares? Las cuales ha rescebido esta tierra no como madrastra, sino como más verdadera madre
que la que se las envió: pues en más cantidad e mejor que en España se hacen algunas dellas, así de los ganados útiles al
servicio de los hombres como de pan, y legumbres, e frutas, y azúcar, y cañafistola; cuyo principio destas cosas, en mis días
salió de España, y en poco tiempo se han multiplicado en tanta cantidad, que las naos vuelven a Europa a la proveer cargadas
de azúcar, e cañafistola y cueros de vacas: E así lo podrían hacer de otras cosas que acá están olvidadas e aquestas Indias,
antes que los españoles las hallasen, producían e agora producen, así como algodón, orchilla, brasil, e alumbre, e otras mercadurías
que en muchos reinos del mundo las desean y serían grande utilidad para ellos. Lo cual nuestros mercaderes no quieren, por
no ocupar sus navíos sino con oro, e plata, e perlas, e las otras cosas que dije primero.
Y pues lo que deste grandísimo e nuevo imperio se podría escrebir es tanto, e tan admirable la lección dello, ella misma me
desculpe con Vuestra Cesárea Majestad, si tan copiosamente como la materia lo requiere no se dijere: baste que, como hombre
que ha los años que he dicho que miro estas cosas, ocuparé lo que me queda de vivir en dejar por memoria esta dulce e agradable
General y Natural Historia de Indias, en todo aquello que he visto, y en lo que a mi noticia ha venido e viniere, desde su
primero descubrimiento, con lo que más pudiere ver y alcanzar dello, en tanto que la vida no se me acabare. Pues la clemencia
de Vuestra Cesárea Majestad, como a criado que en estas partes le sirve e persevera con natural inclinación de inquerir, como
he inquerido, parte destas cosas, ha seído servido mandarme que las escriba y envíe a su Real Consejo de Indias, para que,
así como se fueren aumentando e sabiéndose, así se vayan poniendo en su gloriosa Crónica de España. En lo cual, Vuestra Majestad,
demás de servir a Dios Nuestro Señor en que se publique e sepa por el restante del mundo lo que está debajo de vuestro real
ceptro castellano, hace muy señalada merced a todos los reinos de cristianos en darles ocasión, con este tractado, para que
den infinitas gracias a Dios por el acrecentamiento de su santa fe católica. La cual, con vuestro sancto e cristianísimo celo,
cada día se aumenta en estas Indias. Y esto será un glorioso colmo de la inmortalidad de vuestra perpetua e única fama, porque,
no solamente los fieles cristianos ternán que servir a Vuestra Cesárea Majestad tanta benignidad como es mandarles comunicar
esta verdadera y nueva historia, pero aun los infieles e idólatras que fuera destas partes en todo el mundo hobiere, oyendo
estas maravillas, quedarán obligados para lo mismo, loando al Hacedor dellas por serles tan incógnitas y apartadas de su hemisferio
e horizontes.
Materia es, muy poderoso señor, en que mi edad e diligencia, por la grandeza del objecto e sus circunstancias, no podrán bastar
a su perfecta difinición, por mi insuficiente estilo e brevedad de mis días. Pero será a lo menos lo que yo escribiere, historia
verdadera e desviada de todas las fábulas que en este caso otros escritores, sin verlo, desde España, a pie enjuto, han presumido
eerrihir con elegantes e no comunes letras latinas e vulgares, por informaciones de muchos de diferentes juicios, formando
historias más allegadas a buen estilo que a la verdad de la cosa que cuentan; porque ni el ciego sabe determinar colores,
ni el ausente así testificar estas materias como quien las mira.
Quiero certificar a Vuestra Cesárea Majestad que irán desnudos mis renglones de abundancia de palabras artificiales para convidar
a los letores; pero serán muy copiosos de verdad, y conforme a ésta, diré lo que no terná contradición, cuanto a ella, para
que vuestra soberana clemencia allá lo mande polir e limar. Con tanto que del tenor e sentencia de lo que aquí fuere notificado
a vuestra grandeza, no se aparte la intención y obra del que tomare cargo de enmendar la mía, diciéndolo por mejor estilo:
siquiera porque no se ofenda mi buen deseo, ni se me niegue el loor del trabajo que, en tanto tiempo y con tantos peligros,
yo he padescido, allegando y inquiriendo, por todas las vías que pude saber, lo cierto destas materias, después que el año
de mill e quinientos y trece de la Natividad del Redemptor nuestro, Jesucristo, el católico rey don Fernando, de gloriosa
memoria, abuelo de Vuestra Cesárea Majestad, me envió por su veedor de las fundiciones del oro a la Tierra Firme, donde así
me ocupé cuando convino en aquel oficio, como en la conquista y pacificación de algunas partes de aquella tierra con las armas,
sirviendo a Dios y a Vuestras Majestades, como capitán y vasallo, en aquellos ásperos principios que se poblaron algunas cibdades
e villas que agora son de cristianos; donde con mucha gloria del real cetro de España; allí se continúa e sirve el culto divino.
En la cual conquista, los que en aquella sazón pasamos con Pedrarias Dávila, lugarteniente e capitán general del Rey Católico,
e después de Vuestras Majestades, seríamos hasta dos mil hombres, e hallamos en la tierra otros quinientos e más cristianos
debajo de la capitanía de Vasco Núñez de Balboa en la cibdad del Darien (que también se llamó antes la Guardia e después Santa
María del Antigua); la cual cibdad fué cabeza del Obispado de Castilla del Oro, e agora está despoblada, e no sin gran culpa
de quien fué la causa; porque estaba en la parte que convenía para la conquista de los indios flecheros de aquellas comarcas.
Y destos dos mil y quinientos hombres que he dicho, no hay al presente en todas las Indias, ni fuera dellas, cuarenta hombres,
a lo que yo creo; porque para servir a Dios y a Vuestras Majestades, y para que viviesen seguros los cristianos que después
han ido a aquellas provincias, así convenía, o mejor diciendo, era forzado que se hiciese. Porque la salvajez de la tierra,
y los aires della, y la espesura de los herbajes y arboledas de los campos, y el peligro de los ríos e grandes lagartos e
tigres, y el experimentar de las aguas e manjares fuese a costa de nuestras vidas y en utilidad de los mercaderes e pobladores
que, con sus manos lavadas, agora gozan de muchos sudores ajenos.
Y porque estando Vuestra Cesárea Majestad en Toledo, el año que pasó de la Natividad de Cristo de mill e quinientos y veinte
y cinco años, yo escribí una relación sumaria de parte de lo que aquí se contiene, e de aquélla fue su título: OVIEDO, De la Natural Historia de las Indias; mas aqueste tratado se llamará General y Natural Historia de las Indias; porque todo lo que en aquel sumario se contiene se hallará en éste y en las otras dos partes, segunda y tercera dél, mejor
y más copiosamente dicho, así porque aquello se escribió en España, quedando mis memoriales e libros en esta cibdad de Santo
Domingo de la isla Española (donde tengo mi casa), como porque yo he visto mucho más de lo que hasta entonces sabía destas
materias, en diez años que han pasado desde que aquello se escribió, experimentando con más atención lo que a este efecto
convenía más particularmente ver y entender. Y, demás desto, es de notar que todo lo que aquel reportorio o sumario contiene,
habrá en este tratado y sus partes acrescentado, e otras cosas grandes,e muy nuevas, de que allí no podía yo hacer memoria,
por no haberlas visto ni sabido.
Así que, muy poderoso señor, por las causas que de suso dije, justo es que tales historias sean manifiestas en todas las repúblicas
del mundo; para que en todo él se sepa la amplitud e grandeza destos Estados que guardaba Dios a vuestra real corona de Castilla
en ventura y méritos de Vuestra Cesárea Majestad, debajo de cuyo favor y amparo ofrezco la presente obra, e humilmente suplico,
en pago del tiempo que en esto he trabajado, e de la antigüedad que en vuestra real casa de Castilla me dan cuarenta y más
años que ha que soy del número de los criados de ella, sea servido de aceptar mis libros; porque, aunque éstos que aquí yo
escribo no son de mucha industria o artificio ni de calidad que requieran prolija oración e ornamento de palabras, no han
sido poco laboriosos, ni con la facilidad que otras materias se pueden allegar e componer escriptos; pero es, a lo menos,
muy aplacible leción oír y entender tantos secretos de Natura.
Si algunos vocablos extraños e bárbaros aquí se hallaren, la causa es la novedad de que se tracta; y no se pongan a la cuenta
de mi romance, que en Madrid nascí, y en la casa real me crié, y con gente noble he conversado, e algo he leído, para que
se sospeche que habré entendido mi lengua castellana, la cual, de las vulgares, se tiene por la mejor de todas; y lo que hobiere
en este volumen que con ella no consuene, serán nombres o palabras por mi voluntad puestas, para dar a entender las cosas
que por ellas quieren los indios significar.
En toda recompense Vuestra Majestad con mi deseo las faltas de la pluma, pues dijo Plinio de la suya, en el proemio de la
Natural Historia, que es cosa difícil hacer las cosas viejas nuevas; e a las nuevas dar auctoridad; y a las que salen de lo acostumbrado,
dar resplandor; e a las obscuras, luz; y a las enojosas, gracia, e a las dudosas, fe. Basta que yo he deseado y deseo servir
a Vuestra Cesárea Majestad y contentar a quien viere mi obra, y si no lo he sabido hacer. loarse debe mi intención. Conténtese
el letor con que lo que yo he visto y experimentado con muchos peligros, lo goza él y sabe sin ninguno; y que lo puede leer
sin que padezca tanta hambre y sed, e calor e frío, con otros innumerables trabajos, desde su patria, sin aventurarse a las
tormentas de la mar, ni a las desventuras que por acá se padescen en la tierra, sino que para su pasatiempo y descanso haya
yo nascido y, peregrinando, visto estas obras de Natura, o, mejor diciendo, del Maestro de la Natura; las cuales he escripto
en veinte libros que contiene esta primera parte o volumen, y en los que hay en la segunda y terceras partes, en que al presente
estoy ocupado, las cuales tratarán de las cosas de la Tierra Firme.
Verdad es, que el último libro, que agora se pone aquí por el número veinte, se pasará después en fin de la tercera parte,
porque es de calidad que sirve a todas tres; el cual se llama De los infortunios y naufragios, de casos acaescidos en las mares destas Indias. Todos estos libros están divididos según el género e calidad de las materias por donde discurren. Las cuales no he sacado
de dos mill millares de volúmenes que haya leído, como en el lugar suso alegado Plinio escribe, en lo cual paresce que él
dijo lo que leyó; e algunas cosas dice él que acrescentó que los antiguos no las entendieron, o después la vida las falló;
pero yo acumulé todo lo que aquí escribo, de dos mill millones de trabajos y nescesidades y peligros en veinte e dos años
e más que ha que veo y experimento por mi persona estas cosas, sirviendo a Dios e a mi rey en estas Indias, y habiendo ocho
veces pasado el grande mar Océano.
Mas, porque en alguna manera yo entiendo seguir o imitar al mismo Plinio (no en decir lo que él dijo, puesto que en algunos
lugares sean alegadas sus auctoridades como cosa deste jaez universal de Historia Natural, pero en el distinguir de mis libros
y géneros dellos, como él lo hizo), confesaré lo que él aprueba en su introdución; donde dice que es cosa de ánimo vicioso
y de ingenio infelice querer más aína ser tomado, con el hurto que volver lo que le fué prestado, máxime haziéndose capital
de la usura; pues por no incurrir en tal crimen, ni en desconocer al Plinio lo que es suyo (cuanto a la invención e título
del libro), yo le sigo en este caso.
Una cosa terná mi obra apartada del estilo de Plinio, y será relatar alguna parte de la conquista destas Indias, e dar razón
de su descubrimiento primero e de otras cosas que, aunque sean fuera de la Natural Historia, serán muy necesarias a ella para
saber el principio e fundamento de todo, y aun para que mejor se entienda por donde los Católicos Reyes don Fernando y doña
Isabel, abuelos de Vuestra Cesárea Majestad, se movieron a mandar buscar estas tierras, o, mejor diciendo, los movió Dios.
Todo esto y lo que tocare a particulares relaciones irá distincto e puesto en su lugar conveniente, mediante la gracia del
Espíritu Sancto e su divino auxilio, con protestación expresa que todo lo que en esta escritura hobiere, sea debajo de la
correpción y enmienda de nuestra sancta madre Iglesia apostólica de Roma, cuya migaja y mínimo siervo soy; y en cuya obediencia
protesto vivir y morir. Pero, porque todos los celosos del honor y vergüenza propia temieron la murmuración de los detratores,
y no solamente Plinio, que fué tan famoso autor, más tantos que no se pueden contar, y también el sancto rey David temía desto
cuando rogaba a Dios que le librase de la lengua dolosa, con más justa razón debo yo temer lo mismo; pues los muertos y los
ausentes no pueden responder por sí. Y como Plinio alegó aquel dicho de Plancho, cuando dijo que los muertos no combaten o
contienden sino con las máscaras, quiero yo, demás deso, decir a los que desde Europa, o Asia, o Africa me reprendieren, que
adviertan a que no estó en ninguna desas tres partes (según se puede sospechar de lo que está visto y descubierto de la mar
austral y la vuelta que va dando por ella la tierra hacia el Norte e cabo del Labrador). E pues los letores me han de escuchar
desde tan lejos, no me juzguen sin ver esta tierra donde estoy y de quien tracto; y que les baste que desde ella escribo,
en tiempo de innumerables testigos de vista, y que se dirigen mis libros a Vuestra Cesárea Majestad, cuyo es aquesté imperio,
y que se escriben por su mandado, y que me da de comer por su cronista destas materias, y que no he de ser de tan poco entendimiento
que ante tan altísima y Cesárea Majestad ose decir el contrario de la verdad, para que pierda su gracia y mi honor; y que,
demás deso, no son cosas las que aquí se tratan para ambiciosos honores de particulares personas, con palabras e ficiones
aplicadas por esperanza de ser gratificado de ninguno de los mortales; antes, conformándome con aquella verdadera sentencia
del sabio que dice: que la boca que miente, mata el ánima, espero en Dios que guardará la mía de tal peligro, e que, como
fiel escriptor, seré dél remunerado por la amplísima liberalidad de su clemencia e real mando de Vuestra Cesárea Majestad,
cuya gloriosa persona largos tiempos nuestro Señor favorezca e deje gozar de la total monarquía, como vuestro excelso corazón
lo desea e vuestros leales y verdaderos súbditos deseamos, e toda la universal república cristiana ha menester, amén.
Pues, entre todos los príncipes que en el mundo se llaman fieles y cristianos, sólo Vuestra Cesárea Majestad al presente sostiene
la católica religión e Iglesia de Dios, e la ampara contra la innumerable e malvada seta e grandísima potencia de Mahoma,
poniendo en exilio su principal cabeza y Gran Turco, con tanta efusión de sangre turquesca, y con tan señaladas victorias
en la mar y en la tierra, como en los años pasados de mill e quinientos y treinta e dos, y de treinta e tres años se vido,
estando allando otros reyes cristianos, esperando en qué pararían vuestros subcesos; e dió nuestro misericordioso y justo
Dios tal evento e salida a tan inmortal triunfo, que en cuanto hobiere hombres, jamás será olvidado; y así será en la celestial
vida acepto y remunerado, que Vuestra Cesárea Majestad sea glorificado con los bienaventurados rey Ricaredo, primero de tal
nombre, y su hermano Sant Hemergildo, mártir, de los cuales, tan larga dependencia y origen trae vuestra real prosapia e silla
de España; y de quien hablando el Burgensis dice que entrando en España sesenta mill franceses, envió desde Toledo el rey
Ricaredo a Claudio, su capitán general, y los venció, e mató e prendió la mayor parte dellos; y por tanto dijo: Nulla unquam
in hispaniis victoria viator vel similis invenitur. Lo mismo escribe el arzobispo don Rodrigo, a quien en esto siguió el Burgensis,
y mejor lo pudieran decir estos excelentes varones si vieran lo que obraron vuestros capitanes y vasallos el año de mill e
quinientos e veinte e cinco años contra el rey Francisco e su caballería e poder de Francia en la prisión de su persona, e
de los más e más principales de sus reinos y Estados en el cerco de Pavía, o si vieran lo que se espera que ha de obrar Dios
en vuestra buena ventura e invicto nombre.
Todo esto se quede para vuestros elegantes cronistas que allá están y gozan de verlo, y ellos lo escriban; que acá, en estos
tan apartados reinos, aunque los que amamos vuestro real servicio no veamos lo que es dicho de estas grandes victorias de
Vuestra Cesárea Majestad, tanta parte deste placer rescibimos, como le han de tener los que aman a su príncipe, según deben
como leales súbditos y cristianos; porque, en la verdad, no creo que se pueden decir tales los que dejaren de dar continuas
gracias a Dios por el acrescentamiento de vuestra Cesárea persona e vida; pues en ella consisten las nuestras, e todo el bien
de la cristiana religión.
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Libro II
Comienza el segundo libro de la General y Natural Historia de las Indias.
Proemio
Para que más ordenadamente esta grande e natural e general Historia de las Indias se entienda, conviene hacer distinción de
mis libros; y en el proemio o principio de cada uno dellos entiendo dar particular e sumaria relación de las materias que
se hau de tractar y escrebir en cada uno, o, a lo menos, de lo más substancial. E así digo que en este segundo se seguirá
la historia en continuación del primero e precedente libro o proemio, diciendo el motivo e intención con que yo prosigo, cumpliendo
lo que por la Cesárea Majestad me está mandado. E junto con esto, diré en qué manera sigo o, mejor diciendo, quiero o deseo
imitar al Plinio, e tocaré brevemente las opiniones que hay sobre a quien él enderezó su Natural Historia. E asimismo diré la opinión que yo tengo cerca de haberse sabido estas islas por los antiguos, e ser las Hespérides: e probarélo
con historiales e auctoridades de mucho crédito. E diré quién fué don Cristóbal Colom, primero descubridor e almirante destas
Indias, e por qué vía e forma se movió al descubrimiento dellas; y en qué tiempo fueron halladas por él, y lo que le acaesció
en el primero e segundo viajes que hizo a estas partes e lo que descubrió en ellas en cada viaje; e de la donación e título
apostólico que el Sumo Pontífice hizo destas Indias a los Reyes Católicos, don Fernando e doña Isabel, e a sus subcesores
en los reinos de Castilla y de León (no obstante que antiquísimamente fueron de España, según mi opinión). E diré quién fueron
algunos caballeros e hidalgos que primero se hallaron en la conquista e pacificación desta isla Española, e de los trabajos
que los cristianos pasaron en ella, en tanto que el Almirante fué a descobrir la isla de Jamaica; y del origen de la enfermedad
de las búas, e de cuatro cosas muy notables que acaescieron el año de mill e cuatrocientos e noventa y dos años que estas
Indias se descubrieron; e la orden del camino e navegación que se hace desde España a estas partes; y del crescer e menguar
de la mar e su flujo e reflujo; e del nordestear e noruestear de las agujas de navegar, e otras particularidades convenientes
al discurso de la historia, como más largamente consta de los siguientes capítulos.
Y porque dije en el primero libro que he pasado el mar Océano ocho veces, las siete fueron antes que esta octava viniese a
presentar este tratado a nuestro gran César, como lo he hecho; e placiendo a nuestro señor, la novena será volviéndome Dios
a mi casa a servir a Sus Majestades e a escrebir en limpio la segunda e tercera partes destas historias.
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Capítulo I
De las opiniones que hay cerca de a quién dirigió Plinio su libro de la Natural Historia; e también relatando en parte, sumariamente,
las materias de que se tracta en este libro segundo.
Escribió Plinio treinta e siete libros en su Natural Historia, e yo en aquesta mi obra e primera parte della, veinte, en los cuales, como he dicho, en todo cuanto le pudiere imitar, entiendo
hacerlo. El primero de los suyos fué el proemio, enderezando lo que escribió a Tito, emperador; aunque otros tienen que a
Domiciano, y no falta quien diga que a Vespasiano. Yo no tengo necesidad deso, pues no escribo de auctoridad de algún historiador
o poeta, sino como testigo de vista, en la mayor parte, de cuanto aquí tratare; y lo que yo no hubiere visto, dirélo por relación
de personas fidedignas, no dando en cosa alguna crédito a un solo testigo, sino a muchos, en aquellas cosas que por mi persona
no hobiere experimentado. Y dirélas de la manera que las entendí, y de quién; porque tengo cédulas y mandamientos de la Cesárea
Majestad para que todos sus gobernadores e justicias e oficiales de todas las Indias me den aviso e relación verdadera de
todo lo que fuere digno de historia, por testimonios auténticos, firmados de sus nombres e signados de escribanos públicos,
de manera que hagan fe. Porque, como celosos príncipes de la verdad e tan amigos della, quieren que esta Historia Natural e General de sus Indias se escriba muy al proprio. Porque, como dice Plinio (lib. V, cap. II), aunque paresce claro el camino o vía de se poder entender
la verdad, es difícil, porque los hombres diligentes se cansan o enojan de investigar lo cierto, e por no parescer ignorantes,
no se avergüenzan de mentir. Y es gran peligro transcorrer en mucho crédito cuando quien es auctor de lo falso es hombre grave
e de auctoridad. Por cierto, yo veo cosas escritas desde España destas Indias, que me maravillo de lo que osaron los auctores
decir dellas, arrimados a sus elegantes estilos, seyendo tan desviados de la verdad como el cielo de la tierra; y quedan disculpados
con decir: "así lo oí, e aunque no lo vi, entendílo de personas que lo vieron e dieron a entender"; de manera que se osó escrebir
al Papa e a los reyes e príncipes extraños.
Pero lo que yo aquí diré, no quiero contarlo a los que no me conoscen, ni a los que viven fuera de España; e por tanto, dico ego opera mea regí, e como quien la relata a su rey proprio e ante tan alta Majestad. Pues Plinio contó su proemio por primero libro, sea así
mi introdución precedente en quien comiencen los míos, e aqueste llamemos el segundo.
Dije que Plinio enderezó su Natural Historia a Tito, emperador, e podrá parescer a algunos que me contradigo, porque en aquella sumaria relación de cosas de Indias que
escrebí en Toledo el año de mill e quinientos e veinte e cinco, dije que lo quel Plinio escribió de semejantes materias lo
dirigió a Domiciano, emperador (y de tal opinión soy). Y para satisfacer a los que desta inadvertencia quisieren culparme,
porque a mi parescer no lo es, digo que yo oí sobre la misma quistión al Pontano en Nápoles, año de mill y quinientos, el
cual en aquella sazón era tenido por uno de los literatísimos y doctos hombres de Italia; y éste tenía que Plinio escribió
a Domiciano e no a su hermano Tito, y para ello daba suficientes razones. Pero, demás de lo que algunos historiadores escriben,
es de otro parescer el Antonio de Florencia, el cual alega que Vine., in Specu. hist. (lib. XI, cap. LXVII), hablando en Plinio y su General e Natural Historia, dice así: Hic scripsit de historia naturali libros XXXVII, quos Vespasiano curo epistola prœmissa direxit. Por manera que ésta es otra tercera opinión, conforme a la cual Plinio dirigió sus libros al emperador Vespasiano, e no
a ninguno de sus hijos. Dejemos aquesto e tornemos a nuestro principal intento e propósito.
Digo quel segundo libro de Plinio tracta de los elementos y estrellas e planetas y eclipses; y del día y de la noche; e de
la geometría del mundo e sus medidas; e de los vientos e truenos e rayos; e de los cuatro tiempos del año; y de prodigios
e portentos; y dónde y cómo se congelan la nieve y el granizo; y de la natura de la tierra e de su forma; y cuál parte della
es habitada. (Aunque, en lo que dice de ser inhabitable la tórrida zona o línea equinocial, él se engañó, también, como los
que tal escribieron: pues que es muy habitada, por lo que hoy vemos en la Tierra Firme destas Indias; e aun Avicena así lo
creyó, e dió razón para ello, e no sintió otra cosa en contra, como natural filósofo e cierto, más que todos los que en este
caso han escrito e dicho otra cosa.) Y también hizo mención de los terremotos, y en qué tierra no llueve, y dónde continuamente
tiembla la tierra, e cómo cresce e mengua la mar; e relata algunos miraglos de fuego.
De aquestas cosas e otras muchas que él dice, las que hobiere semejantes a ellas en esta Historia de Indias, se dirá en las provincias o tierras donde hobiere algo que notar de tales materias, e, por tanto, no las expresaré en este
mi segundo libro; mas notificaré en él la persona y ser de don Cristóbal Colom, primer inventor e descubridor e almirante
destas Indias; e diré de su origen, y del primero, segundo, tercero e cuarto viajes que hizo a estas partes, por lo cual,
habiendo respecto a sus grandes servicios, los Católicos Reyes, don Fernando e doña Isabel, que ganaron los reinos de Granada
e Nápoles, &c., le hicieron merçed del Estado e título de almirante perpetuo de sus Indias, e después dél a sus subcesores;
e le fueron dadas las armas reales de Castilla y de León, e otras mezcladas con ellas e con las quél se tenía de su linaje,
en cierta forma, como adelante se dirá. E fué hecho noble, con título de don para él e sus descendientes. Y también se dirá
de qué forma se hobo en el descubrimiento que hizo en parte de la Tierra Firme, la cual creo que no es menor que todas tres
juntas, Asia, Africa, Europa, por lo que la cosmografía moderna nos enseña; pues en lo que se sabe hay de tierra continuada
desde el estrecho que descubrió el capitán Fernando de Magallanes, que está de la otra parte de la línea equinocial, a la
banda del polo antártico, hasta el fin de la tierra que se sabe, la cual llaman del Labrador, que está a la parte de nuestro
polo ártico, o Septentrión, andando lo que es dicho, costa a costa, son más de cinco mill leguas de tierra continuada; lo
cual parescerá al letor cosa imposible, habiendo respecto a lo que boja o tiene de circunferencia todo el orbe. Pero no es
de maravillar, viendo la figura que la Tierra Firme tiene; porque está enarcada, de semejanza de un señuelo de cazador, o
como una herradura de un caballo; e considerando la parte e forma en que está asentada esta otra mitad del mundo, entenderá
muy bien cualquiera mediocre cosmógrafo, que es muy posible ser tan grande como he dicho la Tierra Firme.
En algunas cosas de las que en esta primera parte yo escribo, no seré largo, por ser notorias. Y también diré algunas opiniones
que hoy viven cerca de aqueste descubrimiento, e de donde hobo noticia de estas tierras este primero descubridor dellas, estando
tan incónitas e apartadas de todo lo que Tolomeo e otros cosmógrafos escribieron. Pero no daré en este caso más crédito (ni
tanto) a lo que el vulgo o algunos quisieron afirmar, porfiando que desta tierra e mares otro fué descubridor primero, como
a lo que la misma obra y el efecto del dicho Almirante consintieren. Porque, en la verdad, aunque otra cosa se pudiese presumir
de los contrarios indicios o fábulas, para estorbar el Ioor de don Cristóbal Colom, no deben ser creídos. Suya es esta gloria,
y a solo Colom, después de Dios, la deben los reyes de España pasados e católicos, e los presentes y por venir; y no solamente
toda la nasción de los señoríos todos de Sus Majestades, más aun los reinos extraños, por la grande utilidad que en todo el
mundo ha redundado destas Indias, con los innumerables tesoros que de ellas se han llevado e cada día se llevan, e se llevarán
en tanto que haya hombres.
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Capítulo II
Del origen e persona del almirante primero de las Indias, llamado Cristóbal
Colom, e por qué via o manera se movió al descubrimiento de ellas, según la opinión del vulgo.
Quieren algunos decir que esta tierra se supo primero grandes tiempos ha, y que estaba escrito e notado dónde es, y en qué
paralelos; e que se había perdido de la memoria de los hombres la navegación e cosmografía destas partes, y que Cristóbal
Colom, como hombre leído e docto en esta sciencia, se aventuró a descobrir estas islas. E aun yo no estó fuera desta sospecha,
ni lo dejo de creer, por lo que se dirá adelante en el siguiente capítulo. Mas, porque es bien que a hombre que tanto se le
debe, pongamos por principio e fundador de cosa tan grande como ésta, a quien él dió comienzo e industria, para todos los
que viven y después dél nos vinieren, digo que Cristóbal Colom, según yo he sabido de hombres de su nasción, fué natural de
la provincia de Liguria, que es en Italia, en la cual cae la cibdad e señoría de Génova: unos dicen que de Saona, e otros
que de un pequeño lugar o villaje, dicho Nervi, que es a la parte del Levante y en la costa de la mar, a dos leguas de la
misma cibdad de Génova; y por más cierto se tiene que fué natural de un lugar dicho Cugureo, cerca de la misma cibdad de Génova.
Hombre de honestos parientes e vida, de buena estatura e aspecto, más alto que mediano, e de recios miembros; los ojos vivos,
e las otras partes del rostro de buena proporción; el cabello muy bermejo, e la cara algo encendida e pecoso; bien hablado,
cauto e de gran ingenio, e gentil latino, e doctísimo cosmógrafo; gracioso cuando quería; iracundo cuando se enojaba. El origen
de sus predescesores es de la cibdad de Placençia, en la Lombardía, la cual está en la ribera del río Po, del antiguo e noble
linaje de Pelestrel. Viviendo Domínico Colom, su padre, este su hijo, seyendo mancebo, e bien doctrinado, e ya salido de la
edad adolescente, se partió de aquella su patria e pasó en Levante, e anduvo mucha parte, o lo más, del mar Mediterráneo,
donde aprendió la navegación y ejercicio della por experiencia; e después que algunos viajes hizo en aquellas partes, como
su ánimo era para más extendidas mares e altos pensamientos, quiso ver el grandísimo mar Océano, e fuese en Portugal. E allí
vivió algún tiempo en la cibdad de Lisbona, desde la cual, e de donde quiera que estuvo siempre, como hijo grato, socorría
a su padre viejo con parte del fructo de sus sudores, viviendo en una vida asaz limitada, e no con tantos bienes de fortuna
que pudiese estar sin asaz nescesidad.
Quieren decir algunos que una carabela que desde España pasaba para Inglaterra cargada de mercadurías e bastimentos, así como
vinos e otras cosas que para aquella isla se suelen cargar, de que ella caresce e tiene falta, acaesció que le sobrevinieron
tales e tan forzosos tiempos, e tan contrarios, que hobo de nescesidad de correr al Poniente tantos días, que reconosció una
o más de las islas destas partes e Indias; e salió en tierra, e vido gente desnuda, de la manera que acá la hay; y que cesados
los vientos, que contra su voluntad acá le trujeron, tomó agua y leña para volver a su primer camino. Dicen más: que la mayor
parte de la carga que este navío traía eran bastimentos e cosas de comer, e vinos; y que así tuvieron con qué se sostener
en tan largo viaje e trabajo; e que después le hizo tiempo a su propósito, y tornó a dar la vuelta, e tan favorable navegación
le subcedió, que volvió a Europa, e fué a Portugal. Pero como el viaje fuese tan largo y enojoso, y en especial a los que
con tanto temor e peligro forzados le hicieron, por presta que fuese su navegación, les turaría cuatro o cinco meses, o por
ventura más, en venir acá e volver a donde he dicho. Y en este tiempo se murió cuasi toda la gente del navío, e no salieron
en Portugal sino el piloto con tres o cuatro, o alguno más, de los marineros, e todos ellos tan dolientes, que en breves días
después de llegados murieron.
Dícese, junto con esto, que este piloto era muy íntimo amigo de Cristóbal Colom, y que entendía alguna cosa de las alturas;
y marcó aquella tierra que halló de la forma que es dicho, y en mucho secreto dió parte dello a Colom, e le rogó que le hiciese
una carta y asentase en ella aquella tierra que havía visto. Dícese que él le recogió en su casa, como amigo, y le hizo curar,
porque también venía muy enfermo; pero que también se murió como los otros, e que así quedó informado Colom de la tierra e
navegación destas partes, y en él solo se resumió este secreto. Unos dicen que este maestre o piloto era andaluz; otros le
hacen portugués; otros vizcaíno; otros dicen quel Colom estaba entonces en la isla de la Madera, e otros quieren decir que
en las de Cabo Verde, y que allí aportó la carabela que he dicho, y él hobo, por esta forma, noticia desta tierra.
Que esto pasase así o no, ninguno con verdad lo puede afirmar; pero aquesta novela así anda por el mundo, entre la vulgar
gente, de la manera que es dicho. Para mí, yo lo tengo por falso, e, como dice el Augustino: Melius, est dubitare de ocultis, quam litigare de incertis. Mejor es dubdar en lo que no sabemos que porfiar lo que no está determinado.
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Capítulo III
En que se trata de la opinión que el auctor e coronista de esta Natural e General Historia de las Indias tiene cerca de haberse
sabido y escripto por los antiguos dónde son estas Indias, e cómo e con quién lo prueba.
En el precedente capítulo se dijo la opinión que el vulgo tiene cerca del descubrimiento destas Indias; agora quiero yo decir
lo que tengo creído desto, e cómo, a mi parescer, Cristóbal Colom se movió, como sabio e docto e osado varón, a emprender
una cosa como ésta, de que tanta memoria dejó a los presentes e venideros; porque conosció, y es verdad, que estas tierras
estaban olvidadas. Pero hallólas escriptas; e para mí no dudo haberse sabido e poseído antiguamente por los reyes de España.
E quiero decir lo que en este caso escribió Aristótiles, el cual dice que, después de haber salido por el estrecho de Gibraltar
hacia el mar Atlántico, se dice que se halló por los cartaginenses mercaderes una grande isla que nunca había seído descubierta
ni habitada de nadie, sino de fieras e otras bestias; por lo cual ella estaba toda silvestre y llena de grandes árboles e
ríos maravillosos, e muy aparejados para navegar por ellos, muy fértil e abundosa en todas las cosas que se pueden plantar
e nascer, e nascidas, crescer en grande ubertad; pero muy remota e apartada de la tierra firme de Africa, y por muchos días
de navegación. A la cual, como llegasen algunos mercaderes de Cartago, como por ventura, movidos de la fertilidad de la tierra
e por la clemencia del aire, comenzaron allí a poblar e asentar sus villas, o pueblos e lugares. Por lo cual movidos los cartaginenses
e su Senado, mandaron pregonar, so pena de muerte, que ninguno de ahí adelante a aquella tierra osase navegar, e que a los
que habían ido a ella, los matasen, por razón que era tanta la fama de aquella isla e tierra, que si ésta pasase a otras naciones
que la sojuzgasen, o a otro de más imperio que los cartaginenses, recelaban que les sería muy gran contrario e inconveniente
contra ellos e contra su libertad.
Todo esto que es dicho pone en su repertorio frater Teophilus de Ferrarais, Cremonensis, Vitae regularis sacri ordinis predicatorum, siguiendo lo que escribió el Aristótiles: De admirandis in natura auditis. Esta es gentil auctoridad para sospechar que esta isla que Aristótiles dice, podría ser una destas que hay en nuestras Indias,
así como esta isla Española, o la de Cuba, o, por ventura, parte de la Tierra Firme. Esto que es dicho no es tan antiguo como
lo que agora diré; porque, segund la cuenta de Eusebio (De los tiempos), trescientos e cincuenta e un años antes del advenimiento de Cristo, nuestro Redemptor, fueron Alejandre e Aristótiles.
Pero, en la verdad, segund las historias nos amonestan e dan lugar que sospechemos otro mayor origen de aquestas partes, yo
tengo estas Indias por aquellas famosas islas Hespérides, así llamadas del duodécimo rey de España, dicho Hespero. Y para
que aquesto se entienda e pruebe con bastantes auctoridades, es de saber que la costumbre de los títulos o nombres que los
antiguos daban a los reinos e provincias procedieron después de la división de las lenguas e la fundación de la torre de Babilonia;
porque entonces todas las gentes vivían juntas, e allí fueron divididas e se apartaron con diferentes lenguajes e capitanes,
presupuesto, como es verdad, que todas las gentes se desparcieron e sembraron sobre la tierra, como la Sacra Escriptura nos
lo acuerda en el lugar de suso alegado. Dice Isidoro (Ethim., lib. IX, cap. II) que los asirios hubieron nombre de Asur, e los de Lidia de Lido; los hebreos de Heber; los ismaelitas
de Ismael; de Moab descendieron los moabitas; de Amón los amonitas; de Canaam los cananeos; de Saba los sabeos; de Sidón los
sidonios; de Jebus los jebuseos; de Gomer los gálatas y galos; de Tiras los traces; del rey Perseo los persas; los caldeos
de Caseth, hijo de Nacor, hermano de Abraham; los fenices de Fénix, hermano de Cadmo; los egipcios de Egipto, su rey; los
armenios se dijeron así de Armenio, su rey, que fué uno de los compañeros de Jamón; los troyanos de Troo, su rey; los sicionios
de Sición, su rey; los archadios de Archadio, su rey, hijo de Júpiter; los argivos de Argo; los macedonios de Emación, su
rey; los de Epiro de Pirro, su rey, hijo de Achiles; los lacedemonios de Lacedemón, hijo de Júpiter; los alejandrinos de Alexandre
Magno, su rey, que edificó aquella cibdad de Alejandría; los romanos de Rómulo, su rey, que edificó la cibdad de Roma. E así,
a este propósito, se podrían decir otros muchos que el mismo Isidoro trae a consecuencia en el lugar de suso alegado.
Esta costumbre quedó desde los primeros capitanes o caudillos que, como dije de suso, se apartaron en diversas lenguas desde
la tierra de Senaar, que es adonde se edificaba aquella torre de Babilonia. Pues, conforme a esto, sabemos por Beroso que
Ribero, segundo rey de España, hijo de Túbal, dió nombre al río Hebro, donde las gentes de aquella riberá se dijeron hiberos;
e, según el mismo Beroso dice, Brigo fué el cuarto rey de España, del cual se dijeron los brigos; e créese que, corrupto el
vocablo, e poniendo, por b, ph, se dijeron phrigios los del reino de Frigia, que después se llamaron troyanos, de Troo, su rey; de lo cual se colige haber
habido su primero origen los troyanos de los brigios hispanos. Porque dice Plinio (lib. V, cap. XXXIII) que hay auctores que
escriben que de Europa fueron los brigos, de quien fueron nombrados los phrigios; pues, luego bien se dice de suso que los
de Frigia e troyanos hobieron de España su fundamento e prinçipio.
Tornando a nuestro discurso, según el mismo Beroso, digo que Hispalo fué noveno rey de España, y éste dió nombre al río Hispalis,
o a Sevilla, que es la misma Hispalis, e los moradores de su ribera se dijeron hispanos, que fueron gentes venidas de Scithia;
los cuales trujo consigo Hércoles, como lo dice el arzobispo don Rodrigo. El cual Hispalo se cree ser hijo del dicho Hércoles
Libio (no del fuerte o tebano que nasció cuasi setecientos años después). Al cual Hispalo, subcedió Hispán, de quien se dijo
España. Y este Hispán fué nieto de Hércoles Libio susodicho, que fué, según Beroso dice, antes que Troya se edificase, doscientos
e veinte e tres años, e mill e setecientos e diez antes quel Salvador del mundo viniese. Y así como deste tomó nombre España,
se cree que también se nombró de los otros nueve reyes primeros de sus nombres dellos. Así que éste fué el décimo rey de España.
Cuenta el arzobispo don Rodrigo que Hércoles susodicho trujo consigo a Athlante, que fué cerca de los tiempos de Moisén. El
cual Athlante dice Beroso que no fué mauro, sino italiano, y que tenía un hermano llamado Hespero, segund que escribe Higinio.
Al cual Hércoles Libio dejó por subcesor y heredero en España; e reinó, segund Beroso dice, diez años, porque el Athlante
italiano lo echó del reino, e lo hizo ir a Italia, como dice el dicho Higinio; e por esto prueba él que Italia y España se
dicen Hesperias, deste rey Hespero, y no de la estrella, como fingen los griegos.
Este rey Hespero quiere Beroso que comenzase a reinar en España, subcediendo a Hércoles egipcio, antes que Troya fuese edificada,
ciento, e setenta e un años, e antes que Roma fuese fundada, seiscientos e tres, que sería antes que nuestro Redemptor fuese
vestido de nuestra carne humana, mili e seiscientos e cincuenta e ocho años.
Así que, por lo que tengo dicho, queda probado que las provincias e reinos tomaron antiguamente los nombres de los príncipes
e señores que las fundaron o conquistaron, o poblaron, o heredaron, cuyas fueron. E así como de Hispán se dijo España, e después,
mudado el nombre, de Hespero se llamó Hesperia, así, de todos los demás se colige que las tierras donde reinaron tomaron los
nombres de aquellos reyes que las poseyeron. Habido aquesto por cierto presupuesto, volviendo a lo que aquí hace a nuestro
caso, digo que de Hespero, duodécimo rey de España como está dicho, se nombró Hesperia.
Dice el Abulensis (lib. III, capítulo LXXIX) sobre Eusebio (De los tiempos) que fueron tres Athlantes: uno de Archadia, e otro de Mauritania (que vulgarmente llamamos Marruecos), y que Hespero fué
hermano deste segundo, y que ambos pasaron en Africa a la parte de Occidente, en tierra de Marruecos, e que el uno dellos
tuvo el cabo de Africa contra Occidente, y que el otro tuvo las islas cercanas, que llaman las islas Fortunadas, e los poetas
las llaman Hespérides, nombradas de Hespero. Mas yo creo quel Tostado se engañó en pensar que los poetas dicen Hespérides
a las Fortunadas o de Canaria, ni tampoco los historiales; porque dice Solino (De mirabilibus mundi, capítulo LXVIII) estas palabras: Ultra Gorgades Hesperidum insulæ1 sunt, sicut Sebosus afirmat, dierum quadraginta navigatione in intimas maris sinus receserunt. Estas Gorgades, según Tholomeo e todos los verdaderos cosmógrafos, son las que agora se llaman de Cabo Verde, generalmente,
y en particular se dicen por los modernos isla de Mayo, isla Brava, etc. Pues si desde las Gorgades, en navegación de cuarenta
días están o se hallan las Hespérides, no pueden ser otras, ni las hay en el mundo, sino las que están al Hueste o Poniente
del dicho Cabo Verde, que son las de aquestas nuestras Indias; las cuales están derechamente al Occidente de las Gorgades
y de necesidad se han de hallar en los cuarenta días de navegación, o en poco más o menos tiempo, como Seboso dice; e así,
Colom las halló en el segundo viaje que hizo, volviendo a estas partes, cuando reconosció la isla Deseada, e Marigalante,
e las otras islas que están en aquel paraje, como en su lugar se hará particular mención. Y en lo que diçe Seboso de cuarenta
días de navegación, está muy bien medido e considerado el camino; e si agora acaesce navegarle algunas veces en menos tiempo,
puédelo causar el ser mejores los navíos, e los hombres más expertos e diestros agora en el navegar que en aquella edad o
sazón que él lo dijo.
La isla Deseada, que se dijo de suso, está derechamente al Occidente del Cabo Verde e de las islas Gorgades, que Solino, por
Seboso, testifica; e hay, desde la isla de Santiago, que es una de las más occidentales de Cabo Verde (o Gorgades), hasta
la Deseada, seiscientas leguas, pocas más o menos. Es de tanto crédito esto, que dice Salino que, conformándose con él, cuasi
lo mismo dice y escribe Plinio (lib. VI, capítulo XXXI), aprobando la misma opinión e auctoridad; pues dice que que Estacio
Seboso pone, desde las Gorgades hasta las Hespérides, navegación de cuarenta días; de lo cual se colige quel Tostado inconsideradamente
dijo que los poetas llaman Hespérides a las islas Fortunadas. E si los poetas tal tienen, ellos se engañan como en otras cosas
muchas; porque desde las Gorgades a las Fortunadas no hay sino doscientas leguas, o menos; lo cual no sería navegación de
cuarenta días, como los auctores de suso alegados dicen. De manera que los poetas no tuvieron por las Hespérides sino a estas
islas de nuestras Indias, cuanto más que diçe Isidoro (Ethim., lib. XIV, cap. VI) Hesperidum insulæ vocatæ à civitate Hesperide, quæ fiunt in finibus Mauritaniæ, sunt enim ultra Gorgades sitæ2 sub Athlanteum
littus in intimis maris finibus, etcétera. No discrepa esta sentencia con lo que se tocó de suso de Beroso, alegando a Higinio, que Athlante y Hespero fueron
hermanos, e no de Mauritania, sino de Italia; y deste Hespero se dijo Hesperia, España, e no de la estrella, y que Italia
y España deste rey se nombrasen Hesperias.
E así digo yo que, pues tuvieron a Mauritania, que aquella cibdad quel Isidoro dice (llamada Hespéride), que dió nombre a
las islas Hespérides, que fué situada en el fin de Mauritania, está claro que la fundaría y nombraría así el mismo rey Hespero,
y que él daría también su nombre a las dichas islas; pues dice asimesmo que las islas Hespérides son ultra Gorgades, en los
fines de los íntimos mares; y en esto se concuerda con los auctores susodichos e con Seboso; e, por tanto, las mismas islas
Hespérides son estas islas de las Indias de España.
Item: Ambrosio Calepino, en su tractado de dictiones latinas e griegas, dice así : Hesperides apellatæ sunt Hesperi, fratris Athlantis: las Hespérides son llamadas e se nombraron así, de Hespero, hermano de Athlante.
De forma que se entiende, de tan verdaderas e auténticas auctoridades, que las Hespérides están en navegación de cuarenta
días al poniente de las Gorgades o islas de Cabo Verde, que son las mismas, como los auctores que he dicho quieren. E así
como España e Italia e aquella cibdad que se dijo en Mauritania, se nombraron Hespéridas y Hespéride, de Hespero, rey duodécimo
de España, así las islas que se dicen Hespérides, e que señalan Seboso e Solino e Plinio e Isidoro, segund está dicho, se
deben tener indubitadamente por estas Indias, e haber seído del señorío de España desde el tiempo de Hespero, duodécimo rey
della, que fué, segund Beroso escribe, mill seiscientos e cincuenta e ocho años antes quel Salvador del mundo nasciese. Y
porque al presente corren de su gloriosa Natividad mill e quinientos e treinta e cinco años, síguese que agora tres mill e
ciento e noventa e tres años, España e su rey Hespero señoreaban estas islas o Indias Hespérides; e así, con derecho tan antiquísimo,
e por la forma que está dicha, o por la que adelante se dirá en la prosecución de los viajes del almirante Cristóbal Colom,
volvió Dios este señorío a España a cabo de tantos siglos. E paresce que, como cosa que fué suya, quiere la divina justicia
que lo haya tornado a ser e lo sea perpetuamente, en ventura de los bienaventurados e Católicos Reyes don Fernando e doña
Isabel, que ganaron a Granada e Nápoles, etc., en cuyo tiempo e por cuyo mandado descubrió el almirante don Cristóbal Colom
este Nuevo Mundo o parte tan grandísima dél, olvidada en el Universo; la cual, después, en tiempo de la Cesárea Majestad del
emperador nuestro señor, más largamente se ha sabido e descubierto, para mayor amplitud de su monarquía.
Así que, fundando mi intención con los auctores que tengo expresados, todos ellos señalan a estas nuestras Indias. E por tanto,
yo creo que, conforme a estas auctoridades, o, por ventura a otras que, con ellas, Colom podría saber, se puso en cuidado
de buscar lo que halló, como animoso experimentador de tan ciertos peligros e longuísimo camino. Sea ésta u otra la verdad
de su motivo: que por cualquier consideración que él se moviese, emprendió lo que otro ninguno hizo antes dél en estas mares,
si las auctoridades ya dichas no hobiesen lugar.
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Capítulo IV
Que tracta cómo Cristóbal Colom fué el que mostró a navegar los españoles por las alturas del sol e Norte, e de cómo fué a
Portugal e otras partes a buscar quien le ayudase al descubrimiento destas Indias e le favoreciese para ello; e cómo hobieron
noticia de su persona los Católicos Reyes, don Fernando e doña Isabel, por cuyo mandado hizo este descubrimiento.
Es opinión de muchos (e aun la razón lo enseña e amonesta que se crea) que Cristóbal Colom fué el primero que en España enseñó
a navegar el amplísimo mar Océano por las alturas de los grados de sol y Norte, e lo puso por obra; porque hasta él, aunque
se leyese en las escuelas tal arte, pocos (o mejor diciendo, ninguno) se atrevían a lo experimentar en las mares, porque es
sciencia que no se puede ejercitar enteramente, para la saber por experiencia y efecto, si no se usa en golfos muy grandes
e muy desviados de la tierra; e los marineros e pilotos e hombres de la mar, hasta entonces arbitrariamente hacían su ofiçio,
segund el juicio del nauta o piloto; pero no puntualmente ni con la razón que hoy se hace en estas mares, sino como en la
mar Mediterránea, y en las costas de España e Flandes, y en toda Europa y Africa, e restante del mundo donde no se apartan
mucho de la tierra. Mas, para navegar en demanda de provincias tan apartadas como estas Indias están de España, e servirse
el piloto de la razón del cuadrante, requiérense marea de mucha longitud e latitud, como aquestas que hay de aquí a Europa,
o a la Especiería, que tenemos al Poniente de la Tierra Firme destas Indias.
Movido, pues, Colom con este deseo, como hombre que alcanzaba el secreto de tal arte de navegar (cuanto a andar el camino),
como docto varón en tal sciencia, o por estar certificado de la cosa por aviso del piloto (que primero se dijo), que le dió
noticia desta oculta tierra, en Portugal o en las islas que dije (si aquello fué así), o por las auctoridades que se tocaron
en el capítulo antes déste, o en cualquier manera que su deseo le llamase, trabajó, por medio de Bartolomé Colom, su hermano,
con el rey Enrique VII de Inglaterra (padre de Enrique VIII que hoy allí reina), que le favoresciese e armase para descobrir
estas mares occidentales, ofreciéndose a le dar muchos tesoros, en acrescentamiento de su corona y Estados, de muy grandes
señoríos e reinos nuevos. Informado el rey de sus consejeros, y de personas a quien él cometió la examinación desto, burló
de cuanto Colom decía, e tuvo por vanas sus palabras. El cual, no desconfiado por esto, así como vido que allí no era acogido
su servicio, comenzó a mover e tractar la misma negociación con el rey don Juan, segundo de tal nombre en Portugal; e tampoco
fió dél, aunque ya era Colom casado en aquel reino, e se había hecho natural vasallo de aquella tierra por su matrimonio.
Pero por eso no se le dió más crédito, ni el rey de Portugal quiso favorescer ni ayudar al dicho Colom para lo que decía.
De manera que determinó de irse en Castilla; y llegado a Sevilla, tuvo sus inteligencias con el ilustre y valeroso don Enrique
de Guzmán, duque de Medina-Sidonia; y tampoco halló en él lo que buscaba. E movió después el negocio más largamente con el
muy ilustre don Luis de la Cerda, primero duque de Medinaceli, el cual también tuvo por cosa fabulosa sus ofrecimientos, aunque
quieren decir algunos que el duque de Medinaceli ya quería venir en armar al dicho Colom en su villa del Puerto de Santa María,
y que no le quisieron dar licencia el Rey e Reina Católicos para ello. Y, por tanto, como no era tan alto señorío, sino para
cuyo es, fuese Colom a la corte de los serenísimos Católicos Reyes, don Fernando e doña Isabel; y allí anduvo un tiempo con
mucha nescesidad e pobreza, sin ser entendido de los que le oían, procurando que le favoresciesen aquellos bienaventurados
Reyes y le armasen algunas carabelas con que en su real nombre descubriese este Nuevo Mundo, o partes incónitas dél en aquella
sazón.
Y como esta empresa era cosa en que los que le escuchaban no tenían el concepto e gusto, o esperanza, que sólo Colom tenía
del buen fin de su deseo, no solamente se le daba poco, mas ningún crédito, y aún teníase por vano cuanto decía. Y turóle
cuasi siete años esta importunación, haciendo muchos ofrescimientos de grandes riquezas y Estados para la corona de Castilla.
Pero como traía la capa raída, o pobre, teníanle por fabuloso y soñador de cuanto decía o hablaba, así por no ser conoscido,
y extranjero, y no tener quien le favoresciese, como por ser tan grandes y no oídas las cosas que se profería de dar acabadas.
Ved si tuvo Dios cuidado de dar estas Indias, cuyas son; pues rogados Inglaterra e Portugal con ellas, y los duques que he
dicho, no permitió que alguno de aquellos reyes tan poderosos, ni los duques tan ricos que dije, quisiesen aventurar tan poca
costa como la que Colom les pedía, para que, descontento de aquellos príncipes, fuese a buscar los que halló tan ocupados,
como a la sazón estaban, en la sancta guerra de los moros del reino de Granada.
Ni es de maravillar si tan Católicos Rey e Reina, movidos a buscar ánimas que se salvasen, más que tesoros y nuevos Estados
para que con mayor ocupación y cuidado reinasen, acordaron de favorescer esta empresa y descubrimiento. Ni crea ninguno que
esto se podía escusar a su buena ventura; porque no vió ojo, ni oyó oreja, ni subió en corazón de hombre las cosas que aparejó
Dios a los que le aman. Estas y otras muchas venturas cupieron en aquellos buenos Reyes nuestros, por ser tan verdaderos siervos
de Jesucristo y deseosos del acresçentamiento de la sagrada religión suya. Y, por tanto, la voluntad divina les dió noticia
de Cristóbal Colom; porque el mismo Dios mira todos los fines del mundo, y ve todas las cosas de debajo del cielo.
Y cuando llegó la hora que tan grande negociación se concluyese, fué por estos términos. En aquel tiempo que Colom, como dije,
andaba en la corte, llegábase a casa de Alonso de Quintanilla, contador mayor de cuentas de los Reyes Católicos (el cual era
notable varón y deseoso del acrescentamiento y servicio de sus reyes), y mandábale dar de comer y lo nescesario, por una compasibilidad
de su pobreza. Y en este caballero halló más parte e acogimiento Colom que en hombre de toda España, e por su respecto e intercesión
fué conoscido del reverendísimo e ilustre cardenal de España, arzobispo de Toledo; don Pedro González de Mendoza, el cual
comenzó a dar audiencia a Colom, e conosçió dél que era sabio e bien hablado, y que daba buena razón de lo que decía; y tóvole
por hombre de ingenio e de grande habilidad; e concebido esto, tomóle en buena reputación, e quísole favorescer. Y como era
tanta parte para ello, por medio del cardenal y de Alonso de Quintanilla, fué oído del Rey e de la Reina: e luego se principió
a dar algún crédito a sus memoriales y peticiones, e vino a concluirse el negocio teniendo los Reyes Católicos cercada la
grande y muy nombrada cibdad de Granada, año de mill e cuatrocientos e noventa e dos años de la Natividad de nuestro Redemptor.
Y desde aquel real e campo, aquellos bienaventurados príncipes le despacharon a Colom en aquella villa, que en medio de sus
ejércitos fundaron, llamada Sancta Fe; y en ella, y mejor diciendo, en la mesma sancta fe que en aquellos corazones reales
estaba, hobo principio este descubrimiento.
No contentándose aquellos sanctos príncipes con sola su empresa e conquista santísima que entre las manos tenían, con que
dieron fin a la subjeción de todos los moros de las Españas (donde habían estado, en despecho y ofensa de los cristianos,
desde el año de sietecientos y veinte que la Virgen parió al Salvador, como muchos auctores en conformidad escriben); pero,
demás de reducir a España toda a nuestra católica religión, propusieron de enviar a buscar este otro Nuevo Mundo, a plantarla
en él, por no vacar ninguna hora en el servicio de Dios. Y con este sancto propósito mandaron despachar a Colom, dándole sus
provisiones y cédulas reales para que en el Andalucía se le diesen tres carabelas del porte y manera que las pidió, y con
la gente e bastimentos que convenía para viaje tan largo, y de que ninguna certinidad se tenía mayor que el buen celo e sancto
fin de tan cristianísimos príncipes, en cuya ventura e por cuyo mandado, tan grande cosa se comenzaba. Y porque había nescesidad
de dineros para su expedición, a causa de la guerra, los prestó para facer esta primera armada de las Indias y su descubrimiento,
el escribano de ración Luis de Sant Angel. Y esta primera capitulación e asiento que el Rey e la Reina tomaron con Colom fué
en la villa de Sancta Fe, en el real de Granada, a diez y ocho de abril de mill e cuatrocientos noventa e dos años, la cual
pasó ante el secretario Juan de Coloma. E fuéle confirmada la dicha capitulación por un real privilegio que le fué dado desde
a trece días, que se contaron treinta de abril, en la cibdad de Granada, del dicho año de noventa y dos. Y con este despacho
partió Colom donde es dicho, y fuese a la villa de Palos de Moguer, donde puso en orden su viaje.
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Capítulo V
Del primero viaje y descubrimiento de las Indias, hecho por don Cristóbal Co lom, primero descubridor dellas, por lo cual,
dignamente fué hecho almirante perpetuo destas mares e imperio de las Indias destas partes.
Oído habéis cómo y de qué manera e por qué rodeos vino Cristóbal Colom a ser conoscido de los Reyes Católicos, don Fernando
y doña Isabel, estando sobre la cibdad de Granada con sus ejércitos; e como le mandaron despachar y le dieron sus provisiones
reales para ello, y se fué a la villa de Palos de Moguer para principiar su viaje. Debéis saber que desde allí principió su
camino con tres carabelas; la una e mayor dellas llamada la Gallega; y las otras dos eran de aquella villa de Palos, e fueron
bastecidas y armadas de todo lo nescesario. Y segund la capitulación que con Colom se tomó, había de haber después una decena
parte en las rentas y derechos que el rey hobiese en lo que fuese por Colom descubierto; e así se le pagó todo el tiempo que
él vivió, después que descubrió esta tierra; e así lo gozó el segundo almirante, don Diego Colom, su hijo; e así lo goza don
Luis Colom, su nieto, tercero almirante, que al presente tiene su casa y Estado.
Antes que Colom entrase en la mar algunos días, tuvo muy largas consultaciones con un religioso llamado fray Juan Pérez, de
la orden de Sanct Francisco, su confesor, el cual estaba en el monesterio de la Rábida (que es media legua de Palos, hacia
la mar). Y este fraile fué la persona sola de aquesta vida a quien Colom más comunicó de sus secretos; e aun del cual e de
su sciencia se dice, hasta hoy, que él rescibió mucha ayuda e buena obra, porque este religioso era grande cosmógrafo. Con
el cual estuvo, en el monesterio que es dicho, de la Rábida, algund tiempo, y él lo fizo ir al real de Granada cuando se concluyó
su despacho y entendió en ello. Y después se fué Colom al mesmo monesterio y estuvo con el fraile comunicando su viaje e ordenando
su alma e vida, y apercibiéndose primeramente con Dios, y poniendo, como católico, en sus manos e misericordia su empresa,
como fiel cristiano, y como negocio en que Dios esperaba ser tan servido por el acrescentamiento de su república cristiana.
Y después de se haber confesado, rescibió el sanctísimo sacramento de la Eucaristía, el día mesmo que entró en la mar; y en
el nombre de Jesús mandó desplegar las velas y salió del puerto de Palos por el río de Saltes a la mar Océana, con tres carabelas
armadas, dando principio al primero viaje y descubrimiento destas Indias, viernes tres días de agosto, año del nascimiento
de nuestro Salvador de mill y cuatrocientos y noventa e dos años, con la buena ventura, efectuando este memorable hecho movido
por Dios, el cual quiso hacer a este hombre arbitrario e ministro para tan grande e señalada cosa.
Destas tres carabelas era capitana la Gallega, en la cual iba la persona de Colom; de las otras dos, la una se llamaba la
Pinta, de que iba por capitán Martín Alonso Pinzón; y la otra se decía la Niña, e iba por capitán della Francisco Martín Pinzón,
con el cual iba Vicente Yáñez Pinzón. Todos estos tres capitanes eran hermanos e pilotos, e naturales de Palos, e la mayor
parte de los que iban en esta armada eran asimismo de Palos. Y serían, por todos, hasta ciento y veinte hombres; con las cuales,
después que estas tres carabelas se dieron a la mar, tomaron su derrota para las islas de Canaria, que los antiguos llaman
Fortunadas.
Las cuales estuvieron mucho tiempo que no se navegaban ni se sabían navegar, hasta que después, en tiempo del rey don Juan,
segundo de tal nombre en Castilla, seyendo niño y debajo de la tutela de la serenísima reina doña Catalina, su madre, fueron
halladas e tornadas a navegar e conquistarse estas islas por su mandado e licencia, como más largamente se escribe en la Crónica
del mesmo rey don Juan segundo. Después de lo cual muchos años, Pedro de Vera, noble caballero de Jerez de la Frontera, e
Miguel de Moxica, conquistaron la Gran Canaria en nombre de los Católicos Reyes, don Fernando y doña Isabel, y las otras,
excepto la Palma y Tenerife, que por mandado de los mesmos reyes las conquistó Alonso de Lugo, al cual hicieron adelantado
de Tenerife.
Esta gente de los canarios era de mucho esfuerzo, aunque cuasi desnuda y tan silvestre, que se dice e afirman algunos que
no tenían lumbre ni la tuvieron hasta que los cristianos ganaron aquellas islas. Sus armas eran piedras e varas, con las cuales
mataron muchos cristianos, hasta ser sojuzgados e puestos, como están, debajo de la obediencia de Castilla, del cual señorío
son las dichas islas. Y están doscientas leguas de España las primeras; e la isla de Lanzarote e la del Fierro a doscientas
e cuarenta; por manera que todas ellas se incluyen en espacio de çincuenta e cinco o sesenta leguas, pocas más o menos. Y
están asentadas desde veinte e siete hasta veinte e nueve grados de la línea equinocial, a la parte de nuestro polo ártico;
la última isla dellas, o más occidental, está del Hueste al Leste con el cabo de Bojador en Africa, e a sesenta e cinco leguas
dél. Son todas estas islas fértiles e abundantes de las cosas nescesarias a la vida del hombre, y de muy templados aires.
Pero ya, de la gente natural que había cuando fueron conquistadas, hay poca; mas todas están muy pobladas de cristianos.
E allí, como en lugar apropiado y para la navegación al propósito, llegó Colom, continuando su primero descubrimiento destas
Indias, con las tres carabelas que tengo dicho, e tomó allí agua, e leña, e carne, e pescado, e otros refrescos, los que le
convino para proseguir su viaje. El cual efectuando con su armada, partió de la isla de la Gomera a seis días de septiembre
de aquel año de mill e cuatrocientos e noventa e dos años; e anduvo muchos días por el grande mar Océano, fasta tanto que
va los que con él iban comenzaron a desmayar e quisieron dar la vuelta, e temiendo de su camino, murmuraban de la sciencia
de Colom y de su atrevimiento; e amotinábasele la gente e los capitanes, porque cada hora crescía el temor en ellos, e menguaba
la esperanza de ver la tierra que buscaban. De forma que desvergonzadamente e público le dijeron que los había engañado e
los llevaba perdidos; y que el Rey y la Reina habían hecho mal e usado con ellos de mucha crueldad en fiar de un hombre semejante,
e dar crédito a un extranjero que no sabía lo que se decía. E llegó la cosa a tanto, que le certificaron que si no se tornaba,
le farían volver a mal de su grado, o le echarían en la mar; porque les paresçía que él estaba desesperado, e deçían que ellos
no lo querían ser, ni creían que pudiese salir con lo que había comenzado, y por tanto, a una voz acordaban de no seguirle.
En esta sazón e contienda, hallaron en la mar grandes praderías, al parescer, de hierbas sobre el agua; e pensando que era
tierra anegada, e que eran perdidos, doblábanse los clamores. Y para quien nunca había visto aquello, sin dubda era cosa para
mucho temer; mas luego se pasó aquella turbación, conosciendo que no había peligro en ella, porque son unas hierbas que llaman
salgazos, y se andan sobreaguadas en la superficie de la mar. Las cuales, segund los tiempos e los aguajes subceden, así corren
e se desvían o allegan a Oriente o Poniente, o al Sur, o a la Tramontana; y a veces se hallan a medio golfo, e otras veces,
más tarde y lejos, o más cerca de España. E algunos viajes acaesce que los navíos topan muy pocas o ninguna dellas; y también
a veces hallan tantas, que, como he dicho, parescen grandes prados verdes y amarillos. o de color jalde; porque en estas dos
colores penden en todo tiempo.
Salidos, pues, deste cuidado y temor de las hierbas, determinados todos tres capitanes e cuantos marineros allí iban, de dar
la vuelta, e aun consultando entre sí de echar a Colom en la mar, creyendo que los había burlado, como él era sabio e sintió
la murmuración que dél se hacía, como prudente comenzó a los confortar con muchas e dulces palabras, rogándoles que no quisiesen
perder su trabajo e tiempo. Acordábales cuánta gloria e provecho de la constancia se les seguiría, perseverando en su camino;
prometíales que en breves días darían fin a sus fatigas e viaje, con mucha e indubitada prosperidad, y en conclusión les dijo
que dentro de tres días hallarían la tierra que buscaban; por tanto, que estuviesen de buen ánimo e prosiguiesen su viaje,
que para cuando decía él les enseñaría un Nuevo Mundo e tierra, e habrían concluído sus trabajos, e verían que él había dicho
verdad siempre, así al Rey e Reina Católicos como a ellos; e que si no fuese así, hiciesen su voluntad y lo que les paresciese,
que él ninguna dubda tenía en lo que les decía.
Con estas palabras movió los corazones de los enflaquecidos ánimos de los que allí iban, a alguna vergüenza, en especial a
los tres hermanos capitanes pilotos que he dicho; e acordaron de hacer lo que les mandaba, y de navegar aquellos tres días,
e no más, con determinación y acuerdo que en fin dellos darían la vuelta a España, si tierra no viesen. Y esto era lo que
ellos tenían por más cierto; porque ninguno había entre ellos que pensase que en aquel paralelo e camino que hacían se había
de hallar tierra alguna. E dijeron a Colom que aquellos tres días que él tomaba de término e les asignaba, le seguirían; pero
no una hora más, porque creían que ninguna cosa de cuantas les decía había de ser cierta; y en una conformidad todos, rehusaban
pasar adelante, diciendo que no querían morir a sabiendas, y que el bastimento y agua que tenían no podía bastar para tornarlos
a España sin mucho peligro, por bien que se reglasen en el comer e beber.
Y como los corazones que temen, ninguna cosa sospechan que pueda aflojar sus fatigas, en espeçial en ejercicio de navegación
y semejante, ningún momento cesaban en su murmurar, amenazando a su principal capitán e guía. Ni él tampoco reposaba ni cesaba
un punto de confortar e animar a todos a la prosecución de su camino; e cuanto más turbados los vía, más alegre semblante
él mostraba, esforzándolos e ayudándolos a desechar su temerosa turbación. E aquel mesmo día que el almirante Colom estas
palabras dijo, conosçió realmente que estaba cerca de tierra, en semblante de los celajes de los cielos; e amonestó a los
pilotos que, si por caso las carabelas se apartasen, por algún caso fortuito, la una de la otra, que pasado aquel trance corriesen
hacia la parte o viento que les ordenó, para tornar a reducirse en su conserva. E como sobrevino la noche, mandó apocar las
velas y que corriesen con solos los trinquetes bajos; e andando así, un marinero de los que iban en la capitana, natural de
Lepe, dijo: "¡Lumbre!... ¡Tierra!..." E luego un criado de Colom, llamado Salcedo, replicó diciendo: "Eso ya lo ha dicho el
Almirante, mi señor"; y encontinente Colom dijo: "Rato ha que yo lo he dicho y he visto aquella lumbre que está en tierra."
Y así fué: que un jueves, a las dos horas después de medianoche, llamó el Almirante a un hidalgo dicho Escobedo, repostero
de estrados del Rey Católico, y le dijo que veía lumbre. Y otro día de mañana, en esclaresciendo, y a la hora que el día antes
había dicho Colom, desde la nao capitana se vido la isla que los indios llaman Guanàhaní, de la parte de la Trotamontana o
Norte. Y el que vido primero la tierra, cuando ya fué de día, se llamaba Rodrigo de Triana, a once días de octubre del año
ya dicho de mill e cuatrocientos y noventa y dos.
Y de haber salido tan verdadero el almirante en ver la tierra en el tiempo que había dicho, se tuvo más sospecha que él estaba
certificado del piloto que se dijo que murió en su casa, segund se tocó de suso. Y también podría ser que, viendo determinados
a cuantos con él iban para se tornar, dijese que si en tres días no viesen la tierra se volviesen, confiando que Dios se la
enseñaría en aquel término que les daba para no perder trabajo e tiempo.
Tornando a la historia, aquella isla que se vido primero, segund he dicho, es una de las islas que dicen de los Lucayos. Y
aquel marinero que dijo primero que veía lumbre en tierra, tornado después en España, porque no se le dieron las albricias,
despechado de aquesto, se pasó en Africa y renegó de la fe. Este hombre, segund yo oí decir a Vicente Yáñez Pinzón y a Hernán
Pérez Mateos, que se hallaron en este primero descubrimiento, era de Lepe, como he dicho.
Así como el Almirante vido la tierra, hincado de rodillas e saltándosele las lágrimas de los ojos del extremado placer que
sentía, comenzó a decir con Ambrosio y Augustino: Te Deum laudamus, Te Dominum confitemur, etc.: y así, dando graçias a Nuestro Señor con todos los que con él iban, fué inextimable el gozo que los unos y los otros
hacían. Tomábanle unos en brazos, otros le besaban las manos, e otros le demandaban perdón de la poca constancia que habían
mostrado. Algunos le pedían mercedes e se ofrescían por suyos. En fin, era tamaña la leticia e regocijo, que, abrazándose
unos con otros, no se conoscían con el placer de su buena andanza. Lo cual yo creo bien, porque, sabiendo como sabemos los
que agora vienen de España, e los que de acá vuelven allá, que el viaje e camino es seguro y cierto, no tiene comparación
otro placer con el que resciben los que ha días que navegan, cuando ven la tierra. Ved qué tal sería el de los que en tan
dubdosa jornada se hallaron, viéndose certificados y seguros de su descanso.
Pero habéis de saber que, por el contrario dicen algunos lo que aquí se ha dicho de la constançia de Colom: que aun afirman
que él se tornara de su voluntad del camino y no lo concluyese, si estos hermanos Pinzones no le hicieran ir adelante; e diré
más: que por causa dellos se hizo el descubrimiento, e que Colom ya çiaba y quería dar la vuelta. Esto será mejor remitirlo
a un largo proceso que hay entre el Almirante y el fiscal real, donde a pro e contra hay muchas cosas alegadas, en lo cual
yo no me entremeto; porque, como sean cosas de justicia, y por ella se han de decidir, quédense para el fin que tuvieren.
Pero yo he dicho en lo uno y en lo otro ambas las opiniones: el letor tome la que más le ditare su buen juicio.
Tardóse el Almirante en llegar desde las islas de Canaria hasta ver la primera tierra que he dicho, treinte e tres días; pero
él llegó a estas islas, primeras que vido, en el mes de octubre del año de mill e cuatrocientos e noventa y dos años.
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Capítulo VI
Cómo el Almirante descubrió esta isla Española e dejó en ella treinta e ocho cristianos en tierra del rey o cacique Goacanagarí,
en tanto que llevaba las nuevas del descubrimiento primero destas partes; e cómo volvió a España en salvamento.
En aquella isla que he dicho de Guanahaní hobo el Almirante e los que con él iban, vista de indios e gente desnuda, e allí
le dieron noticia de la isla de Cuba. E como parescieron luego muchas isletas que están juntas y en torno de Guanahaní, comenzaron
los cristianos a llamarlas islas Blancas (porque así lo son por la mucha arena), y el Almirante les puso nombre las Princesas,
porque fueron el principio de la vista destas Indias. E arribó a ellas, en especial a la de Guanahaní, y estuvo entre ella
y otra que se dice Caicos; pero no tomó tierra en ninguna dellas, segund afirma Hernán Pérez Mateos, piloto que hoy día está
en esta cibdad de Sancto Domingo, que dice que se halló allí. Pero a otros muchos he oído decir quel Almirante bajó en tierra
en la isla de Guanahaní, e la llamó Sanct Salvador, e tomó allí la posesión; y esto es lo más cierto y lo que se debe creer
dello. E de allí vino a Baracoa, puerto de la isla de Cuba de la banda del Norte; el cual puerto es doce leguas más al Poniente
de la punta que llaman Maicí; e allí falló gente, así de la propia isla de Cuba como de las otras que están al Norte opuestas,
que son la isla Guanahaní que tengo dicho e otras muchas que allí hay, que se llaman islas de los Lucayos generalmente todas
ellas, no obstante que cada una tiene su propio nombre y son muchas: así como Guanahaní, Caicos, Jumeto, Yabaque, Mayaguana,
Samana, Guanima, Yuma, Curateo, Ciguateo, Bahama (que es la mayor de todas), el Yucayo y Necua, Habacoa e otras muchas isletas
pequeñas que por allí hay.
Tornando a la historia, llegado, pues, el Almirante a la isla de Cuba, donde he dicho, saltó en tierra con algunos cristianos,
y preguntaba a los indios por Cipango, y ellos, por señas, le respondían y señalaban que era esta isla de Haití, que agora
llamamos Española. E creyendo los indios que el Almirante no acertaba el nombre, decían ellos: "¡Cibao! ¡Cibao!", pensando
que por decir Cibao decían Cipango; porqué Cibao es donde en esta isla Española están las minas más ricas y de más fino oro.
E así, el Almirante, con las tres carabelas, guiados por los indios, de los cuales algunos, de su grado, se entraron en los
navíos, se embarcó en aquel puerto de Baracoa de Cuba e vino a esta isla de Haití, que agora llamamos Española, y de la parte
o banda del Norte surgió en un muy buen puerto, e llamóle Puerto Real. Y a la entrada dél, tocó en tierra la nao capitana,
llamada Gallega, e abrióse; pero no peligró ningún hombre; antes, muchos pensaron que mañosamente la habían hecho tocar para
dejar en la tierra parte de la gente, como quedó. E allí salió el Almirante con toda su gente; e luego vinieron a habla e
conversación con los cristianos muchos indios de paz de aquella tierra, la cual era del señorío del rey Guacanagarí (que los
indios llaman cacique, así como los cristianos decimos rey), con el cual se trató luego la paz e amistad. Y él vino a ella
muy de grado, y se vido con el Almirante y los cristianos muy domésticamente e muy continuo, y se le dieron algunas cosas
de poco valor entre los cristianos, pero de los indios muy estimadas, así como cascabeles, alfileres, agujas e algunas cuentas
de vidrio de diversas colores; lo cual el cacique e sus indios, con mucha admiración contemplando, mostraban apreciarlo y
estimar, y holgaban mucho de que algo así se les daba, y ellos traían a los cristianos de sus manjares e cosas que tenían.
Viendo el Almirante que aquesta gente era tan doméstica, parescióle que seguramente podría dejar allí algunos cristianos para
que en tanto que él volvía a España, aprendiesen la lengua e costumbres desta tierra. E fizo hacer un castillo cuadrado, a
manera de palenque, con la madera de la carabela capitana o Gallega (que es dicho que tocó al entrar del puerto), e con fajina
e tierra, lo mejor que se pudo fabricar, en la costa, a par del puerto e arracifes dél, en un arenal. E dió orden el Almirante
a treinta e ocho hombres que allí mandó quedar, de lo que habían de hacer en tanto que él llevaba tan prósperas nuevas de
su descubrimiento a los Reyes Católicos, e tornaba con muchas mercedes para todos, ofresciéndoles complidos galardones a los
que así quedaban. Y nombró entre aquéllos por capitán a un hidalgo llamado Rodrigo de Arana, natural de Córdoba, e mandóles
que le obedesciesen como a su persona. Y para si aquél muriese en tanto que él volvía, señaló otro, e para después del segundo
nombró otro tercero; de forma que nombró dos para después de los días del primero. Y dejó con ellos a un maestre Juan, cirujano,
buena persona. E amonestó a todos que no entrasen en la tierra adentro, ni se desacaudillasen, ni dividiesen, ni tomasen mujeres,
ni diesen pesadumbre ni enojo alguno a los indios por ningún caso, en cuanto posible les fuese.
Y como se perdió la nao capitana, pasóse el Almirante a la carabela la Niña, en que iban Francisco Martín e Vicente Yáñez
Pinzón. Mas como de la quedada de aquesta gente no le plugo al capitán de la otra carabela, Pinta, llamado Martín Alonso Pinzón,
hermano de estos otros, contradíjolo todo cuanto él pudo; e decía que era mal hecho que aquellos cristianos quedasen tan lejos
de España, seyendo tan pocos, e porque no se podrían proveer ni sostener y se perderían. Y a este propósito dijo otras palabras,
de que el Almirante se resabió, y sospechóse que le quisiera prender; y el Martín Alonso, con temor que hobo desta sospecha,
se salió a la mar con su carabela Pinta, e fuése al puerto de Gracia, veinte leguas al Leste u Oriente apartado del dicho
Puerto Real.
Y en tanto que el Almirante tardó en la obra que dije de aquel castillo, súpose, de los indios de la tierra, dónde estaba
el Alonso Martín e la otra carabela; e luego los otros dos hermanos Pinzones, que estaban con el Almirante, procuraron de
le reconciliar e volver a la gracia del Almirante, e acabaron con él que le perdonase. Y él lo fizo así por muchos respectos,
y en especial porque la mayor parte de cuantos hombres de la mar tenía, eran parientes e amigos destos Pinzones hermanos,
y de una tierra, y estos tres eran los más principales. Y así como le perdonó, le escribió una carta muy generosa, como en
el caso convenía, e mandó que aquel puerto se llamase puerto de Gracia, e así se nombra hasta agora. E los indios que llevaron
la carta, volvieron otra, respondiendo Martín Alonso al Almirante e teniéndole en merced el perdón; e así se concertaron para
que en cierto día el Martín Alonso, desde donde estaba con aquella carabela, y el Almirante con la otra, se fuesen a juntar
en la Isabela, e allí saltaron todos en tierra muy conformes. Aquel asiento de la Isabela es en la misma costa, diez e ocho
leguas, o poco más, al Leste de Puerto Real.
No fué poca maravilla para los indios ver cómo por las cartas los cristianos se entendían; y llevábanlas puestas los mensajeros
en un palillo, porque con temor e acatamiento las miraban, y creían que cierto tenían algún espíritu e hablaban, como otro
hombre, por alguna deidad o no arte humana.
Juntos el Almirante e su gente, y quedando los treinta e ocho hombres donde se dijo, tomaron agua y leña, y lo que más pudieron
de los bastimentos desta tierra, para que más les turasen los que les quedaban de los que trujeron de Castilla; e salieron
de la Isabela, el cual nombre el Almirante puso a aquella provincia e puerto en memoria de la Católica Reina doña Isabel.
E desde allí ambas carabelas fueron a Puerto de Plata, el cual nombre le puso el Almirante; e después fueron a puerto de Samaná,
así llamado por los indios. E desde Samaná (que es en esta isla Española, de la banda del Norte) tomaron estas dos carabelas
su derrota para Castilla, con mucho placer, encomendándose todos a Dios e a la buena ventura de los Católicos Reyes de España,
que tan grandes nuevas esperaban, aunque no confiados de la sciencia de Colom, sino de la misericordia de Dios.
E llevó de este camino el Almirante nueve o diez indios consigo, para que, como testigos de su buena ventura, besasen las
manos al Rey e a la Reina, e viesen la tierra de los cristianos e aprendiesen la lengua, para que cuando aquestos acá tornasen,
ellos e los cristianos que quedaban encomendados a Goacanagarí, y en el castillo que es dicho de Puerto Real, fuesen lenguas
e intérpretes para la conquista e pacificación e conversión destas gentes.
E así como Dios Nuestro Señor fué servido que estas tierras se descubriesen, y que para hallarlas hobiese seído próspera e
acertada la navegación deste primero viaje, y en breve tiempo, así tuvo por bien e permitió que fuese favorable la vuelta,
e llevó en salvamento este primero descubridor destas Indias a España. E fué a reconoscer las islas de los Azores, e a cuatro
días de marzo de mill e cuatrocientos e noventa y tres entró en Lisbona, desde donde se fué al puerto de Palos, adonde se
había embarcado cuando comenzó esta jornada.
E no estuvo desde que partió desta isla fasta que en Castilla tomó tierra, sino cincuenta días. Pero estando ya cerca de Europa,
por tormenta, se apartaron la una carabela de la otra, e corrió el Almirante a Lisbona, y el Martín Alonso a Bayona de Galicia.
E después, cada navío destos tomó su camino para el río de Saltes, e de caso entraron en un mismo día; y entró el Almirante
por la mañana, e la otra carabela llegó en la tarde. E porque se tuvo sospecha que por las cosas pasadas el Almirante faría
prender al Martín Alonso Pinzón, salióse en una barca del navío, así como entraba a la vela, e fuese donde le paresció, secretamente,
y el Almirante luego se partió para la corte con la grande nueva de su descubrimiento. Y como el Martín Alonso supo que era
ido, fuese a Palos, a su casa, e murió desde a pocos días, porque iba muy doliente.
Tardó el Almirante en reconoscer la primera tierra destas Indias en las islas de los Lucayos, segund he dicho, desde que de
España partió, cuasi tres meses, y en volver a España y en lo que acá se detuvo, otros tres; y en todo estuvo en la venida
e vuelta seis meses, diez días más o menos.
Tornando a la historia, digo que después que Colom salió en Palos con los indios que llevaba destas islas (de los cuales uno
se le había muerto en la mar) tomó los seis que iban sanos, e dejó allí dos o tres que estaban dolientes, e fuese a la corte
de los Católicos Reyes a darles cuenta de su prosperidad e de lo que Dios acrescentaba en los reinos e señoríos de Castilla.
La cual nueva no se esperaba en tan breve tiempo, porque, en la verdad, fué cosa de admiración, segund lo que después tardaban
otras naos e carabelas en venir e volver desde acá, hasta que esta navegación se fué mejor entendiendo. E aun hoy que se sabe
mejor, sería asaz dos navíos andar lo que aquéllos anduvieron en tan breve tiempo; puesto que, como digo, agora está la navegación
entendida, y estonces la anduvieron a tiento e con la sonda siempre en la mano, apocando las velas de noche, y en recelo,
como lo suelen hacer los que son prudentes e sabios pilotos, cuando descubren y van por mares que no se saben ni han navegado.
En esto, que a los hombres de la tierra e que no han cursado la mar no les parescerá por ventura bien, o no tan sabroso, de
mi obra, tengan respecto a que yo escribo para los unos e los otros; tome cada uno lo que hace a su gusto o propósito, e lo
otro déjelo para cuyo es. Que bien veo que los hombres de la mar me culparían si no pusiese apuntase lo que es para ellos;
y los caballeros y gente ejercitada en la tierra, que no entendieren algunos términos de la navegación, con que me conviene
dar cuenta destas cosas de la mar, pasen adelante: que aquello no les impide lo demás.
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Capítulo VII
De cuatro cosas notables en el año de mill e cuatrocientos y noventa e dos años; e de cuando el almirante don Cristóbal llegó
a la corte de los Reyes Católicos, don Fernando e doña Isabel, e de las mercedes que le fiçieron después que volvió a España
del primero descubrimiento de las Indias; e la razón porque se debe creer que en estas partes fué predicado el Evangelio por
los apóstoles o por alguno dellos.
Con menor auctoridad enseña el que habla las cosas que oyó, quel que dice las que vió. Esto, Sanct Gregorio lo dice sobre
los capítulos catorce e quince de Job; mas yo no lo traigo aquí a consecuencia solamente por los que aquestas cosas de Indias
las han escripto desde España por oídas, sino dígolo porque hablaré aquí de las de España desde las Indias. Mas hay en ello
lo uno e
lo otro; porque, aunque vivo acá, vi lo que acaesció acullá.
Y porque no es fuera de mi propósito, digo que fué muy notable en España el año de mill e cuatrocientos e noventa e dos años;
en el cual, a los dos días del mes de enero tomaron los Católicos Reyes, don Fernando e doña Isabel, la muy nombrada e gran
cibdad de Granada. El mismo año, en fin de julio, echaron los judíos de sus reinos. El mismo año, viernes, siete días del
mes de deciembre, un villano, natural del lugar de Remensa, del principado de Cataluña, llamado Juan de Cañamares, dió en
Barcelona una cuchillada al Rey Católico en el pescuezo, tan peligrosa, que llegó a punto de muerte; del cual traidor fué
hecha muy señalada justicia, no obstante que, segund paresció, él estaba loco, e siempre dijo que si le matara, que él fuera
rey. Y en aquel mesmo año descubrió Colom estas Indias, e llegó a Barcelona en el siguiente de mill e cuatrocientos e noventa
y tres años, en el mes de abril, a falló al Rey asaz flaco, pero sin peligro de su herida.
Aquestos notables se han traído a la memoria, para señalar el tiempo en que Colom llegó a la corte, en lo cual yo hablo como
testigo de vista, porque me hallé paje, muchacho, en el cerco de Granada, e vi fundar la villa de Sancta Fe en aquel ejército,
e después vi entrar en la cibdad de Granada al Rey e Reina Católicos, cuando se les entregó; e vi echar los judíos de Castilla;
y estuve en Barcelona cuando fué ferido el Rey como he dicho; e vi allí venir al Almirante, don Cristóbal Colom, con los primeros
indios que destas partes fueron en el primero viaje e descubrimiento. Así que no hablo de oídas en ninguna destas cuatro cosas,
sino de vista; aunque las escriba desde aquí, o, mejor diciendo, ocurriendo a mis memoriales, desde el mismo tiempo escriptas
en ellos. Volvamos a nuestra historia.
Después que fué llegado Colom a Barcelona, con los primeros indios que destas partes a España fueron, o él llevó, e con algunas
muestras de oro, e muchos papagayos e otras cosas de las que acá estas gentes usaban, fué muy benigna e graciosamente rescebido
del Rey e de la Reina. E después que hobo dado muy larga e particular relación de todo lo que en su viaje e descubrimiento
había pasado, le ficieron muchas mercedes aquellos agradescidos príncipes, e le comenzaron a tractar como a hombre generoso
y de Estado, e que por el grand ser de su persona propria, tan bien lo merescía.
Mas a mi parescer (so la protestación por mí hecha en el proemio o libro I), digo que en aquestas nuestras Indias, justo es
que se tenga e afirme que fué predicada en ellas la verdad evangélica; y primero en nuestra España por el apóstol Sanctiago,
e después la predicó en ella el apóstol Sanct Pablo, como lo escribe Sanct Gregorio. E si desde nuestra Castilla se cultivó
acá e transfirió la noticia del Sancto Evangelio en nuestros tiempos, no cesa por eso que, desde el tiempo de los apóstoles,
no supiesen estas gentes salvajes de la redempción cristiana e sangre que nuestro Redemptor Jesucristo vertió por el humano
linaje; antes es de creer que ya estas generaciones e indios destas partes lo tenían olvidado; pues que In omnem terrant exivit sonus eorum, et in fines orbis terræ verba eorum. Conforme a lo que es dicho del psalmista David, dice Sanct Gregorio, sobre el capítulo diez y seis de Job, estas palabras:
la Sancta Iglesia ha ya predicado en todas las partes del mundo él misterio de nuestra Redempción. Así que estos indios ya
tuvieron noticia de la verdad evangélica y no pueden pretender ignorancia en este caso; quédese esto a los teólogos, cuya
es esta materia. Pero quiero decir que, puesto que de nuestra sancta fe católica acá hobiesen habido noticia los antecesores
destos indios, ya estaba fuera de la memoria destas gentes; y así fué grandísimo servicio el que a Dios hicieron los Reyes
Católicos en el descubrimiento destas Indias. Y grande fué el mérito que adquirió nuestra nación en ser por españoles buscadas
estas provincias; e tantos reinos de gentes perdidas e idólatras, por la industria y en compañía y debajo de la guía del primero
almirante don Cristóbal Colom, reedificando e tornando a cultivar en estas tierras, tan apartadas de Europa, la sagrada pasión
e mandamientos de Dios y de su Iglesia católica, donde tantos millones de ánimas gozaba, o mejor diciendo, tragaba el infierno;
y donde tantas idolotrías e diabólicos sacrificios y ritos, que en reverencia de Satanás se facían muchos siglos había, cesasen;
y donde tan nefandos crímenes y pecados se ejercitaban, se olvidasen.
En esto se podría decir tanto, que en muchas historias no se pudiese acabar de relatar los méritos de los Reyes Católicos,
don Fernando e doña Isabel, y de sus subcesores, por la continuación del sancto celo y obra para la conversión destas gentes.
Porque, en la verdad, por su real voluntad y expresos mandamientos e muy continuado cuidado, siempre han proveído en el remedio
de las ánimas destos indios, y en el buen tractamiento dellos. Y si en este caso algo ha faltado, es a causa de los ministros;
y no tiene la culpa otro sino el que acá viene por gobernador o perlado y en esto se descuida; pero no tura más su negligençia
de cuanto tarda de llegar a noticia de César o de su Real Consejo de Indias, donde luego se provee con grande atención en
el reparo y enmienda, como conviene.
Yo, en la verdad, la principal causa de lo que en este caso puede haber mal subcedido, o no tan bien efectuádose como fuera
razón, tampoco la quiero dar a los oficiales o ministros de tan sancta e pía obra como es doctrinar esta generación de indios,
sino a ellos mismos, especialmente por su incapacidad y malas inclinaciones; porque es cierto que son muy raros, e aun rarísimos,
aquellos que en tanta multitud dellos perseveran en la fe; antes deslizan della como el granizo de las puntas de las lanzas.
Es menester que Dios ponga en esto su mano para que así los que enseñan como los enseñados, aprovechen más que hasta aquí.
Vuelvo a la historia.
Seis indios llegaron con el primero Almirante a la corte, a Barcelona, cuando he dicho; y ellos, de su propria voluntad, e
consejados, pidieron el baptismo; e los Católicos Reyes, por su clemencia, se lo mandaron dar; e juntamente con Sus Altezas,
el serenísimo príncipe don Juan, su primogénito y heredero, fueron los padrinos. Y a un indio, que era el más principal dellos,
llamaron don Fernando de Aragón, el cual era natural desta isla Española, e pariente del rey o cacique Goacanagarí; e a otro
llamaron don Juan de Castilla; e a los de demás se les dieron otros nombres, como ellos los pidieron o sus padrinos acordaron
que se les diese, conforme a la Iglesia Católica. Mas a aquel segundo que se llamó don Juan de Castilla, quiso el príncipe
para sí, y que quedase en su real casa, y que fuese muy bien tractado e mirado, como si fuera hijo de un caballero principal
a quien tuviera mucho amor. E le mandó doctrinar y enseñar en las cosas de nuestra sancta fe, e dió cargo dél a su mayordomo
Patiño; al cual indio yo vi en estado que hablaba ya bien la lengua castellana; e después, dende a dos años, murió.
Todos los otros indios volvieron a esta isla en el segundo viaje que a ella hizo el Almirante; al cual aquellos gratísimos
Príncipes Católicos hicieron señaladas mercedes, y en especial le confirmaron su previlegio, en la dicha Barcelona, a veinte
e ocho de mayo de mill y cuatrocientos e noventa e tres. Y entre otras, de más de le hacer noble e dar título de almirante
perpetuo destas Indias a él e a sus subcesores, por vía de mayoradgo, y que todos los que dél dependiesen, e aun sus hermanos,
se llamasen don, le dieron las mismas armas reales de Castilla y de León, mezcladas y repartidas con otras que asimesmo le
concedieron de nuevo, aprobando e confirmando de su auctoridad real las otras armas antiguas de su linaje. E de las unas e
las otras formaron un nuevo y hermoso escudo de armas con su timbre e divisa, en la manera e forma que aquí se contiene y
se vee patente (lám. 1, fig. 1)4
Un escudo con un castillo de oro en campo de goles o sanguino, con las puertas e ventanas azules, e un león de púrpura o morado
en campo de plata, con una corona de oro, la lengua sacada, e rampante, así como los reyes de Castilla e de León los traen.
Y aqueste castillo e león han de estar en el chief o cabeza del escudo, en la parte derecha, y el león en la siniestra. Y
de allí abajo, las dos partes restantes del escudo todo han de estar partidas en mantel; y en la parte derecha una mar en
memoria del grande mar Océano: las aguas al natural, azules y blancas, e puesta la Tierra Firme de las Indias que tome cuasi
la circunferencia deste cuarto, dejando la parte superior e alta dél abierta, de manera que las puntas desta tierra grande
muestran ocupar las partes del Mediodía e Tramontana; e la parte inferior, que significa el Occidente, sea de tierra continuada
que vaya desde la una punta a la otra desta tierra; y entre aquestas puntas, lleno el mar de muchas islas grandes e pequeñas,
de diversas formas; porque esta figura, segund está blasonada en este cuarto, es de la manera que se pueden significar estas
Indias. La cual tierra e islas han de estar muy verdes, e con muchas palmas e árboles, porque nunca en ellas pierden la hoja
sino muy pocos; e ha de haber en esta Tierra Firme muchos matices e granos de oro, en memoria de las innumerables e riquísimas
minas de oro que en estas partes e islas hay. E por esta pintura, si el letor no quedó bien informado de lo que se tocó en
el primero capítulo, libro II, de la grandeza e forma del asiento de la Tierra Firme, lo podrá algo más claramente entender.
E yo tornaré a difinir estas armas de que agora se tracta. E digo que en el otro cuarto siniestro del escudo hay cinco áncoras
de oro en campo azul, como insignia apropriada al mismo oficio e título de almirante perpetuo destas Indias; y en la parte
inferior del escudo, las armas de la prosapia del linaje de Colom, conviene saber: un chief o cabeza, o parte alta de goles,
vel sanguina; e de allí abajo una banda azul en campo de oro; e sobre el escudo un baúl de Estado, al natural, de ocho lumbres
o vistas, con un rollo v dependencias azules e de oro; y sobre el baúl, por timbre e cimera, un mundo redondo con una cruz
encima de goles; y en el mundo pintada la Tierra Firme e islas, de la manera que están de suso blasonadas; e por defuera del
escudo, una letra en un rótulo blanco, con unas letras de sable que dicen: Por Castilla e por León nuevo mando halló Colom.
Asimismo por respecto del Almirante, hicieron los Reyes Católicos adelantado desta isla Española a don Bartolomé Colom, su
hermano; y le hicieron otras mercedes que, por evitar prolijidad, aquí no se dicen, como más largamente paresce por su privilegio
real que le concedieron, e yo he visto algunas veces.
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Capítulo VIII
Del segundo viaje que el Almirante primero, don Cristóbal Colom, hizo desde España a esta isla de Haití o Española; e de cómo
halló muertos los cristianos que habia dejado en tierra del rey Guacanagarí; e de la concesión quel Papa Alejandre VI hizo
destas Indias a los Reyes Católicos, don Fernando e doña Isabel, e sus subcesores en los reinos de Castilla y de León. Y del
descubrimiento de las islas de los indios flecheros, llamados caribes, e otras cosas notables.
¿Quién hay que no sepa que dió el Señor las cosas terrenas para nuestros usos, y que crió las ánimas de los hombres para los
suyos, como nos lo recuerda Sanct Gregorio? Así, pues, conforme a esto, los bienaventurados reyes don Fernando e doña Isabel,
deseando que las ánimas destos indios fuesen para Dios, mandaron quel almirante don Cristóbal Colom volviese a esta isla de
Haití o Española, con muy buena armada, en que vinieron algunos caballeros e hidalgos de su casa real, e otros nobles varones
e hombres de claros linajes, deseosos de ver esta nueva tierra e las cosas della.
E hobieron primero aquellos sanctos príncipes la merced e concesión destas Indias por el Summo Pontífice, así porque con más
justo título su sancto propósito se efectuase (que era ampliar la religión cristiana, como siervos de Dios, aunque para esto
no tuviesen nescesidad, tomaron licencia e título del vicario de Cristo, a quien ellos siempre con fiel corazón tuvieron obediencia),
como por ser estas mares e imperio de la corona e conquista de Castilla, e haberse solamente los Católicos Reyes, don Fernando
e doña Isabel, ocupado en este memorable e sancto ejercicio; cuanto más que, por lo que tengo dicho, ya muchos siglos antes
fué este señorío de los reyes de España.
Y así el Papa dió al Rey e Reina e sus subcesores en los reinos de Castilla y de León estas Indias, e todo lo demás, fabricando
una línea de polo a polo, por diámetro, desde cient leguas adelante de las islas de los Azores y de las de Cabo Verde, y desde
allí, discurriendo al Poniente, todo lo que en el mundo se hallase, de que no tuviese actual posesión algún príncipe cristiano.
Después de lo cual, fué convenido e asentado entre España e Portugal, que desde las dichas islas que dije de suso, trescientas
e setenta leguas dellas al Occidente, se hiciese una línea de polo a polo, e lo que quedase entre esta línea la que se dijo
primero, fuese de Portugal; y de aquí los portugueses interpretan que les queda todo lo del Oriente, en lo cual se engañan.
De manera que, conforme a la bula o donación apostólica hecha a Castilla e a los reyes della, se comprehenden todas las islas
de la Especiería e de Maluco e Bruney (donde se coge la canela), con toda la Especiería e lo demás del mundo, hasta tornar
por el Oriente a la línea primera que se dijo del diámetro, significada a las cient leguas de las islas de los Azores e de
Cabo Verde. Y esto, como he dicho, cae en la parte así concedida a los Reyes Católicos, de gloriosa memoría, e pertenesce
a la corona de Castilla.
Pero, porque estas cosas están aprobadas por el vicario de Dios e de la sagrada Iglesia, no es nescesario decir otra cosa,
sino que yo he visto un treslado auctorizado y signado de la Bula apostólica, la data de la cual dice: Datis Romæ? apud sanctus Petrum, anno Incarnationis Domini millessimo quadrigentessimo nonagessimo tertio, quarto nonas maii,
pontificatus nostri anno primo.
Pues conforme a lo amonestado por el Sancto Padre en su bula e donación apostólica, cerca del cuidado que se debe tener en
la conversión de los indios, vinieron religiosos, personas de aprobada e sancta vida e letras. En especial fué escogido para
esto fray Buil, de la orden de Sanct Benito, natural de Cataluña; al cual el mismo Sancto Padre dió plenísimo poder para la
administración de la Iglesia en estas partes, como perlado e cabeza de los clérigos e religiosos que en aquesta sazón acá
pasaron para el servicio del culto divino e conversión destos indios. E trujeron los ornamentos e cruces e cálices e imágenes,
e todo lo que era nescesario para las iglesias e templos que se hiciesen. Y en la bula susodicha apostólica amonestó e mandó
el Papa, en virtud de sancta obediencia, al Rey e a la Reina, que enviasen, para lo que es dicho, a estas Indias, buenos varones
e temerosos de Dios, doctos y expertos, para instruir e enseñar los habitadores destas nuevas tierras en la fe católica y
en buenas costumbres, con la debida diligencia que para tan sancta e ardua cosa convenía.
E así, conforme a esta amonestación del Summo Pontífice e al sancto celo que los Católicos Reyes tuvieron para complir por
su parte lo que en, ellos era, en complimiento de lo que es dicho, buscaron en todos sus reinos tales personas como eran nescesarias,
así de eclesiásticos como de seglares. E con una muy hermosa armada, e lucida e noble compañía de gente, cual he dicho, se
partió el mesmo año el Almirante de la corte, desde la cibdad de Barcelona para la provincia de Andalucía; e llegado a la
cibdad de Sevilla, comenzóse allí a juntar la gente, e las naos e carabelas, en la bahía de Cádiz,5 para esta flota.
Desde allí, hecho su alarde, e dada la orden e derrota a cada capitán e a los maestres e pilotos, para su viaje, con la buena
ventura salió con su armada a la vela, miércoles veinte e cinco días del mes de septiembre de mill e cuatrocientos y noventa
y tres años. Y al cuarto del alba soltó las velas la nao capitana, e lo mismo hicieron todas las otras naos y carabelas, que
eran, por todas, diez y siete velas, en que había mill y quinientos hombres de hecho, muy bien aderezados y proveídos de armas
e municiones y bastimentos y de todo lo nescesario; la cual gente vino al sueldo real. Y en esta armada vinieron personas
religiosas, y caballeros e hidalgos, y hombres de honra y tales cuales convenía para poblar tierras nuevas y las cultivar
sancta y rectamente en lo espiritual e temporal; y como por tan cristianísimos príncipes proveído, muchos criados de su casa
real; y a todos los más de los principales dellos los vi y conoscí. Y algunos al presente hay vivos en estas Indias y en España,
aunque son ya muy pocos los que quedan dellos.
Tornando la historia al camino, digo que el Almirante, como más diestro en la navegación, por la experiencia del primero viaje,
trujo más derecha e justa su derrota en este segundo. Y la primera tierra que halló e reconosció fué una isla que él nombró,
así como la vido, la Deseada, conforme al deseo que él y todos los de su flota traían de ver la tierra. Y asimismo se vió
luego otra isla, e llamóla Marigalante, porque la nao capitana en que el mismo Almirante venía se llamaba así; e puso nombre
a todas las otras islas que están en aquel paraje de Norte a Sur, o de polo a polo; conviene a saber: a la parte de la Tramontana,
primera e más cercana isla, Guadalupe, la Barbada, el Aguja, el Sombrero e otras; e más cercanas a ella, el Anegada, desde
la cual, al Poniente, están muchas isletas que llaman las Vírgines, e más adelante está la isla Boriquén, que agora se llama
Sanct Juan, la cual isla es muy rica e de las más notables, como se dirá adelante en su lugar. A la parte austral de la dicha
isla Deseada, la más próxima a ella es la isla Dominica, a la cual el Almirante nombró así porque en domingo fué vista. Y
los Todos Sanctos es otra isla; y más al Mediodía está Matinino, la cual han querido algunos cronistas decir que era poblada
de amazonas, e otras fábulas muy desviadas de la verdad, como paresce por sus tractados, e se ha después averiguado por los
que habemos visto la isla y las otras de su paraje; y es todo falso lo que désta se ha dicho cuanto a ser poblada de mujeres
solamente, porque no lo es ni se sabe que jamás lo fuese.
Hay otras islas por allí, así como Sancta Lucía, Sanct Cristóbal, los Barbados y otras que no hacen mucho al caso, porque
son muchas y pequeñas. Pero cuando se diga del descubrimiento de la Tierra Firme, se dirán otras que hay entre aquestas que
he nombrado e la costa de Tierra Firme, destas que he dicho e otras que están con ellas, así como Libuqueira, a la cual los
cristianos llamamos Sancta Cruz e el cronista Pedro Mártir la llama Ayay.
Y las de al par della todas, o las más, estaban pobladas de indios flecheros llamados caribes, que en lengua de los indios
quiere decir bravos e osados. Estos tiran con hierba tan pestífera y enconada, que es irremediable; e los hombres que son
heridos con ella, mueren rabiando e haciendo muchas vascas, e mordiéndose sus proprias manos e carnes, desatinados del dolor
grandísimo que sienten. Y cuando alguno escapa es por sobrada dieta, e diligencia de algunas medicinas apropriadas contra
ponzoña, de las cuales, hasta agora, acá se veen pocas que aprovechen; pero lo más cierto, cuando alguno sana, es por ser
fecha la hierba de mucho tiempo, o por faltarle alguno de los materiales ponzoñosos de que es compuesta, como adelante se
dirá; porque en diversas partes, diversa manera de hacer esta hierba tienen los indios. Estos flecheros destas islas que tiran
con hierba, comen carne humana, excepto los de la isla de Boriquén. Pero, demás destos de las islas, también la comen en muchas
partes de la Tierra Firme, como se dirá en su lugar. Y aquesto mismo dice Plinio que hacen los antropófagios en Scitia; el
cual auctor dice asimismo que demás de comer carne humana, beben con las cabezas o calavernas de los hombres muertos, y, que
los dientes, con los cabellos dello, traen por collares; y destos tales collares he yo visto algunos, en la Tierra Firme.
Tornemos a nuestra historia e camino: que para lo que se toca de suso, e de otras criminales costumbres de los indios, en
su lugar se dirá más largamente. Digo, pues, así: que reconoscidas estas primeras islas Deseada y las que están más cercanas
a ella, pasó el Almirante e su armada, prosiguiendo su viaje, entre las unas e las otras, después que hobieron tomado agua
en una dellas: e idos adelante, reconoscieron la isla de Boriquén, que, como se dijo de suso, es agora llamada Sanct Juan.
E aquesta es la mayor isla de las que hay en aquel paraje, e más principal de cuyo sitio e medida, e asiento e gente, y de
lo que hay desde España fasta ella y a las que tengo dicho, se fará especial mención en su lugar, cuando convenga. E no entienda
el letor, como han querido afirmar algunos que han escripto estas cosas de Indias, que todas estas islas que he nombrado las
descubrió el Almirante en este segundo viaje; porque, aunque halló la Deseada e las que, viendo aquélla, era forzado que asimismo
se viesen, por ser tan propincas unas con otras, después, andando el tiempo, se hallaron e se conquistaron por diversos capitanes,
y se descubrieron las más dellas por la continuación de la navegación destas mares.
Tornando a nuestro propósito e camino, digo que después que pasó esta armada de la isla de Boriquén o Sanct Juan, vino a esta
de Haití, que llamamos Española, e tomó puerto en ella el mes de deciembre del mesmo año de mill e cuatrocientos e noventa
e tres años, en Puerto de Plata, que es de la banda del Norte. E desde allí fué, por la costa abajo al Occidente, a la Isabela;
e de allí pasó a Monte-Cristo, donde señoreaba el rey Goacanagarí, que es a donde agora se llama Puerto Real. La cual tierra
poseía un hermano suyo, a quien él había dado aquella provincia: e allí habían quedado los treinta e ocho hombres que dejó
el Almirante en el primero viaje, cuando descubrió esta tierra e isla: a los cuales todos habían muerto lo indios, no pudiendo
sufrir sus excesos porque les tomaban las mujeres e usaban dellas a su voluntad, e les hacían otras fuerzas y enojos, como
gentes sin caudillo e desordenada. E habíanse apartado unos de otros, uno a uno, e dos a dos, e cuando más, tres o cuatro
juntos, por diversas partes la tierra adentro, por donde querían, continuando su desorden; e como los indios los vieron así
divisos e separados, acordaron de los matar, desconfiando de la vuelta del Almirante e creyendo que no habían de volver jamás
otros cristianos: e así acabaron aquellos pocos que entre ello; estaban desparcidos dándoles enojo. También fué la causa ser
naturalmente la gente desta tierra de poca o ninguna prudencia, porque nunca tienen respecto a lo porvenir.
Murieron aquellos treinta e ocho cristianos (segund después se supo de los mesmos indios) por lo que es dicho y porque no
quisieron estar quedos en el asiento que el Almirante los había dejado. El cual, como fué certificado de la verdad, se volvió
a poblar en la Isabela; e hizo allí un pueblo de la gente que trujo (que, como se dijo de suso, serían mill e quinientos hombres),
e puso nombre a aquella cibdad Isabela, en memoria de la serenísima e Católica Reina doña Isabel.
Aquesta fué la segunda población de cristianos que hubo en las Indias e se fundó en esta isla de Haití, que agora llaman Española.
E hasta el año de mill e cuatrocientos e noventa e ocho turó aquella república; porque el primero pueblo que hobo fué aquel
de los treinta y ocho cristianos que quedaron del primero viaje; e desde la Isabela se pasó después toda aquella vecindad
a esta cibdad de Sancto Domingo, como adelante diré. Pero, porque de la culpa de los antiguos que supieron destas islas (si
son Hespérides, segund yo creo por lo que al principio, en el segundo capítulo, se dijo) no nos alcance parte, por no escrebir
la forma de la navegación, antes que a más se proceda, será bien que se diga esto, para que en ningún tiempo se pueda ignorar
o perder este camino; el cual se navega de la manera que en el siguiente capítulo será declarado, conforme a la verdad de
las alturas del sol e Norte, e de la regla de las modernas cartas y experimentada cosmografía.
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Capítulo IX
Del viaje que desde España se hace para estas Indias, e de la manera e forma que se tiene en la navegación; e del árbol maravilloso
de la isla del Hierro, que es una de las islas Fortunadas, que agora llaman las Canarias.
En la cibdad de Sevilla tiene el emperador rey de España, nuestro señor, su Real Casa de Contractación para estas Indias,
e sus oficiales en ella; ante los cuales, las naos e carabelas, gente e mercaderías, e todo lo que a estas partes viene, se
registran e visitan. E con su licencia, la gente se embarcan, con los capitanes e maestres, en el puerto de la villa de Sant-Lúcar
de Barrameda, donde entra en el mar Océano el río de Guadalquivir (que los antiguos llamaron Betis, del nombre de Beto, sexto
rey de España, segund afirma Beroso). E desde allí siguen su viaje para las islas de Canaria, que los cosmógrafos llaman Fortunadas,
que son éstas: Lanzarote, Fuerte Ventura, Gran Canaria, Tenerife, la Palma, la Gomera, el Hierro; de las cuales hace relación
Solino en aquel su tractado de Mirabilibus Mundi, e más copiosamente Plinio, aunque no pone tan particularmente como hoy sabemos aquel miraglo de la isla del Hierro (la cual
él llama Ombrío). Y porque es cosa mucho de saber, diré lo que en esto he entendido de algunas personas fidedignas, e aun
porque es notoria cosa.
La isla del Hierro no tiene agua dulce, de río, ni fuente, ni lago, ni pozo, y es habitada, e todos los días del mundo la
provee Dios de agua celestial, no lloviendo. La cual le da desta manera. Cada día del mundo, desde una hora o dos antes que
esclarezca, hasta ser salido el sol, suda un árbol que allí hay, e cae por el tronco dél abajo, e de las ramas e hojas dél,
mucha agua; estando continuamente en aquel tiempo una nube pequeña o niebla sobre el árbol, fasta quel sol, dos horas después
del alba, o poco menos, está encumbrado, e la nube desaparesce, y el agua cesa de caer. Y en el tiempo que es dicho, que pueden
ser cuatro horas, poco más o menos tiempo, en una balsa o laguna hecha a mano para esto, allégase tanta agua al pie del árbol,
que hasta para toda la gente que en aquella isleta vive, e para sus ganados e bestias. La cual agua que así cae, es muy excelente
e sana.
Esta isla y la de la Gomera son del conde don Guillén Peraza, vasallo de Sus Majestades. E todas las otras cinco de las Canarias
o Fortunadas son de la corona real de Castilla, excepto la que llaman Lanzarote, que es de un caballero de Sevilla llamado
Fernandarias de Sayavedra. Esta del Hierro es pequeña isla, e yo la he visto ya tres veces, viniendo a estas Indias. Está
Leste al Hueste con el mar Pequeño (que llaman en Africa), puesta al Occidente, en veinte e siete grados e medio de la equinocial,
de la banda de nuestro polo ártico.
Tornando al viaje desde camino de nuestras Indias, digo, pues, que de una destas siete islas, en especial de Gran Canaria,
o la Gomera, o la Palma (porque están en más derecha derrota y al propósito, e son fértiles, e abundan de bastimentos y de
lo que conviene a los que esta larga navegación hacen), toman allí los navíos refresco de agua e leña, e pan fresco, e gallinas,
e carneros, e cabritos, e vacas en pie, e carne salada, e quesos, e pescados salados de tollos e galludos e pargos, e de otros
bastimentos que conviene añadirse sobre los que las naos sacan de España.
Aquel espacio e golfo de mar que hay desde Castilla a estas islas se llama el golfo de las Yeguas, a causa de las muchas dellas
que allí se han echado. Porque, corno es tempestuoso mar, en mucha manera más que desde allí adelante hasta las Indias, e
de más peligro, acaesció en los principios que esta tierra se poblaba, que trayendo los ganados e yeguas desde España, todas
las más dellas se quedaron en aquel golfo, por tormentas, o por se morir en el viaje; y de ser tan dificultoso de pasarlas,
comenzaron les hombres de la mar a llamarle el golfo de las Yeguas. E así se le puso este nombre e se ha quedado con él; porque
las que llegaban vivas hasta las islas de Canaria, las tenían por navegadas o puestas en salvo. Mas también pudieran llamarle
el golfo de las Vacas, pues no murieron menos que de las yeguas, de la mesma manera.
Tardan desde España hasta estas islas las naos, ocho o diez días, poco más o menos, comúnmente. Y llegados allí, han andado
doscientas e cincuenta leguas (digo hasta la del Hierro), porque desde aquel paraje tomamos nuestra derrota para estas partes.
Y a la vista desta isla se sigue el camino en demanda de la isla Deseada, o de alguna de las que se dijo (en el capítulo antes
deste) que están en su paraje; e tardan veinte e cinco días, poco más o menos, hasta ser con la tierra de las islas llamadas
la Deseada, Todos Sanctos, Marigalante, Guadalupe, o la Dominica, u otra alguna de las próximas a éstas, segund el tiempo
les hace, o como es prudencia del piloto en saber guiar su navío; puesto que ha acaescido algunas veces pasar las naos, de
noche o por tiempos forzosos, adelante; o por estar cerrado el horizonte, discurrir entre estas islas sin ver alguna dellas
hasta dar en la isla de Sant Juan, o en esta Española, o en la de Jamaica (que agora se dice Sanctiago, que está más al Poniente),
o, por acaso, en la de Cuba, que es la más occidental de todas las que tengo dicho. E algunas veces, por culpa o desventura
de los pilotos e marineros, ha habido navíos que en ninguna de todas estas islas han tocado, e se han pasado de largo hasta
la Tierra Firme; y los mesnos déstos se salvan. Mas haciéndose el viaje con piloto bien enseñado e diestro (de los cuales
ya hay muchos), siempre los más reconoscen a una de las primeras islas que tengo dicho.
E hasta allí se navegan, desde las islas de Canaria, setecientas e cincuenta legras (aunque en algunas cartas de navegar ponen
algo más, y en otras menos) ; pero desta cantidad que he dicho de setecientas e cincuenta leguas, poca puede ser la diferencia.
Desde allí hasta llegar a esta cibdad de Sancto Domingo de la isla de Haití (que agora llamamos Española), navegan otras ciento
e cincuenta leguas.
Así que, desde España hasta aquí hay mill e ciento e cincuenta, o mil e doscientas leguas, poco más o menos. Esto segund las
cartas de navegar que agora se tienen por más corretas e mejores que las pasadas; porque en otras solían poner mill e trecientas
leguas, y en algunas, más. Pero como cada día se va mejor entendiendo este camino, los más tienen que aqueste viaje es de
mill e doscientas leguas, poco más o menos. Mas a causa del nordestear e noruestear de las agujas, así en el arbitrar este
defecto de la aguja de marear como por las continuas mudanzas de los tiempos e corrientes de las aguas, muchas más leguas
se andan en este camino de lo que es dicho, las más veces para venir a estas partes, e muchas más a la vuelta, para volver
a España; porque es otra derrota e navegación la que se hace para ir desde acá a Europa, como aquí diré.
Tárdanse desde España a esta cibdad de Sancto Domingo, comúnmente, treinta e cinco o cuarenta días, no tornando los extremos
de los que tardan mucho más, o llegan muy más presto de lo que he dicho; porque yo no digo sino lo que las más veces acaesce.
En la vuelta van desde aquí a Castilla en cincuenta e cinco días, pocos más o menos, puesto que el año de mill e quinientos
e veinte e cinco, estando la Cesárea Majestad en la cibdad de Toledo, fueron dos carabelas, desde aquesta cibdad de Sancto
Domingo hasta entrar en el río de Sevilla, en veinte y cinco días. Pero no se ha de tomar desto lo que raras veces conteste,
sino lo que es más ordinario, pues los extremos no son de seguir.
También solían tardar las naos en volver a España tres y cuatro meses, porque porfiaban a hacer el camino - e derrota que
para acá habían traído. E así, algunas veces peligraban e se tardaban doblado tiempo; lo cual agora está mejor entendido,
e como más diestros los pilotos en esta navegación, corren los navíos la vuelta del Norte, e van en demanda de la isla Bermuda
(que también se llama la Garza), que está en treinta e tres grados, e algunas veces la veen, e otras no. Pero cuando en esta
altura se hallan las naos, dejan la derrota que hasta allí llevaban, la vuelta del Norte, e corren al Leste la vía del Oriente,
porque esta isla está del Leste al Hueste con Azamor en Africa; e desde Azamor a Sanct Lúcar, donde entra Guadalquivir en
la mar, hay ochenta leguas, poco más o menos. Esta manera de navegar mostró la experiencia, porque después que los navíos
se ponen en los treinta e tres grados, son cuasi ordinarios los vientos Norueste e Norte, con que van más aína que por estotra
vía que acá vinieron las naos.
Aquella isla que se dice la Bermuda o la Garza, he yo visto a tiro de lombarda della, estando puesta la proa de la nao a ella,
e corriendo ya en ocho brazas de fondo. Es isla pequeña, e créese que está despoblada; e yo iba determinando de hacer salir
allí diez o doce mancebos con sus armas, y que echasen media docena de puercos y puercas de los que llevábamos para nuestro
matalotaje o bastimento, para que allí se criasen e hiciesen carne para que en algún tiempo sirviese. Y estando aparejando
de echar el batel fuera de la nao para lo que es dicho, faltónos el tiempo al contrario de mi propósito, algo esforzado, e
fízonos desviar la vuelta de nuestro camino. Es tierra que no es alta, aunque tiene un lomo más alto que toda la otra tierra;
y hay muchas gaviotas e otras aves de agua por allí, y muchos pejes voladores, de los cuales se dirá en su lugar. Tiene aquestos
dos nombres porque la nao que la descubrió se llamaba la Garza, y el capitán que allí iba se decía Juan Bermúdez, el cual
era natural de Palos.
Muchos peligros acaescieron en los principios o primeros años que estas Indias se hallaron, así al venir acá como volviendo
a Castilla, como en esta otra navegación de Tierra Firme; e cada día acaescen cosas de notar a los que navegan. E porque hobo
cosas señaladas de que miraglosamente escaparon algunos, decirse ha algo desto adelante, en el libro último, porque no se
interrompa la materia deste camino de España. El cual afirman todos los que muchas veces le han andado, e son hombres que
han experiencia en las cosas de la mar, que es la navegación del mundo más segura entre cuantas se saben del mar Océano.
Desde aquesta isla Española atraviesan las naos que de aquí parten, o en esta tierra tocan para Tierra Firme, en siete y ocho
y diez días, y en más, segund a la parte donde van guiadas; porque la Tierra Firme es muy grande, y hay diversas navegaciones
o derrotas para ella. Y porque aun no es tiempo para hablar en su descubrimiento, quiero guardar esto para lo decir adelante,
en su lugar proprio. Solamente digo en este caso, que quien desde la isla del Fierro, de quien queda fecha mención (que es
una de las siete Fortunadas o de Canaria, y tan notable por su agua), fuere en demanda de la costa o Tierra Firme, y a buscar
aquel gran río llamado Marañón que está en ella, fallará a la Tierra Firme y aquella costa, navegando seiscientas leguas o
menos, como mejor lo podrá entender, quien fuere curioso, por la moderna y experimentada Cosmografía destas Indias. Pues Tholomeo,
antiguo e cierto cosmógrafo, no habló cosa alguna de la Tierra Firme, e lo que se dijo de Aristótiles e Solino e Plinio e
Isidoro, en el capítulo II deste libro, aquellas auctoridades, islas Hespérides dicen, y en islas hablan y no en Tierra Firme.
A lo que yo alcanzo (so enmienda de los que otra cosa hobieren leído), para mí bien creo que el almirante primero, don Cristóbal
Colom, no comenzó este descubrimiento a lumbre de pajas, sino con muy encendidas e claras auctoridades e verdadera noticia
destas Indias. Pero, porque no quiero ser habido por corto, diré dónde están estas islas e tierras nuevas, cuando hablare
en cualquiera parte dellas.
Y satisfaciendo particularmente lo que toca a este camino, digo que los que supieren medir, hallarán que la isla Deseada (que
es la primera en cuya demanda las naos vienen de España e hacen su derrota por estas Indias), está en catorce grados de la
línea equinocial, a la parte de nuestro polo ártico; e las de demás a ella próximas, todas están en nuestro horizonte deste
mismo polo: algunas a los lados de la Deseada, hacia Mediodía, y dellas a la parte septentrional, segund que ya las tengo
nombradas en el capítulo IV deste libro II.
Esta isla Española, de la parte que mira al Austro, y en especial en esta cibdad de Sancto Domingo, dista de la Equinocial
diez y ocho grados; e a la parte o costa del Norte está en veinte grados, e algún poco más en alguna parte, y en otras mucho
menos, por las entradas que la mesma tierra desta isla tiene, ensanchándose y encogiéndose conforme a la proporción e figura
suya. Así que, desde diez y ocho hasta veinte es la mayor latitud della; de forma que podrá ser el anchura treinta e siete
leguas, e de longitud tiene ciento y veinte leguas, o ciento y treinta, poco más o menos. De las otras islas de demás y de
la Tierra Firme, en sus proprios lugares e historias más me deterné.
Algunos de los que bien entienden la Cosmografía, y la disputan y enseñan complidamente estándose en la tierra, y no sabiéndola
por vista y experiencia, dirán que he dicho un grande error en esta plática deste viaje, porque dije que la isla del Hierro,
donde se apunta e principia esta derrota, está en veinte y siete grados y medio, e que la isla Deseada es la que las naos
vienen a buscar primero, y que está en catorce. Y que esta isla Española, por la parte del Mediodía, y esta cibdad de Sancto
Domingo están en diez y ocho grados, e que lo más ancho desta isla, por la parte del Norte, está en veinte grados; de forma
que paresce que a lo menos se abajan cuatro grados más de lo que conviene para tomar esta isla, por lo menos. Y cada grado,
de Norte a Sur, o de polo a polo, tiene diez v siete leguas e media. Así que, setenta leguas se aparta del paralelo desta
isla, Española, dejándola a la parte del Norte: y es así verdad. Pero quien, después que toma los diez y ocho grados, no se
abaja hasta los catorce, erraría mucho en ello, después que ha navegado veinte días con mediano tiempo. Porque sin tomarlos,
iría por los diez y ocho a dar en las islas que llaman las Vírgines, o más afuera; e allí hay muchos bajos e peligrosa entrada
entre las islas. E si se fuese en diez y nueve o en veinte, por ventura, por poco de tiempo contrario o por los defectos del
aguja de marear (que se dirán en el capítulo siguiente), no tomaría esta isla, e por las corrientes iría a dar en las islas
de los Lucayos, o en la de Cuba, como hizo el Almirante en su primero viaje. E para excusar muchos inconvenientes e peligros,
e porque el embocamiento de las islas es más segura entrada en los catorce grados hasta quince, tiénense a este numero, procurando
siempre que sea de quince abajo; porque después de entradas las naos, por tal paralelo, entre las islas de la Deseada e la
que llaman el Antigua e las que por allí hay, lo demás que resta del camino, a causa de las corrientes, muy presto se anda,
e toman a placer esta isla.
Esto que he dicho no se puede aprender en Salamanca, ni en Boloña, ni en París, sino en la cátedra de la gisola (que es aquel
lugar donde va puesta el aguja de navegar), e con el cuadrante en la mano, tomando en la mar ordinariamente, las noches el
estrella, e los días el sol con el astrolabio. Porque, como dice el italiano: altro vole la tabla que tovalla bianca; digo yo que otra cosa quiere también la navegación que palabras; porque, aunque los manteles estén blancos, no comerán los
convidados con sólo eso, ni porque uno estudie la Cosmografía e la sepa muy mejor que el Tholomeo, no sabrá, con cuantas palabras
están escriptas, navegar hasta que lo use. Ni el que lee medicina curará como debe al enfermo, hasta que, experimentado, sea
para catar el pulso, e por él entienda los paroxismos e términos que se deben proveer en la dolencia. Y desa misma manera,
el piloto diestro, mirando el pulso de su gisola, que es aquella calamita mixta en el aguja, le enseña el Norte; y el cuadrante
su altura; y el astrolabio la del sol; e su experiencia le acuerda cómo ha de templar las velas, e gobernar sus marineros
e gente; y la sonda le enseña las honduras. E criado desde paje en la mar, quédale el oficio tan fijo, cuanto le basta su
natural; porque aunque pequeños entren en el arte, no salen todos pilotos; ni cuantos estudian no llegan a ser graduados de
doctores. Pero puédese tener por cosa muy averiguada que el que no se cría en la mar desde muy pequeño pajecico, nunca salió
perfecto marinero. Con esto consuena un proverbio cortesano que suelen decir los curiosos: el que no fué paje, siempre huele a acemilero. Quiero decir, que así como desde niños se han de criar los pajes, hijos de los buenos, en la corte e palacio para ser valerosos
e bien criados e gentiles cortesanos, e no tener parte de groseros, así, los que han de ser marineros aprobados, es menester
que en tierna edad comiencen a padescer los trabajos de la mar, para no desmayar ni estar acobardados en el tiempo de los
afortunados o peligrosos naufragios, e para que salgan diestros pilotos.
Y esto baste cuanto al camino, y cuanto al segundo viaje que el primero almirante fizo, continuando este descubrimiento, e
cuanto a la verdadera navegación destas mares desde Europa.
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Capítulo X
Del crescer y menguar del mar Mediterráneo y del mar Océano; en qué partes cresce y mengua como el Mediterráneo, y en qué
costas mucho más.
Pues se ha movido la plática del ejercicio de la navegación e destas mares de acá, no es cosa para dejar en olvido, ni de
pequeña admiración, lo que agora diré que he visto de la mar Océana en el flujo o reflujo de su crescer o menguar; porque
hasta agora ningún cosmógrafo, ni astrólogo, ni hombre experto en las cosas de la mar, ni algund natural, de muchos a quien
lo he preguntado, me han satisfecho ni dado razón conveniente de la verdadera causa que pone en efecto lo que mis ojos muchas
veces han visto, y es el misterio aqueste.
Muy señalada cosa es el estrecho tan famoso de Gibraltar, donde están aquellos dos montes que los fabulosos griegos dijeron
que Hércoles Thebano abrió (llamados Calpe e Abila), dejando el uno en Africa y el otro en Europa, para que el mar Mediterráneo
se comunicase con el Océano. Desde aquella puerta, siguiendo al Levante, en todo lo que el mar Mediterráneo, e Adriático,
y Egeo, y los otros (que son miembros o partes de aquella agua toda que desde Gibraltar al Levante hay salada entre Africa
e Asia e Europa), dese mar Mediterráneo, no cresce ni mengua la mar, comúnmente, más ni menos de lo que en Valencia e Barcelona
e Italia; y cuando algo más de lo ordinario sale, es poco espacio más, por algunas señaladas tormentas. Pero çesando aquéllas,
tórnase a su orden e tiempos ordinarios del invierno y del verano. Desde el Estrecho afuera, este mar Océano cresce e mengua
mucho en la costa de Africa e Europa, como lo han visto o veen cada día los que miran la mar por la costa del Andalucía y
Portugal, e Galicia, e Asturias y las Montañas, e Vizcaya, e Guipúzcua, e Normandía, e Bretaña, e Inglaterra, y Flandes, y
Alemania, y todo lo demás opuesto al Norte; de tal forma, que es sin comparación, o en grandísima manera más, lo que el Océano
cresce donde he dicho. Digo más: que por el mismo mar Océano, desde donde más cresce de las partes que he dicho, partiendo
en una nao e llegando a las islas de Canaria, así en ellas como en las islas que he dicho destas Indias, y en cuanto he tractado
dellas hasta el capítulo presente, y desta parte acá de la Tierra Firme se ha fecho mención, y en todas las costas della que
miran al Norte, en más de tres mill leguas, no cresce ni mengua el agua de la mar más ni menos de lo que en Barcelona e dentro
del Estrecho e mar Mediterráneo. Y desta misma manera, en esta isla Española y en la de Cuba, y en todas las otras destas
mares, conforme al mar de Italia: que es poquísimo a respecto de lo que el grande mar Océano cresce en las costas de España
e Inglaterra e Flandes, etc.
Noten bien los letores todo lo que está dicho, para que se comprehenda mejor lo que agora se dirá. No obstante lo que de suso
es apuntado, digo que este mismo mar Océano, en la costa que la Tierra Firme tiene opuesta al Mediodía o parte austral, en
la cibdad de Panamá, e desde allí a la parte del Levante o Poniente de la misma cibdad e de la isla de las Perlas (que los
indios llaman Terarequi), y en las islas Taboga o Toque, e todas las otras que llaman de Sanct Pablo, e las demás de aquella
mar del Sur al Poniente, en más de trescientas leguas que yo he navegado por aquellas costas, cresce e mengua tanto la mar,
que cuando se retrae paresce que se pierde de vista en algunas partes. Pero sin duda son dos leguas o más las que se aparta,
en lugares algunos, desde la cibdad de Panamá: e por la costa occidental della. Esto he yo visto muchos millares de veces.
Otro notable maravilloso en la mesma materia, e de lo que más se deben los hombres maravillar, y es al mismo propósito de
lo que está dicho. Desde la mar del Norte a la del Sur, en que tan gran diferencia hay en el crescer e menguar de la mar,
hay poco camino, de costa a costa, atravesando la tierra desde la cibdad del Nombre de Dios, que está desta parte de Tierra
Firme mirando el Norte, hasta la cibdad de Panamá, que está al opósito, en la misma Tierra Firme, mirando el Sur; porque no
hay más de diez y ocho o veinte leguas de través; e por donde el sol las anda no debe haber doce, porque la tierra es muy
áspera e montuosa. De manera que, pues todo lo que es dicho de ambas costas de Tierra Firme es un mismo mar Océano, cosa es
aquesta para contemplar y especular los que a semejantes secretos son inclinados y desean entender cosas e secretos de tanta
admiración.
Con algunas personas de grandes letras he todo aquesto platicado: no me han satisfecho, o porque no lo alcanzan, o porque
no se lo he sabido dar a entender e no lo han ellos como yo visto. Pero para mí, yo me satisfago acordándome que el que estas
cosas de admiración permite, sabe obrar estas y otras incomprensibles maravillas que al entendimiento humano no se conceden
sin especial gracia. Yo he puesto aquí esta quistión como testigo de vista; de la absolución della no he sido digno hasta
agora; mas, en la verdad, mucho holgaría de verla decisa.
Visto he en Plinio lo que dice afirmando que en muchas maneras cresce e mengua la mar; mas que la causa, del sol e de la luna
procede. E da para ello ciertas razones de los cursos destos dos planetas; e también dice que los crescimientos del mar Océano
son mayores que aquellos del Mediterráneo; y para ello dice que lo puede causar ser más animoso en el todo que en la parte,
o porque su grandeza, más esparcida, sienta más la fuerza del planeta, la cual se puede más extender; e trae a su propósito
otras razones. Y en el mismo libro segundo de su Natural Historia, dice que en algunos lugares, fuera de razón cresce e mengua
la mar, porque los planetas no nascen a un mismo tiempo en todas las tierras; y que por eso interviene que el crescer de la
mar no es de una manera. Mas dice que la diferencia está en el tiempo y en la forma: así que en algunas partes hay una especial
natura o movimiento, así como en la isla de Euboea, en la cual, siete veces al día va e viene la mar, e tres días del mes
está firme, que son el séptimo e octavo e noveno días de la luna.
Esto que dice Plinio, de que aquí se ha hecho memoria, e lo que más en esta materia por él se tracta, cosas son muy notables.
Pero yo no tengo por cierto que el sol y la luna sean la causa de la grandísima diferencia que dije que hay en el crescer
o menguar de la mar en la cibdad del Nombre de Dios e costa del Norte de Tierra Firme, a respecto de lo que cresce e mengua
en la cibdad de Panamá e sus costas australes en la mesma tierra, habiendo tan poco camino de la una cibdad a la otra. Ni
tampoco me satisface que diga Plinio que los crescimientos del Océano sean mayores que los del Mediterráneo mar; porque no
dijo en parte, particularizando, sino expresa e generalmente en todo el Océano, por las razones que él lo funda; pues el mucho
crescer y menguar en España el mar Océano, y el poco menguar en las Indias, en estas islas e costa del Norte de Tierra Firme,
todo es en una mar, y la mesma Océana es, así, la de Panamá y sus costas, donde tanto cresce y mengua como tengo dicho. Ni
tampoco me satisface que él diga que lo causa no nascer los planetas en un mismo tiempo en cada país o tierra, ni le concedo
que la diferencia esté en el tiempo. Más creo que está en la forma, e haber en algunos lugares una especial natura o movimiento,
no como él presume que acaesce en la isla de Euboea, porque lo que della él escribe también lo tengo por incomprehensible
al ingenio humano, y pienso que es necesario ser alumbrado de arriba el que ese secreto alcanzare. Si como él dice, siete
veces al día allí cresce y mengua la mar, y que tres días del mes está firme, ¡cosa es maravillosa!... Esta isla Euboea es
en el mar Mediterráneo e Arcipiélago; la cual escribe que fué desapegada o divisa de Boecia, e que la mar hizo este apartamiento;
e también dice que la isla de Secilia la despegó la mar e la dividió de la Italia. Pero, porque dije de suso que yo creo que
está en la forma, e haber en algunos lugares o partes del mundo una especial natura, no lo entiendo yo como Plinio lo pensaba;
mas diré lo que pienso o sospecho deste secreto, y es aquesto.
Desde el estrecho que en la Tierra Firme descubrió el capitán Hernando de Magallanes (del cual en su lugar será hecha más
particular mención), hay, desde la boca e punta dél, llamada Arcipiélago del Cabo Deseado, hasta Panamá, por la parte austral
(medido por una regla derecha o un hilo), más de mill leguas, las cuales serán muchas más cuando la costa sea descubierta
de todo punto, a causa de las puntas y ensenadas que harán la mar e la tierra (de nescesidad), de donde grandísimos secretos
se esperan alcanzar e descobrir.
Este estrecho tura ciento e diez leguas de longitud, e tiene dos o tres leguas, e fasta seis, e poco más o menos en algunas
partes, de latitud en todo él; de forma que en una canal tan grande e tan estrecha, e de tierras altísimas, como se dice que
hay en ambas costas deste estrecho, de creer es que las aguas que por allí entran a la mar del Sur, que correrán con extremada
velocidad e ímpetu. E así lo oí decir al capitán Juan Sebastián del Cano, que entró por aquel estrecho con la nao Victoria,
e fué a la Especiería, corriendo al Poniente, e volvió por el Levante. Así que anduvo aquella nao todo lo que el sol anda
en aquel paralelo, como se dirá en su lugar; e lo mismo oí a Fernando de Bustamente e a otros fidalgos que en la misma nao
fueron e vinieron.
Estos fueron los primeros españoles e hombres que hasta agora se sabe haber hecho tal camino e haber bojado el mundo. E poco
ha lo entendí más particularmente de un clérigo, sacerdote de misa, que después, en otro viaje e armada pasó por el mismo
estrecho, llamado don Juan de Areizaga.
Este estrecho está en cincuenta e dos grados e medio allende de la Equinocial, en el otro polo antártico e al opósito de nuestro
hemisferio; y la cibdad de Panamá está en ocho grados e medio desta parte del Equinocio, a la banda de nuestro polo ártico.
Y enfrente de Panamá, e por sus costas, al Poniente, hay muchas islas de luengo a luengo de la costa: algunas cerca de la
Tierra Firme, e algunas algo más desviadas; por el asiento de las cuales e su forma dellas e de la Tierra Firme, pienso yo
que se causan las grandes corrientes, y que aquella disposición de la mar y de la tierra es la causa de tan grandes crescientes
e menguantes.
A esto se puede decir que cuando viniendo de España a estas Indias topamos las primeras islas, Marigalante, la Deseada e las
que están en aquel paraje (que son truchas en espacio de ciento cincuenta leguas de Norte a Sur), e toman desde las que se
llaman las Vírgines fasta el golfo de la Boca del Dragón e costa de Tierra Firme, como allí no se causan tan grandes corrientes
e menguantes como en esta costa austral. Esto tiene fermosa e natural respuesta. La cual es. que todas estas islas desta parte
de Tierra Firme que digo, las toma el atar Océano de través: y así pasan las aguas con menos resistencia entre ellas, e hay
más lugar de exalación o expirar, sin tanto contraste de su curso. Mas las islas de la mar austral están opuestas en longitud,
Leste al Hueste, al luengo de la costa de Panamá; e así, naturalmente, resisten a la fuga e ímpetu de las aguas que deben
venir, de nescesidad, del dicho estrecho de Magallanes. E así, entre aquellas islas e la Tierra Firme, desta causa, me paresce
a mí que son mayores las corrientes, e, por consiguiente, el crescer e menguar de la mar es allí tan extremado como de suso
se dijo. Esto, por la forma e asiento de las tierras; e así me paresce a mí que de aquí nasce la especial natura que esto
causa, o, mejor diciendo, si esto no es la razón dello: será aquella causa de las causas, que es el mismo Dios, que así le
plugo ordenarlo. Cuanto más que, para lo que yo ignoro en este caso, me desculpa Aristótiles con su muerte: en la cual yo
no le pienso imitar, investigando estos secretos, del cual escribe Johannes Valensis, que en Grecia, a par de Nigroponte,
queriendo Aristótiles investigar la causa del flujo e reflujo del mar, e no pudiendo considerar ni entender la causa suficiente
de lo que veía: Ex indignatione alloquens aquam, ait: Quia non possum capere te, capias me: et se precipitavit e submersit. Quiere decir que enojado, se echó en la mar, diciendo: "Pues no te puedo comprehender, comprehéndeme tú a mí”: e así se
ahogó. Por lo cual concluye San Gregorio Nacianceno: Quod sapientia mundi. stultitia est apud Deum. Y conforme a estas auctoridades, ningún sabio se debe enojar por lo que no alcanza: sino tomar dello lo que tuviere Dios
por bien de le comunicar e hacer capaz para lo comprehender; e deso y de todo darle siempre loores, e creer que le es todo
posible y él sabe lo que face e para qué efecto. Pero, porque de suso se dijo quién son los que tienen que Aristótiles hizo
tal fin, digo que otros escriben que no fué él el que se echó en la mar por no entender el flujo e reflujo della, sino Euripo
filósofo; cualquiera que haya sido, erró, y. así errarán los que quisieren investigar las maravillas de Dios y alcanzarlas
por su seso, sin intervenir la gracia especial del mismo Façedor dellas.
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Capítulo XI
Del nordestear e noruestear de las agujas de marear, e de las mudanzas de la estrella del Norte, e de las cuatro estrellas
que llaman el Crucero del Sur o de la tinta del diámetro.
Dije en el quinto capítulo que las agujas de marear eran defetuosas e nordesteaban e noruesteaban: y porque este tractado
no solamente puede ser útil a los que han conoscimiento destas cosas, más también puede aprovechar a los que nunca vieron
la mar, avisando a los hombres que aquesto nunca oyeron, y delaitando a los que desean entender cosas raras y de semejantes
efetos, digo así:
Las agujas de marear están cebadas e compuestas con la virtud e medio de la piedra calamita (que vulgarmente en Castilla llamamos
piedra imán), de la cual y de sus propiedades hacen gran mención los naturales, e la nombran por diversos nombres; porque,
demás de los dos que he dicho, la llaman magnete, ematite, siderita y heraclión. Es de diversas especies o géneros esta piedra:
una es más fuerte que otra; e no todas las calamitas son de una color; e la mejor de todas es la de Ethiopía, la cual se vende
a peso de plata. Tienen todas las verdaderas calamitas grande eficacia, en la medicina, para muchas enfermedades.
Mas, hablando solamente en lo que aquí face a nuestro propósito de las agujas del navegar, cebadas con esta piedra, ellas
enseñan a los que navegan el proprio lugar del polo nuestro ártico, o Tramontana (que también se llama Norte), en cualquier
tiempo e hora e momento del día o de la noche, así estando los cielos claros y serenos como ofuscados e ñublosos, por cualquier
caso de tormentas o lluvias. E aunque de día no vemos la estrella más propinca del polo, que vulgarmente llamamos Norte (puesto
que no lo es), o que la noche sea de tales nublados que tampoco parezca el estrella, siempre el aguja, a causa de la mixtura
o virtud que tiene por la calamita con que está compuesta, nos señala el polo, e por allí se gobiernan los pilotos e mareantes,
e todos los que usan el ejercicio de la navegación.
Dije de suso que la estrella que llaman Norte no lo es; e así lo digo, si pensáredes que por ella se entiende el polo o axis,
o que es fija; porque, en la verdad, el polo es otra cosa, y a aquél tiene respecto la piedra calamita e las agujas cebadas
con ella. Porque la estrella que vemos es movible e no fija; pues que estando las estrellas que llamamos las Guardas (de esa
misma Tramontana), en la cabeza, está la estrella debajo del polo tres grados; y cuando está en el pie, está la estrella tres
grados sobre el polo; así que, de Norte a Sur, se mueve tres grados. Estando las Guardas en el brazo del Leste, está la estrella
debajo del polo grado y medio; y estando en el brazo del Hueste, está la estrella grado e medio encima del polo; así que,
de Oriente a Occidente, se aparta grado e medio de la forma que he dicho. Estando las Guardas en la línia del Nordeste, está
la estrella debajo del polo tres grados e medio; y estando en la línia del Sudueste, está la estrella otros tres grados e
medio encima del polo. Y estando las Guardas en la línia del Norueste, está la estrella debajo del polo medio grado; y al
opósito, estando las Guardas en la línea del Sueste, está la estrella encima del polo medio grado. Por manera que, pues todas
estas mudanzas e desvíos face la estrella, no es ella el polo, ni es fija, ni sería medida cierta para los navegantes. Pero,
cómo es la que está más cerca del polo, hanse de advertir todas estas mudanzas desta estrella (pues que el proprio polo no
se puede ver), atendiendo a la constancia que la calamita e aguja por su respecto tienen, mirando fija e perpetuamente en
el polo invisible. E así alcanzan los hombres diestros en esta sciencia o arte de navegar, el camino que llevan, concertando
el aguja con el Norte, y por las alturas dél y del sol, cotejando las unas con las otras, conforme a la regla de la declinación
del sol. Y por estos avisos llevan concertado su camino.
Todo esto es, para hombres que usan este ejercicio de la mar, más apacible letura que a los que en ella no se ocupan. Pero
cuanto a la dificultad que dije que padescen las agujas, o mejor diciendo, el entendimiento de los hombres (pues ellas nos
enseñan lo que agora diré), créese que el diámetro o mitad del mundo, o linfa que atraviesa de polo a polo, cruzando la Equinocial,
pasa por las islas de los Azores, porque nunca las agujas están derechamente e de todo punto fijas en perfición, de medio
a medio del polo ártico, sino cuando las naos e carabelas están en aquel paraje e altura. Y cuando de allí pasan hacia estas
partes occidentales, noruestean bien una cuarta cuando más se desvían de allí. E pasando a la vuelta para Levante, desde las
dichas islas de los Azores nordestean otra cuarta cuanto más se alejan. Así que, aquesto es lo que quise decir, cuando toqué
esta dificultad de las agujas; para nuestro propósito.
Quiero decir otra cosa muy notable, que los que no han navegado por estas Indias no la pueden haber visto, salvo los que fueren
en demanda de la Equinocial, o estuvieren a lo menos en veinte e dos grados, poco más o menos della. Y es que, mirando a la
parte del Sur, verán que se alzan sobre el horizonte cuatro estrellas en cruz (lám. 1, fig. 2), que andan al derredor del
círculo de las Guardas del polo antártico, de la forma que están en esta figura puestas; las cuales la Cesárea Majestad me
dió por mejoramiento de mis armas, para que yo e mis subcesores las pusiésemos juntamente con las nuestras antiguas de Valdés,
habiendo respecto a lo que yo he servido en estas partes e Indias, e primero en la casa real de Castilla, desde que hobe trece
años; porque en tal edad comencé a servir en la cámara del serenísimo príncipe don Juan, mi señor, de gloriosa memoria, tío
de la Cesárea Majestad, e después de sus días, a los Reyes Católicos, don Fernando e doña Isabel, de inmortal recordación,
e después a Sus Majestades. Las cuales armas estarán en fin deste tractado, pues que es escripto en estas partes donde tantos
trabajos padescen los hombres que veen estas estrellas, e donde yo he gastado lo mejor de mi vida.
Toqué esta particularidad de las estrellas, porque son muy notable figura en el cielo; en el cual hay otras innumerables que
se ven poco antes dellas, al parescer, hacia el ártico; y de allí, discurriendo la vista a la parte austral, verán el cielo
tan lleno de estrellas como está sobre España, en diferentes intervalos o figuras que no se ven ninguna dellas desde España,
ni desde parte de toda la Europa, ni en la mayor parte de Asia ni Africa, si no fuere pasando de los veinte e dos grados del
polo ártico, abajando el número dellos a la parte del polo antártico, yendo hacia la Equinocial; ni se pueden ver en todo
el trópico de Cáncer.
Tornando a la historia, tiempo es que se diga por qué causa los indios e gente del rey Goacanagarí mataron en esta isla Española
a los cristianos que el primero viaje dejó en ella el almirante don Cristóbal Colom, e qué gentes falló en esta tierra; hasta
que adelante se continúen las otras cosas que a la historia convienen, para que después, con más atención, se escriban los
animales e aves e árboles e fructas e mantenimientos que los indios tenían para su sustentación, e las otras cosas que hicieren
al caso de la historia.
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Capítulo XII
De lo que hizo el almirante don Cristóbal Colom, después que supo que los indios habían muerto los cristianos que dejó en
esta isla Española el primero viaje; e cómo fundó la cibdad de la Isabela e la fortaleza de Sancto Tomás: e cómo descubrió
la isla de Jamaica, e vido particularmente la isla e costa de Cuba; e de las primeras muestras de oro de minas que se llevaron
a España.
Dicho se han el primero y segundo viajes que el almirante don Cristóbal Colom fizo a estas islas e Indias, y cómo en el primero
camino dejó treinta y ocho hombres en tierra del rey o cacique Goacanagarí. Aquellos cristianos escogió que le parecieron
de mejor tiento y esfuerzo; pero como conoscía la fragilidad desta humana vida, dejó tantos, porque si algunos muriesen, otros
quedasen que él pudiese hallar cuando volviese; y también para que fuesen parte para corregir y enmendar los unos a los otros,
si entre ellos algún exceso se cometiese. Y no dejó más de aquéllos, porque tenía necesidad de los que le quedaban en los
navíos, para volver a España, y porque esta gente le paresció muy doméstica y mansa. Así que, para fronteros o hacer guerra
no quedaban, ni el pensamiento del Almirante fué que los indios tal tentarían, segund su mansedumbre, porque si él esto sospechara,
no los dejara. Pero para lenguas e sostenerse en paz, eran muchos; e cierto, para aquello bastaran diez o doce, e no había
de dejar más; o habían de quedar doscientos, y él no los tenía. Finalmente, su intención erró menos en los mandar quedar,
que ellos mismos en no se saber conservar y estar bien ordenados. Con todo eso, el Almirante les hizo muchas amonestaciones,
e dióles la orden que debían tener para se conservar entre aquestas gentes salvajes. Prometiéndoles muchas mercedes, partió
con ellos así de los bastimentos, como de todo lo demás que él pudo darles para su vestuario. Dejóles armas, de las cuales
les exhortó que no usasen en ninguna manera, sino siendo muy forzados y no siendo jamás los agresores; y encomendólos, cuanto
más aficionadamente lo supo mostrar, al señor de la tierra, Goacanagarí, al cual dió asimismo muchas cosas, porque mejor los
tractase e favoresciese. Y quedó por capitán con esta gente, como tengo dicho, un buen hidalgo, natural de Córdoba, llamado
Rodrigo de Arana, e asimismo quedó con ellos otro hombre de bien, llamado maestre Juan, gentil cirujano. Pero, como los más
de aquellos hombres que así quedaron eran marineros, y estos tales es gente sobre sí, e tan diferentes de los de la tierra
como lo es su oficio, muy pocos dellos o ninguno hobo capaz para lo que el Almirante los quería: que era saberse comportar
e regirse entre los indios, e aprender la lengua e sus costumbres, e comportar los defectos e bestialidades que en los indios
viesen. Mas, en la verdad, hablando sin perjuiçio de algunos marineros que hay, hombres de bien, e comedidos e virtuosos,
soy de opinión que por la mayor parte, en los hombres que ejercitan el arte de la mar, hay mucha falta en sus personas y entendimiento
para las cosas de la tierra; porque, demás de ser, por la mayor parte, gente baja y mal doctrinada son cobdiciosos e inclinados
a otros vicios, así como gula, e lujuria, e rapiña, e mal sufridos. E como no cupo en los que Colom dejó en esta isla, alguna
parte de prudencia ni vergüenza para se sostener, obedesciendo a los preceptos de tan prudente varón, ni quisieron estar quedos
donde él los había dejado, dieron mala cuenta de sus personas, o no dieron ninguna, pues no les quedó vida para ello.
Luego se supo de los indios cómo aquellos cristianos les hacían muchos males, e les tomaban las mujeres e las hijas e todo
lo que tenían, segund lo querían hacer. Y con todo esto, vivieron en tanto que estuvieron quedos e acaudillados; mas, así
como se descomidieron con el capitán que les quedó y se entraron la tierra adentro, pocos a pocos y desviados los unos de
los otros, todos los mataron sin que alguno quedase. Súpose asimismo que la eleción de los dos capitanes que el Almirante
mandó que quedasen para después del primero, fué mucha causa de su separación, porque, segund los indios decían, cada uno
de los otros quiso ser capitán; e así como el Almirante se partió para España, comenzaron a estar diferentes e dividirse,
e cada uno dellos quiso ser la cabeza y el principal; y la señoría de muchos no es útil en los hechos de guerra, segund dice
Livio. E así hobo lugar su perdición por sus diferencias; y no teniendo en nada a los indios, de dos en dos, e tres en tres,
e pocos juntos, se desparcieron en diversas partes, usando de sus ultrajes en tal manera, que los indios, no lo podiendo ya
comportar, e durmiendo unos e otros descuidados dejando las armas, o cuando mejor aparejo se fallaba, a todos les dieron la
muerte, sin que ninguno dellos quedase.
E como el Almirante volvía consigo algunos de los indios que había llevado a España, entre ellos uno que se llamaba Diego
Colom, e había mejor que los otros aprendido, e hablaba ya medianamente la lengua nuestra, por su interpretación, el Almirante
fué muy enteramente informado de muchos indios y del proprio rey Goacanagarí de cómo había pasado lo que es dicho, mostrando
este cacique mucho pesar dello. Pero muy mayor le sintió el Almirante, el cual, después de se haber certificado desto, desde
a pocos días que estuvo en Puerto Real, se vino a una provincia desta isla e fizo allí una cibdad que nombró la Isabela.
Desde aquélla partió con dos carabelas el Almirante a descobrir, y dejó en esta isla Española por su teniente e gobernador
a don Diego Colom, su hermano, entre tanto que llegaba don Bartolomé Colom, adelantado y hermano suyo asimismo, que había
quedado en España e venía de Inglaterra a buscar al Almirante. Y dejó al comendador mosén Pedro Margarite por alcaide de una
fortaleza que el Almirante había mandado hacer en las minas que llaman de Cibao (que son las más ricas desta isla, a par de
un río que llaman Janico), así como se tuvo noticia dellas; en las cuales se cogieron algunos granos de oro por los españoles,
porque los indios no lo sabían coger si no se lo hallaban encima de la tierra. Y también los españoles no tenían aquella esperiencia
que los antiguos asturianos, e lusitanos, e gallegos tuvieron antiguamente en este ejercicio de las minas en las provincias
que he dicho en España, de donde los romanos tan grandes tesoros hobieron.
Esta fortaleza fué la segunda que hobo en esta isla, e allí fué el comendador mosén Pedro Margarite primero alcaide della;
e llamáronla Sancto Tomás, porque, como estaban en dubda del oro, e quisieron ver y creer, como desto fueron certificados
los cristianos, quiso el Almirante que la fortaleza se llamase como he dicho. Pero en aquel principio no se sacó sino poco
oro, con el cual envió el Almirante, en ciertos navíos, al capitán Gorvalán. Y este hidalgo llevó las nuevas del oro e minas
ricas de Cibao a los Católicos Reyes don Fernando e doña Isabel; por lo cual le hicieron mercedes, aunque otros quieren decir
que el que primero trujo las muestras del oro a España, por mandado del Almirante, fué el capitán Antonio de Torres, hermano
del ama del príncipe don Juan, de gloriosa memoria.
Así que, hallado el oro, el Almirante puso en efeto su camino e salió de la Isabela, y con él otros caballeros, e los que
le paresció que convenía llevar en dos carabelas muy bien armadas e proveídas. En tanto que él iba a descobrir, se siguieron
muchos trabajos a los cristianos que aquí quedaban, como se dirá adelante. Y aquel mesmo año de noventa y cuatro se perdieron
en la Isabela cuatro navíos, uno de los cuales fué la nao capitana llamada Marigalante.
Deste viaje descubrió el Almirante la isla de Jamaica, que agora se llama Sanctiago, hasta la cual hay, desde la parte más
occidental desta isla (que es la punta del Tiburón), veinte e cinco leguas. Pero la verdad es que el Almirante llamó el principio
o parte más oriental desta isla cabo de Sanct Rafael, e al cabo último e más occidental de la isla llamó cabo de Sanct Miguel;
al cual, agora, algunos ignorantes de la verdad le llaman el cabo del Tiburón. Tornando a Jamaica, digo que está aquella isla
en diez y siete grados de la línia equinocial; tiene de longitud cincuenta leguas o más, e de latitud, veinte y cinco; pero,
primero que el Almirante la descubriese, fué a la isla de Cuba, e vido sus costas más particularmente que cuando la había
descubierto en el primero viaje; la cual agora se llama isla Fernandina, en memoria del serenísimo e Católico Rey don Fernando,
de gloriosa memoria. Esta isla creo yo que es la que el cronista Pedro Mártir quiso intitular Alfa, e otras veces la llama
Juana; pero de tales nombres no hay en estas partes e Indias isla alguna. Y no sé qué le pudo mover a la nombrar así; pero,
pues destas islas adelante se ha de tractar más especificadamente, basta lo que en esto está ya dicho.
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Capítulo XIII
Que tracta de los trabajos y guerras que pasaron los cristianos que quedaron con don Diego Colom e con el adelantado don Bartolomé
Colom en la villa de la Isabela, en tanto que el Almirante fué a descobrir desde allí; y de lo que acaesció con ciertas tórtolas
al alcaide mosén Pedro Margarite en la fortaleza de Sancto Tomás; y de la población e fundamento de aquesta cibdad de Sancto
Domingo, adonde el Almirante tornó después de haber descubierto a Jamaica e otras cosas, etc.
Cuando el Almirante primero partió de la cibdad de la Isabela, dejó por su teniente e gobernador desta isla, e con toda la
más gente de los cristianos, a don Diego Colom, su hermano, entretanto que venía, como después vino, el adelantado don Bartolomé
Colom, su hermano.
Habéis de saber que como luego que se pobló aquella cibdad y el Almirante repartió los solares para que los españoles hiciesen,
como hicieron, sus casas, e les señaló las caballerías e tierras para sus heredamientos, siendo los indios que esta vecindad
les había de turar, pesóles de ver el propósito de los cristianos. E para escusar esto é darles ocasión que se fuesen desta
tierra, pensaron un mal ardid con que murieron más de las dos partes o la mitad de los españoles, e de los proprios indios
murieron tantos que no se pudieran contar. Y esto fízose de forma que no se pudo entender ni remediar, porque como eran tan
nuevos en la tierra los cristianos, no caían en el trabajo en que estaban, ni le entendieron; y fué aqueste. Acordaron todos
los indios de aquella provincia de no sembrar en el tiempo que lo debían hacer, e como no tuvieron maíz, comiéronse la yuca,
que son dos maneras de pan, y el principal mantenimiento que acá hay. Los cristianos comiéronse sus bastimentos; e aquéllos
acabados, queriéndose ayudar de los de la tierra, que los indios acostumbran, no los tenían para sí ni para ellos. Y desta
manera se caían los hombres muertos de hambre, en aquella cibdad, los cristianos; y en la fortaleza que es dicha de Sancto
Tomás, do estaba el comendador mosén Pedro Margarite, también por la misma nescesidad se le murió la mitad de la gente, e
por toda la tierra estaban los indios muertos a cada parte. El hedor era muy grande y pestífero; las dolencias que acudieron
sobre los cristianos fueron muchas, allende del hambre; e desta manera, los indios efectuaban su mal deseo, que era, o que
los cristianos se fuesen huyendo por falta de bastimento, o que se muriesen, si quedasen, no lo teniendo. Los indios que escapaban
metíanse la tierra adentro e desamparaban la conversación de los nuestros, por les hacer más daño e ir a buscar de comer por
otras provincias.
En este tiempo de tanta nescesidad se comieron los cristianos cuantos perros gozques había en esta isla, los cuales eran mudos,
que no ladraban; e comieron también los que de España habían traído, e comiéronse todas las hutias que pudieron haber, e todos los quemis, e otros animales que llaman mohuy, y todos los otros que llaman coris, que son como gazapos o conejos pequeños. Estas cuatro maneras de animales se cazaban con los perros que se habían traído
de España; e desque hobieron acabado los de la tierra, comiéronse a ellos también, en pago de su servicio. E no solamente
dieron fin a estos cinco géneros de animales de cuatro pies, que solamente había en esta isla; pero, acabados aquéllos, se
dieron a comer unas sierpes que se llaman ivana, que es de cuatro pies, de tal vista que, para quien no la conosce, es muy espantoso animal. Ni perdonaron lagartos, ni lagartijas,
ni culebras, de las cuales hay muchas e de muchas maneras de pinturas, pero no ponzoñosas. Así que, por vivir, a ninguna bestia
o animal de cuantos he dicho perdonaban; porque cuantos podían haber, iban al fuego, e cocidos o asados, no faltaba a su nescesidad
apetito para comer estas cosas tan temerosas a la vista. De lo cual y de la humedad grandísima desta tierra, muchas dolencias
graves e incurables, a los que quedaron con la vida, se les siguieron. Y desta causa, aquellos primeros españoles que por
acá vinieron, cuando tornaban a España algunos de los que venían en esta demanda del oro, si allá volvían, era con la misma
color dél; pero no con aquel lustre, sino hechos azamboas e de color de azafrán o tericia; e tan enfermo, que luego, o desde
a poco que allá tornaban, se morían, a causa de lo que acá habían padescido, e porque los bastimentos y el pan de España son
de más recia digestión que estas hierbas e malas viandas que acá gustaban, e los aires más delgados e fríos que los desta
tierra. De manera que, aunque volvían a Castilla, presto daban fin a sus vidas, llegados a ella.
Padescieron más estos cristianos, primeros pobladores desta isla, mucho trabajo con las niguas, e muy crueles dolores e pasión
del mal de las búas, porque el origen dellas son las Indias. E digo bien las Indias, así por la tierra donde tan natural es
esta dolencia, como por las indias mujeres destas partes, por cuya comunicación pasó esta plaga a algunos de los primeros
españoles que con el Almirante vinieron a descobrir estas tierras, porque, como es mal contagioso, pudo ser muy posible. Y
déstos, después de tornados en España e haber sembrado en ella tal enfermedad, de ahí pasó a Italia y a otras partes, como
adelante diré, sin desacordarme de hacer relación particularmente, donde convenga, de once cosas notables que en este capítulo
se han tocado, que son cinco animales de cuatro pies, conviene a saber: perro, hutia, quemi, mohuy, cori; e asimesmo se dirá
de la ivana, que es una serpiente también de cuatro pies. Y no olvidaré las lagartijas, culebras, lagartos, que hay en esta
tierra; e diré de la pasión de la nigua, e de la dolencia aborrescible de las búas, con que se dará cuenta de las once cosas
de suso tocadas.
Así que, continuando lo que prometí en el título deste capítulo XIII, digo que al tiempo que en la Isabela los cristianos
padescían estos males que he dicho, e otras muchas nescesidades (que por evitar prolijidad se dejan de decir), estaba el comendador
mosén Pedro Margarite con hasta treinta hombres en la fortaleza de Sancto Tomás, en las minas de Cibao, sofriendo las mismas
angustias que los de la Isabela; porque también les faltaba de comer, e tenían muchas enfermedades, e padescían aquellos trabajos
a que están obligados los primeros pobladores de tierras tan apartadas, e tan salvajes e dificultosas para los que tan lejos
dellas se criaron; e por estas causas, los que en esta fortaleza estaban se morían e de cada día eran menos. Porque para salir
de la fortaleza eran pocos; dejarla sola, era mal caso; la lealtad de aquel caballero era la que debía; el Almirante estaba
fuera de la isla, en el descubrimiento que he dicho; los que en la Isabela estaban con el adelantado don Bartolomé, tenían
tanto trabajo que no se podían valer; los indios habíanse ido la tierra adentro los que querían o podían escapar de la hambre;
de manera que, estando este alcaide e su gente a tan fuerte partido, vino un día un indio al castillo (porque, segund él decía,
el alcaide mosén Pedro Margarite le parescía bien y era hombre que no hacía ni consentía que fuese hecha violencia ni enojo
a los indios e naturales de la tierra), e trujo este indio al alcaide un par de tórtolas vivas presentadas. E siéndole dicho
al alcaide, mandó que lo dejasen subir a la torre donde él estaba; e subido el indio le dió las tórtolas, y el alcaide le
dió las gracias y la recompensa en ciertas cuentas de vidrio (que los indios en esa sazón presciaban mucho), para se poner
al cuello. Y el indio ido muy gozoso con su sartal, dijo el alcaide a los cristianos que con él estaban en el castillo, que
le parescía que aquellas tórtolas eran pocas para comer todos dellas, e que para él solo ternía que comer aquel dia en ellas;
todos dijeron que él decía bien, e que para todos no había nada en aquel presente, y él podría pasar aquel día con las tórtolas
e las había más menester, porque estaba más enfermo que ninguno. Entonces dijo el alcaides "Nunca plega a Dios que ello se
faga como lo decís: que pues me habéis acompañado en la hambre e trabajos de hasta aquí, en ella y en ellos quiero vuestra
compañía, y paresceros, viviendo o muriendo, fasta que Dios sea servido que todos muramos de hambre o que todos seamos de
su misericordia socorridos." E diciendo aquesto, soltó las tórtolas, que estaban vivas, desde una ventana de la torre, e fuéronse
volando.
Con esto quedaron todos tan contentos e hartos, e como si a cada uno de los que allí estaban se las diera; y tan obligados
se hallaron por esta gentileza del alcaide, para sofrir con él lo que les viniese, que ninguno quiso dejar la fortaleza ni
su compañía, por trabajo que tuviese. Estando, pues, en tanta nescesidad los cristianos, por la continuación destas fatigas
e dolencias que he dicho, y porque para ser complidos sus males no les faltasen ningún afán, sobrevinieron muchos vientos
del Norte (que en Castilla se llama cierzo), y en esta isla es enfermo; e moríanse no solamente los cristianos, pero, como
es dicho, los naturales indios.
No teniendo ya otro socorro sino el de Dios, El permitió su remedio; y éste fué la mudanza de la cibdad de la Isabela, donde
estaban los españoles avecindados. Y para esta trasmigración acaesció que un mancebo aragonés, llamado Miguel Díaz, hobo palabras
con otro español, e con un cuchillo dióle ciertas heridas; e aunque no murió dellas, no osó atender, puesto que era criado
del adelantado don Bartolomé Colom, e ausentóse de temor del castigo, e con él, siguiéndole e faciéndole amigable compañía,
cinco o seis cristianos; algunos dellos porque habían sido participantes en la culpa del delito del Miguel Díaz, e otros porque
eran sus amigos. E huyendo de la Isabela, fuéronse por la costa arriba hacia el Leste o Levante, e bojáronla hasta venir a
la parte del Sur, adonde agora está aquesta cibdad de Sancto Domingo, y en este asiento pararon, porque aquí hallaron un pueblo
de indios. E aquí tomó este Miguel Díaz amistad con una cacica, que se llamó después Catalina, e hobo en ella dos fijos, andando
el tiempo. Pero, desde a poco que aquí se detuvo, como aquella india principal le quiso bien, tratóle como amigo que tenía
parte en ella, e por su respecto, a los de demás; e dióle noticia de las minas que están siete leguas de esta cibdad, e rogóle
que ficiese que los cristianos que estaban en la Isabela que él mucho quisiese, los llamase e se viniesen a esta tierra que
tan fértil y hermosa es, e de tan excelente río e puerto; e que ella los sosternía e daría lo que hobiesen menester. Entonces
este hombre, por complacer a la cacica, e más porque le paresció que llevando nueva de tan buena tierra e abundante, el adelantado,
por estar en parte tan estéril y enferma, le perdonaría, e principalmente porque Dios quería que así fuese e no se acabasen
aquellos cristianos que quedaban, acordó de ir al adelantado, e atravesó con sus compañeros por la tierra, guiándole ciertos
indios que aquella su amiga mandó ir con él fasta que llegaron a la Isabela, que está cincuenta leguas desta cibdad, poco
más o menos. E secretamente tuvo manera de hablar con algunos amigos suyos, e supo que aquel hombre que había ferido estaba
sano; e así osó ver al adelantado, su señor, e pedirle perdón en pago de sus servicios e de la buena nueva que le llevaba
de aquesta tierra e de las minas de oro. Y el adelantado le rescibió muy bien y le perdonó, e fizo las amistades entre él
e su contendor. Y después que le hobo oído muy particularmente las cosas desta provincia e desta ribera, determinó de venir
en persona a verla, e con la compañía que le paresció, vino aquí y falló ser verdad todo lo que Miguel Díaz había dicho; y
entró en una canoa o barca de las que tienen los indios, e tentó este río llamado Ozama, que por esta cibdad pasa,• hízolo
sondar, e tentó la hondura de la entrada del puerto, e quedó muy satisfecho y tan alegre como era razón; e fué a las minas
y estuvo en ellas dos días, e cogióse algún oro. E desde allí se volvió a la Isabela, e dió muy grande placer a los españoles
todos, después que los hobo dicho lo que había visto por acá; e dió luego orden cómo la gente toda viniese con él por tierra
a este asiento, e mandó traer por la mar lo que allá tenían los cristianos, en dos carabelas que, tenían; e llegó a este puerto,
segund algunos dicen, domingo día del glorioso Sancto Domingo, a cinco días de agosto, año de mill e cuatrocientos y noventa;
e cuatro años. E fundó el dicho adelantado don Bartolomé aquesta cibdad, no donde agora está, por no quitar de aquí a la cacica
Catalina e a los indios que aquí vivían, sino de la otra parte deste río de la Ozama, junto a la costa y enfrente desta población
nuestra. Pero, inquiriendo yo e deseando saber la verdad por qué esta cibdad se llamó Sancto Domingo, dicen que, demás de
haber allí venido a poblar en domingo e día de Sancto Domingo, se le dió tal nombre, porque el padre del primero Almirante
y del Adelantado, su hermano, se llamó Domínico, y que en su memoria, el fijo llamó Sancto Domingo a esta cibdad.
Desde a dos meses e medio, pocos más o menos días, vino el Almirante e los que con él habían ido a descobrir; e llegado a
esta cibdad, envió luego a saber si era vivo mosén Pedro Margarite, e mandó por su carta que él e todos los que con él hobiese,
se viniesen para él e dejasen la fortaleza en poder del capitán Alonso de Hojeda, que fué el segundo alcaide della, e así
lo hicieron. Y llegados aquí, se repararon todos por la abundancia e fertilidad de la tierra, e cobraron salud.
Después que todos fueron juntos, como nuestro común adversario nunca se cansa ni cesa de ofender e tentar a los fieles, sembrando
discordias entre ellos, anduvieron, muchas diferencias entre el Almirante e aquel padre reverendo, fray Buyl. Y aquesto hobo
principio porque el Almirante ahorcó a algunos, y en especial a un Gaspar Ferriz, aragonés; e a otros azotó; e comenzó a se
mostrar severo e con más riguridad de la que solía, puesto que, aunque fuese razón de ser acatado, y se le acordase de aquella
grave sentencia del emperador Otto: pereunte obsequio imperium quo que intercidit; que dice: si no hay obediencia no hay señoría; también dice Salomón: universa delicia operit charitas. Pues si todos los delictos encubre la caridad, como el sabio dice en el proverbio alegado, mal hace quien no se abraza con
la misericordia, en especial en estas tierras nuevas, donde, por conservar la compañía de los pocos, se han de disimular muchas
veces las cosas que en otras partes sería delicto no castigarse. Cuanto más debe mirar esto el prudente capitán que otro ninguno,
pues está escripto: constituyéronse por cabdillo, no te quieras ensalzar; más serás en ellos así como uno de ellos. Auctores
son destas palabras sanctas Salomón e Sanct Pablo. El Almirante era culpado de crudo en la opinión de aquel religioso, el
cual, como tenía las veces del Papa, íbale a la mano; e así como Colom hacía alguna cosa que al fraile no paresciese justa,
en las cosas de la justicia criminal, luego ponía entredicho y hacía cesar el oficio divino. Y en esa hora el Almirante mandaba
cesar la ración, y que no se le diese de comer al fray Buyl ni a los de su casa.
Mosén Pedro Margarite e los otros caballeros entendían en hacerlos amigos, e tornábanlo a ser; pero para pocos días. Porque
así como el Almirante hacía alguna cosa de las que es dicho, aquel padre le iba a la mano e tornaba a poner entredicho e a
hacer cesar las horas e oficio divino, y el Almirante también tornaba a poner su estanco y entredicho en los bastimentos,
e no consentía que le fuesen dados al fraile ni a los clérigos, ni a los que los servían. Dice el glorioso Sanct Gregorio
"Nunca la concordia puede ser guardada, sino por sola la paciencia; porque continuamente nasce en las obras humanas por donde
las ánimas de los hombres sean de su unidad e amor apartadas."
A estas pasiones respondían diversas opiniones, aunque no se publicaban; pero cada parte tuvo manera de escrebir lo que sentía
en ellas a España. Por lo cual, informados en diferente manera los Reyes Católicos de lo que acá pasaba, enviaron a esta isla
a Juan Aguado, su criado (que agora vive en Sevilla). E así se partió con cuatro carabelas e vino acá por capitán dellas,
como paresce por una cédula que yo he visto de los Reyes Católicos, hecha en Madrid a cinco de mayo, año de mill y cuatrocientos
e noventa e cinco; e por otra cédula mandaron a los que estaban en las Indias que le diesen fe y creencia, la cual decía así:
"El Rey, la Reina: caballeros y escuderos y otras personas que por nuestro mandado estais en las Indias, allá vos enviamos
a Juan Aguado, nuestro repostero, el cual de nuestra parte os fablará. Nos vos mandamos que le dedes fe y creencia. De Madrid,
a nueve de abril de noventa e cinco años. Yo el Rey.-Yo la Reina." Y de Fernand Alvarez, secretario, refrendada.
Este capitán fizo pregonar en esta isla Española esta creencia, y por ella todos los españoles se le ofrecieron en todo lo
que les dijese de parte de los Reyes Católicos: e así, desde a pocos días, dijo al Almirante que se aparejase para ir a España,
lo cual él sintió por cosa muy grave, e vistióse de pardo, como fraile, y dejóse crescer la barba.
Esta vuelta del Almirante a España fué año de noventa y seis, en manera de preso, puesto que no fué mandado prender; e mandaron
llamar el Rey y la Reina a fray Buyl e a mosén Pedro Margarite, e fueron a España en la mesma flota; e asimesmo el comendador
Gallego, y el comendador Arroyo, y el contador Bernal de Pisa, e Rodrigo Abarca, e Micer Girao, a Pedro Navarro, que todos
éstos eran criados de la casa real; y llegados todos en España, cada uno se fué por su parte a la corte a besar las manos
a los Católicos Reyes. E aunque por cartas desde acá, y después personalmente allá, oyeron a fray Buyl e otros quejosos, e
fueron aquellos bienaventurados príncipes informados de las cosas del Almirante (e por ventura haciéndolas más criminales
de lo que eran), después que a él le oyeron, habiendo respecto a sus grandes servicios, e por su propria e real clemencia,
no solamente le perdonaron, pero diéronle licencia que tornase a la gobernación destas tierras. E mandaron que continuase
el descubrimiento de lo restante destas Indias, y encargáronle mucho aquellos cristianísimos Reyes el buen tractamiento de
sus vasallos españoles y de los indios, y que él fuese más moderado e menos riguroso, como era razón. Y el Almirante así lo
prometió no obstante que los más de los que de acá fueron, fablaron mal en su persona. De lo cual no me maravillo, aunque
él no tuviera culpa alguna; porque, como a algunos de los que a estas partes vienen, luego el aire de la tierra los despierta
para novedades e discordias: que es cosa propria en las Indias; así, naturalmente, están los indios e gentes naturales dellas
muy diferentes de continuo; e no sin causa, por este pecado e otros muchos que entre ellos abundan, los ha Dios olvidado tantos
siglos.
A esto, también, de las discordias que entre los cristianos ha habido en los tiempos pasados, o primeros años que acá pasaron,
dieron mucha ocasión los ánimos de los españoles, que de su inclinación quieren antes la guerra que el ocio, e si no tienen
enemigos extraños, búscanlos entre sí, como lo dice Justino; porque su agilidad e grandes habilidades los hacen muchas veces
mal sofridos. Cuanto más que han acá pasado diferentes maneras de gentes; porque, aunque eran los que venían, vasallos de
los reyes de España, ¿quién concertará al vizcaíno con el catalán, que son de tan diferentes provincias y lenguas? ¿Cómo se
avernán el andaluz con el valenciano, y el de Perpiñán con el cordobés, y el aragonés con el guipuzcoano, y el gallego con
el castellano (sospechando que es portugués), y el asturiano e montañés con el navarro, etc.? E así, desta manera, no todos
los vasallos de la corona real de España son de conformes costumbres ni semejantes lenguajes. En especial, que en aquellos
principios, si pasaba un hombre noble y de clara sangre, venían diez descomedidos y de otros linajes obscuros e bajos. E así,
todos los tales se acabaron en sus rencillas.
Mas, como la cosa ha seído tan grande, nunca han dejado de pasar personas principales en sangre, e caballeros, e hidalgos
que se determinaron de dejar su patria de España para se avecindar en estas partes, y especial y primeramente en esta cibdad,
como sea lo primero de Indias donde se plantó la sagrada religión cristiana, como se dirá más adelante.
Mas, porque me paresce que se me podría notar a descuido dejar de decir dos plagas nuevas que los cristianos, en este segundo
viaje del Almirante (entre otras que he dicho e muchas que se dejan de decir), padescieron, las diré en el siguiente capítulo,
porque fueron de mucha admiración e peligrosas. Y una dellas fué transferida, con esta vuelta de Colom a España y de allí
a todas las otras provincias del mundo todo, segund se cree.
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Capítulo XIV
De dos plagas o pasiones notables y peligrosas que los cristianos e nuevos pobladores destas Indias padescieron e hoy padescen
algunos. Las cuales pasiones son naturales destas Indias, e la una dellas fué transferida e llevada a España, y desde alli
a las otras partes del mundo.
Pues que tanta parte del oro destas Indias ha pasado a Italia e Francia, y aun a poder asimesmo de los moros y enemigos de
España, y por todas las otras partes del mundo, bien es que, como han gozado de nuestros sudores, les alcance parte de nuestros
dolores e fatigas, porque de todo, a lo menos por la una o por la otra manera, del oro o del trabajo, se acuerden de dar muchas
gracias a Dios. Y en lo que les diere placer o pesar, se abracen con la paciencia del bienaventurado Job, que ni estando rico
fué soberbio, ni seyendo pobre e llagado impaciente: siempre dió gracias a aquel soberano Dios nuestro.
Muchas veces, en Italia me reía oyendo a los italianos decir el mal francés, y a los franceses llamarle el mal de Nápoles; y en la verdad, los unos y los otros le acertaran el nombre si le dijeran el mal de las Indias. Y que esto sea así la verdad, entenderse ha por este capítulo y por la experiencia grande que ya se tiene del palo sancto
y del guayacán, con que especialmente esta terrible enfermedad de las búas, mejor que con ninguna otra medicina, se cura e
guaresce; porque es tanta la clemencia divina, que adonde quiera que permite por nuestras culpas nuestros trabajos, allí,
a par dellos, quiere que estén los remedios, con su misericordia. Destos dos árboles se dirá en el libro X, capítulo II; agora
sépase cómo estas búas fueron con las muestras del oro destas Indias, desde aquesta isla de Haití o Española.
En el precedente capítulo dije que volvió Colom a España el año de mill• cuatrocientos e noventa e seis; así es la verdad;
después de lo cual vi e hablé a algunos de los que con él tornaron a Castilla, así como al comendador mosén Pedro Margarite,
e a los comendadores Arroyo e Gallego, e a Gabriel de León, e Juan de la Vega, e Pedro Navarro, repostero de camas del príncipe
don Juan, mi señor, e a los más de los que se nombraron donde se dijo de algunos criados de la Casa Real que vinieron en el
segundo viaje e descubrimiento destas partes. A los cuales y a otros oí muchas cosas de las desta isla, de lo que vieron e
padescieron y entendieron del segundo viaje, allende de lo que fui informado dellos, e otros del primero camino, así como
de Vicente Yáñez Pinzón (que fué uno de los primeros pilotos de aquellos tres hermanos Pinzones de quien queda hecha mención),
porque con éste yo tuve amistad hasta el año de mill e quinientos e catorce, que él murió. E también me informé del piloto
Hernán Pérez Mateos, que al presente vive en esta cibdad, que se halló en el primero e tercero viajes que el almirante primero,
don Cristóbal Colom, fizo a estas Indias. Y también he habido noticia de muchas cosas desta isla, de dos hidalgos que vinieron
en el segundo viaje del Almirante, que hoy día están aquí y viven en esta cibdad, que son Juan de Rojas e Alonso de Valencia,
y de otros muchos que, como testigos de vista en lo que es dicho tocante a esta isla y a sus trabajos, me dieron particular
relación. Y más que ninguno de todos los que he dicho, el comendador mosén Pedro Margarite, hombre principal de la Casa Real,
y el Rey Católico le tenía en buena estimación.
Y este caballero fué el que el Rey e la Reina tomaron por principal testigo, e a quien dieron más crédito en las cosas que
acá habían pasado en el segundo viaje, de que hasta aquí se ha tractado. Este caballero mosén Pedro andaba tan doliente e
se quejaba tanto, que también creo yo que tenía los dolores que suelen tener los que son tocados desta pasión, pero no le
vi búas algunas. E desde a pocos meses, el año susodicho de mill e cuatrocientos e noventa y seis, se comenzó a sentir ésta
dolencia entre algunos cortesanos; pero en aquellos principios era este mal entre personas bajas e de poca auctoridad, e así
se creía que le cobraban allegándose a mujeres públicas, e de aquel mal tracto libidinoso; pero después extendióse entre algunos
de los mayores e más principales.
Fué grande la admiración que causaba en cuantos lo vían, así por ser el mal contagioso y terrible, como porque se morían muchos
desta enfermedad. E como la dolencia era cosa nueva, no la entendían ni sabían curar los médicos, ni otros, por experiencia,
consejar en tal trabajo.
Siguióse que fué enviado el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, a Italia con una hermosa y gruesa armada, por mandado
de los Católicos Reyes e como su capitán general, en favor del rey Fernando, segundo de tal nombre en Nápoles, contra el rey
Carlos de Francia, que llamaron de la cabeza gruesa; y entre aquellos españoles, fueron algunos tocados desta enfermedad,
y por medio de las mujeres de mal trato e vivir, se comunicó con los italianos e franceses. Pues, como nunca tal enfermedad
allá se había visto por los unos ni por los otros, los franceses comenzáronla a llamar mal de Nápoles, creyendo que era proprio de aquel reino; e los napolitanos, pensando que con los franceses había ido aquella pasión, llamáronla
mal francés; e así se llama, después acá, en toda Italia; porque hasta que el rey Charles pasó a ella, no se había visto tal plaga en
aquellas tierras.
Pero la verdad es que de aquesta isla de Haití o Española pasó este trabajo a Europa, segund es dicho; y es acá muy ordinario
a los indios; e sábense curar, e tienen muy excelentes hierbas e árboles e plantas apropriadas a esta y otras enfermedades,
así como el guayacán (que algunos quieren decir que es hebeno), y el palo sancto, como se dirá cuando de los árboles se tractare.
Así que, de las dos plagas peligrosas que los cristianos e nuevos pobladores destas Indias padescieron, e hoy algunos padescen,
que son naturales pasiones desta tierra, esta de las búas es la una, e la que fué transferida e llevada a España e de allí
a las otras partes del mundo, sin que acá faltase la misma. Así que, continuando el propósito de los trabajos de Indias, dígase
la otra pasión, que se propuso, de las niguas.
Hay en esta isla y en todas estas Indias, islas e Tierra Firme, el mal que he dicho de las búas, y otro que llaman de las
niguas. Esto de las niguas no es enfermedad, pero es un mal acaso; porque la nigua es una cosa viva e pequeñísima, mucho menor
que la menor pulga que se puede ver. Pero, en fin, es género de pulga, porque, así como ella, salta, salvo que es más pequeña.
Este animal anda por el polvo, e donde quiera que quisieren que no le haya, hase de barrer a menudo la casa. Entrase en los
pies y en otras partes de la persona, y en especial, las más veces, en las cabezas de los dedos, sin que se sienta hasta que
está aposentada entre el cuero e la carne e comienza a comer de la forma que un arador e harto más; y después, cuanto más
allá está, más come. De manera que, como acuden las manos rascando, este animal se da tanta priesa a multiplicar allí otros
sus semejantes que, en breve tiempo, hace muchos; porque luego que entra el primero, se anida, e hace una bolsilla, entre
cuero e carne, tamaña como una lenteja (e algunas como garbanzo), llena de liendres, las cuales todas se tornan niguas. E
si con tiempo no se sacan con un alfiler o aguja, de la forma que se sacan los aradores, son malas; y en especial que después
que están criadas (que es cuando comienzan mucho a comer), de rascarlas, se rompe la carne y despárcense de manera que si
no las saben agotar, siempre hay en qué entender.
En fin, como en esto tampoco eran diestros los cristianos, como en el curarse de las búas, muchos perdían los pies por causa
de estas niguas, o a lo menos algunos dedos dellos, porque después se enconaban e hacían materia, y era nescesario curarse
con hierro o con fuego. Pero aquesto es fácil de remediar presto, sacándolas al principio; pero en algunos negros bozales
son peligrosas, porque o por su mala carnadura, o ser bestiales e no se saber limpiar, ni decirlo con tiempo, vienen a se
mancar de los pies, e así otros muchos que se quejan. E yo las he tenido en mis pies, en estas islas y en la Tierra Firme,
y no me paresce que en hombres de razón es cosa para se temer, aunque es enojo en tanto que tura o está la nigua dentro; mas
fácil cosa es sacarla al principio. Yo tengo averiguado, e así lo dirán las personas que tienen experiencia en sacar estas
niguas, que es menester tener aviso, cuando las sacan, para las matar; porque alguna vez, así como con el alfiler o aguja
la descubren, rompiendo el cuero del pie, así salta y se va la nigua como una pulga. Esto acaesce si ha poco que allí entró;
y por esto se cree que la que entra en el pie, después que ha hecho su mala simiente, se va, así como vino, a otra parte a
hacer más mal; o por ventura, por sí se despide del pie, después de haber dejado en él una mala enjambre de innumerable simiente
y generación.
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Libro III
Comienza el libro tercero de la Natural y General Historia de las Indias.
Proemio
En este tercero libro se tractará de la guerra que los cristianos tuvieron, y el capitán Alonso de Hojeda, en nombre del almirante
don Cristóbal Colom, con el rey Caonabo, y de su prisión e muerte; y de las victorias que hobo el adelantado don Bartolomé
Colom, hermano del Almirante, contra el rey Guarionex e otros catorce caciques o reyes que con él se juntaron; e cómo se apartó
Roldán Jiménez, con algunos cristianos de su opinión, de la obediencia del Almirante y Adelantado. Y también se dirá del tercero
viaje y descubrimiento del Almirante primero, cuando halló y descubrió parte de la gran costa de la Tierra Firme, e descubrió
la isla de las Perlas, llamada Cubagua. Y de la gobernación del Almirante, y qué reyes y señores principales había en esta
isla; y del gran lago de Xaraguá; e de otro lago que hay en las sierras e cumbres más altas de esta isla; y cómo e con qué
armas peleaban los indios, y qué gentes son los caribes e flecheros. E decirse ha también de la miraglosa y devotísima Cruz
de la Vega; y de la venida del comendador Francisco de Bobadilla, el cual envió preso en grillos a España al Almirante e a
sus hermanos, el adelantado don Bartolomé e don Diego Colom. Y por qué causas se murieron los muchos indios que hobo en esta
isla Española; y de la venida del comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, e partida del comendador Bobadilla
(que se ahogó en la mar con muchos navíos e gentes e mucho oro), y de la buena gobernación del comendador mayor. Y cómo el
almirante viejo e primero, don-Cristóbal Colom, fizo el cuarto viaje e descubrimiento en estas Indias, cuándo descubrió a
Veragua e otras provincias de la Tierra Firme; e de su muerte, después, en España. Y cómo se mudó esta cibdad de Sancto Domingo
adonde agora está; e de la nobleza e particularidades desta cibdad e isla; y de las villas e poblaciones, e otras cosas concernientes
e nescesarias a la prosecución de aquesta Historia Natural, como se verá más particularmente en los capítulos siguientes.
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Capítulo I
Que tracta de la guerra que tuvo el capitán Alonso de Hojeda con el cacique Caonabo, y de su prisión e muerte.
En el segundo libro se dijo cómo después que el comendador mosén Pedro Margarite dejó la fortaleza de Sancto Tomás, mandó
el Almirante que la tuviese el capitán Alonso de Hojeda, e le fizo alcaide della, e dióle cincuenta hombres para que la guardase,
porque estaba en parte que importaba mucho, así para lo que tocaba a las minas ricas de Cibao como para la reputación e fuerza
de los cristianos.
Mas como el Almirante fué partido para España, los indios, con soberbia (y en especial Caonabo, de cuyo señorío era aquella
provincia), no eran contentos de aquel nuevo señorío e vecindad de la fortaleza. E determinado el Caonabo e los ciguayos (que
así se llamaban los flecheros indios de la costa del Norte en esta isla), acordaron de dar en la fortaleza y quemarla, o ponerla
por el suelo, si pudieran. E con mano armada, e seyendo más de cinco o seis mill hombres, cercaron aquel castillo e tuviéronle
en mucho aprieto hasta treinta días, sin dejar salir de la fortaleza a algún hombre dellos. Pero, como el alcaide era mañoso
y esforzado caballero, resistió a los contrarios de tal forma, que, al cabo del tiempo que he dicho, desviaron su campo, e
como gentes salvajes y no guerreros, se descuidaron e dieron lugar que este alcaide hiciese mucho daño en ellos. E como era
hombre mañoso e de mucha solicitud, continuó la guerra de todas las maneras que él pudo, así con las armas, cuando convino,
como con las astucias e cautelas que suele haber en los capitanes de experiencia. E no obstante que en la continuación de
la guerra murieron algunos cristianos, muchos fueron los indios que mataron, e al cabo fué preso Caonabo con mucha parte de
los suyos principales; puesto que se dijo que Hojeda no le había guardado la seguridad que el cacique decía que le fué prometida,
o no lo habiendo entendido Caonabo.
Por manera que desta prisión de Caonabo, se causó la paz e subjeción de la isla toda; pero como Caonabo tenía un hermano,
hombre de mucho esfuerzo e bien quisto de los indios, luego se juntaron con él todos los de su señorío; el cual, no olvidando
la prisión de su hermano, acordó de lo ir a redemir con fuerza de armas, llevando prosupuesto de tomar todos los cristianos
que él pudiese presos; creyendo que después, a trueco dellos, podría haber e rescatar a su hermano Caonabo, e libertar asimismo
otros indios principales que con él estaban presos en poder de los cristianos. E juntó más de siete mill hombres para esto,
y los más dellos flecheros; e ordenadas cinco batallas, se pusieron bien cerca de los españoles, el capitán de los cuales,
Alonso de Hojeda, con algunos de caballo e con la gente que él pudo sacar de la fortaleza, dejándola guardada, e con alguna
que el adelantado don Bartolomé le había enviado en su socorro (que por todos no eran trescientos hombres), peleó contra los
indios. E quiso Dios favorescer los nuestros e darles victoria, e así como los jinetes dieron en la delantera o primera batalla
de los indios, los pusieron en huida, porque hobieron mucho espanto de tal novedad, e nunca habían visto esta manera de hombres
a caballo pelear con ellos ni con otros. E así fué hecho mucho estrago en los contrarios, e fué preso su principal caudillo,
hermano de Caonabo, y otros muchos indios. Este día fizo Hojeda el oficio de valiente soldado y esforzado caballero, e no
menos prudente capitán.
Después que este cacique o rey fué preso, y su hermano, acordó el adelantado don Bartolomé de los enviar a España, con otros
indios, algunos de los principales, prisioneros; porque le paresció que en esta isla sería mucho inconviniente tener al dicho
Caonabo detenido, ni dejarle en la tierra, así por ser tan principal señor en ella como porque siempre habría novedades a
su causa, porque era hombre de mucho esfuerzo e sabio en la guerra. Y en dos carabelas que estaban puestas para España, mandó
el Adelantado que los llevasen; pero así como Caonabo e su hermano supieron que habían de ir al Rey a la Reina Católicos,
el hermano se murió desde a pocos días, y el Caonabo, entrado en la mar, desde a pocas jornadas que navegaron, también se
murió; y desta manera quedó pacificada toda la tierra deste Caonabo, por los cristianos. Y su mujer Anacaona, hermana del
cacique Behechio (que era señor en la parte occidental hasta el fin de aquesta isla), se fué de la tierra de su marido a vivir
en la de su hermano, a la provincia que llaman de Xaraguá; allí fué tan acatada e temida por señora como el mesmo Behechio.
De esta Anacaona se dirá adelante, porque fué grande persona y en mucho tenida en estas partes, por ser muy valerosa y de
grande ánimo e ingenio; e sus cosas desta mujer fueron notables en bien y en mal, cono se dirá en su lugar.
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Capítulo II
De la batalla e victoria que hobo el adelantado don Bartolomé contra el rey Guarionex e otros catorce caciques o reyes; e
cómo se apartó Roldán Ximénez de la obediencia e compañía del adelantado don Bartolomé e del almirante primero.
Cuasi en el tiempo que el cerco se tenía por Caonabo contra el capitán Hojeda (segund algunos dicen), o después que fué desçercado
(segund otros afirman), el cacique Guarionex convocó todos los indios o caciques que él pudo, se juntaron más de quince mill
hombres para dar sobre el adelantado don Bartolomé e los cristianos que estaban con él en la cibdad de la Vega e por aquella
comarca. Porque, como tengo dicho, los indios se iban enojando desta vecindad de los cristianos, e no querían, por ningún
caso, que permanesciesen e quedasen en la isla, así porque su señorío no fuese turbado ni aniquilado (como les parescía que
se les iba aparejando), como porque sus ritos e cerimonias e vicios no parescían bien a los cristianos, e decían mal dellos.
Y también porque les paresció el tiempo aparejado para su mal propósito, a causa de los pocos cristianos que habían quedado
en la tierra toda, así por las enfermedades e trabajos pasados que he dicho, como porque antes que viniesen otros de nuevo
con el Almirante (que de cada día se esperaba), pudiesen excluir e acabar los que parescía que tenían ya alguna noticia de
la tierra, e podrían ser aviso e mucho provechosos, o parte para les poder dañar en compañía de los cristianos que de nuevo
viniesen. Y para ejecución desto, juntado su ejército, movieron a buscar los cristianos.
El Adelantado, certificado de lo que es dicho, no esperó ni quiso atender a se hacer fuerte en aquel pequeño pueblo, ni dar
causa a que de noche le pegasen fuego o le cercasen en él; sino como buen caballero e diestro capitán, salió al campo, e trasnochó
e anduvo tanto, que llegó cerca del real del rey Guarionex, e a la segunda guarda, o cuasi a medianoche, con hasta quinientos
hombres (entre sanos y enfermos), dió con tanta furia e ímpetu, animosamente, en los enemigos, por dos partes, que los desbarató.
Y como los indios eran gente salvaje e desarmada, e no diestra en la guerra a respecto de los cristianos, mataron muchos dellos,
e los demás fueron presos, puesto que muchos escaparon por la escuridad de la noche. Pero fué preso el mismo rey Guarionex
con otros catorce reyes o caciques, los más principales que en esta batalla se hallaron, la cual fué cerca de donde es fundada
la villa del Bonao.
Fué aquesta victoria tan señalada cosa y de tanto favor para los cristianos, que demás de aumentarse su crédito y esfuerzo
en la reputación e memoria de los indios, dió causa a que cesaran en sus ruindades e rebeliones, e comenzaron a ser más domésticos
e a se comunicar más con los cristianos, e a desechar los pensamientos de la guerra; puesto que, en la verdad, la gente de
aquesta isla es la que de menos ser e esfuerzo se ha visto en todas las Indias e islas e Tierra Firme, e la que más quieta
e sosegada manera de vivir tenía, no obstante que, como tengo dicho, no faltaban algunas guerras e discordias entre estas
gentes; pero no tan continuadas e sangrientas como en otras partes.
Tornando a la historia, es de saber que después que el Adelantado hobo este vencimiento, parescióle que sería mucha causa,
para perpetuar la paz e amistad entre los cristianos e los indios, soltar a Guarionex con los mejores partidos que él entendiese.
E así se dió orden en ello e fué libre. De ahí adelante hacía buen acogimiento e tractaba bien a los cristianos en su tierra,
cuando por ella pasaban o a ella iban. Otros dicen que en esta batalla no se halló Guarionex, sino su gente, e que iba por
su capitán general el cacique Mayobanex, y que éste fué después, con otros, suelto; pero que continuándose la guerra, había
sido presa la mujer de Guarionex, e que por redemirla, había venido de paces e a ser amigo de los cristianos.
Después que estas victorias hobo el Adelantado, parecía que se le había trocado la condición, porque se mostró muy riguroso
con los cristianos de allí adelante, en tanta manera que no le podían sofrir algunos, en especial Roldán Ximénez, que había
quedado por alcalde mayor del Almirante. Al cual el Adelantado no hacía la cortesía o tractamiento que él pensaba ser merecedor,
ni el Roldán consentía que en las cosas de la justicia fuese el Adelantado tan absoluto como quería serlo; y desta causa hobieron
malas palabras, y el Adelantado le tractó mal e, según algunos dijeron, puso o quiso poner las manos en él. Por lo que él
se indignó de manera que con setenta hombres se apartó de su compañía y se entró la tierra adentro, alzado y desviado de la
conversación de los cristianos, pregonando e diciendo las sinrazones que el Adelantado y el Almirante habían fecho (o que
él, por su enojo, les quería imponer). E con determinación de no se apartar del servicio de los Reyes Católicos, el dicho
Roldán facía sus protestaciones para no estar debajo de la gobernación del Almirante ni del Adelantado en ningún tiempo (como
nunca lo quiso después estar), sino fuese a la provincia de Xaraguá, a la tierra e señorío del rey Behechio, e por allá anduvo
y estuvo fasta que después algún tiempo, vino a gobernar esta isla e tierra el comendador Francisco de Bobadilla, como se
dirá adelante.
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Capítulo III
Que tracta de lo que en esta isla pasó en tanto que el Almirante fué a España, , del tercero viaje e descubrimiento que él
hizo cuando halló la costa (e grandísima parte del mundo incógnita,) llamada Tierra Firme generalmente, donde muy grandes
reinos e provincias se incluyen; e de cómo descubrió asimismo la isla de Cubagua, donde es la riquísima pesquería de las perlas;
e de otras islas nuevas que halló; y del subceso de todo ello, con otras cosas adherentes a la historia.
Así como el Almirante estuvo algunos días en la corte de los Católicos Reyes, satisfaciendo a las quejas e informaciones que
contra él habían dado fray Buyl e otros, e fué con clemencia oído y absuelto, como se dijo en el segundo libro, diósele licencia
que tornase a la gobernación destas tierras, e mandáronle continuar el descubrimiento dellas. Y para lo poner en efecto, partió
de la bahía de Cádiz en el mes de marzo del año de mill e cuatrocientos e noventa y seis (aunque algunos dicen que era en
el año de noventa e siete de la Natividad de Jesucristo, nuestro Redemptor); e salió a la mar océana con seis carabelas, muy
bien armadas e proveídas de bastimentos e de todo lo necesario para su viaje. E después que llegó a Canaria, envió las tres
carabelas a esta isla Española, con bastimentos e alguna gente, y él siguió su camino con las otras tres carabelas que le
quedaron, la vuelta de las islas que llaman, entre los vulgares, islas de Antonio, e agora se dicen de Cabo Verde, que son
las mismas que los antiguos nombraban las Gorgades. Y desde allí corrió con sus navíos al Sudeste bien ciento e cincuenta
leguas. E tomóles una gran tormenta, e púsolos en tal necesidad, que cortaron los másteles de las mezanas, e aliviaron mucha
parte de la carga, y se vieron en grandísimo peligro. Pero esta tormenta que dice Hernán Pérez Mateos, piloto que hoy está
en esta cibdad de Sancto Domingo, no fué así, según dice don Fernando Colom, hijo del Almirante, que allí se halló, el cual
afirma que fué de calmas e calor tanta, que las vasijas se les abrían y el trigo se podría; y les fué necesario alijar e arredrarse
de la Equinocial, e corrieron al Huesnorueste e fueron a reconoscer la isla de la Trinidad. El cual nombre le puso el Almirante
porque llevaba pensamiento de poner, a la primera tierra que viese, la Trinidad. E así, cuando vido la primera tierra firme
e la dicha isla, vido tres montes a un tiempo o cercanos, e luego puso a aquella isla por nombre la Trinidad, e pasó por aquel
embocamiento que llaman la Boca del Drago, e vióse la Tierra Firme e mucha parte de la costa della. Pero como es de flecheros
caribes, y la isla que he dicho asimesmo, e tiran con la hierba inrremediable, y es gente muy fiera e salvaje, no pudieron
haber lengua con los indios, aunque vieron muchos dellos en sus piraguas e canoas en que navegan, de las cuales e de su forma
se dirá adelante; y también vieron gente en tierra.
Está aquesta isla en nueve grados, a la parte de nuestro polo ártico, de la banda que tiene esta isla hacia el Sur o Mediodía;
e de la que tiene mirando al Septentrión o Norte, está en diez grados. Tiene de latitud dieciocho o veinte leguas, poco más
o menos, e de longitud veinte e cinco o algo más.
La tierra que está opuesta a la parte del Sur desta isla en la Tierra Firme, se llama el Palmar, porque allí vieron e hay
grandes palmares. Y más al Levante, la costa arriba, está Río Salado; e porque queriendo tomar agua en él, le hallaron muy
salobre, dió causa que el Almirante así le nombrase. Al poniente desta isla de la Trinidad, está la punta de las Salinas,
en Tierra Firme, diez o doce leguas; y entre aquesta punta e la Tierra Firme (aunque también la mesma punta es tierra firme),
está un golfo al cual el Almirante llamó la Boca del Drago (porque paresce algo la figura deste embotamiento, boca de drago
abierta, dentro del cual hay muchas isletas.
Y desde la punta de las Salinas, que está en diez grados de la Equinocial, discurrió el Almirante por la costa al Poniente,
e reconosció otras islas y púsoles nombre los Testigos, e a otra isla llamó la Generosa. E vió otras muchas islas que por
allí hay. E fué adelante y descubrió la rica isla llamada Cubagua, que agora llamamos la isla de las Perlas, porque allí es
la principal pesquería dellas en estas Indias. E junto con ella está otra isla muy mayor, e mandóla el almirante llamar la
Margarita. La isla de Cubagua, o de las Perlas, está cuasi cincuenta leguas al poniente de la punta de las Salinas que se
dijo de suso. Esta es una isla pequeña que terná de circuito tres leguas, poco más o menos, e desde ella a la Tierra Firme
hay cuatro leguas a la provincia que se dice Araya. E allí descubrió los Testigos (que son isleos), e isla de Pájaros y otras
islas. Y pasó el Almirante, con sus tres carabelas, la costa de Tierra Firme al Poniente, e halló la isla de Poregari, que
está veinte e siete o treinta leguas de Cubagua. Y más adelante descubrió otras islas que se llaman Los Roques, y la isla
de la orchilla, que se dice Yaruma, donde hay mucha cantidad della, segund fama. Esta isla está a doce leguas de otra que
también descubrió el Almirante, más al Hueste, que se llama Corazao. E asimismo descubrió otras muchas islas e isleos, hasta
que llegó al cabo de la Vela. Y porque allí se vió una gran canoa o piragua de indios que iba a la vela, púsole nombre a aquella
tierra el cabo de la Vela, en Tierra Firme. Desde el cual cabo a la dicha punta de las Salinas e Boca del Drago, hay ciento
e ochenta leguas, poco más o menos. E desde aquel cabo de la Vela atravesó el golfo que hay entre Tierra Firme e aquesta isla
Española, e vino a esta cibdad (que en aquel tiempo estaba de la otra parte deste río). Está aquel cabo de la Vela, Norte
Sur con la isla Beata, que es una isleta cerca desta isla de Haití o Española, al Poniente desta cibdad treinta e cinco leguas.
Así que, aqueste fué el tercero viaje • descubrimiento que hizo el primero almirante destas Indias. Mas, porque se dijo de
suso que en Cubagua halló la pesquería de las perlas, y es cosa tan notable e rica, decirse ha de qué manera supo que allí
las había, cuando en particular tractaremos desta isla.
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Capítulo IV
De lo que el adelantado don Bartolomé fizo, en tanto que el Almirante fué a España, hasta que tornó a esta cibdad, después
que descubrió parte de la Tierra Firme; e de la gobernación del Almirante hasta su prisión; e de los reyes o señores que había
en esta isla.
En el capítulo de suso se dijo el tercero viaje del Almirante don Cristóbal Colom, hasta que volvió a esta cibdad de Sancto
Domingo. Es agora de saber que en tanto quél estuvo en España y en el descubrimiento de parte de la costa e tierra grande
e firme, y de las otras islas que se dijo en el capítulo precedente, no venían navíos de España ni de acá iban a ella. E como
los que habían ido de acá con el Almirante (e antes sin él), e habían padescido los trabajos que se han dicho, e iban enfermos
e pobres, e de tan mala color que parescían muertos, infamóse mucho esta tierra e Indias, e no se hallaba gente que quisiese
venir a ellas.
Por cierto, yo vi muchos de los que en aquella sazón volvieron a Castilla, con tales gestos, que me paresce que aunque el
rey me diera sus Indias, quedando tal como aquéllos quedaron, no me determinara de venir a ellas. Y no era de maravillar si
tales quedaban algunos, sino cómo pudo vivir o escapar hombre de todos ellos, mudándose a tierras tan apartadas de sus patrias,
e dejando todos los regalos de los manjares con que se criaron, y desterrándose de los deudos e amigos, y faltando las medicinas,
e por otras causas e necesidades que no se podrían acabar de expresar sin prolija relación.
Y como faltaba ya la gente, e no dejaban de irse a España sino los que no podían o por falta de navíos, e de la vuelta del
Almirante ninguna certinidad se tenía, estaba ya cuasi perdida esta tierra e tenida por inútil, y con mucho temor los que
acá estaban. E sin duda se perdieran, sino fueran socorridos de aquellas tres carabelas que vinieron de España con gente (que
dije que el Almirante envió desde la isla de Canaria), e trujeron, más, trescientos hombres sentenciados e desterrados para
esta isla, los cuales llegaron en tal sazón, que así los tales como los que los trujeron, juntados con esos, pocos que acá
estaban, fueron causa que la tierra no se despoblase e se sostuviese; pues los cristianos no osaban ya salir desta cibdad
ni pasar el río para esta otra parte o costa dél. Y puédese afirmar que por este socorro fué restaurada la vida de los que
acá estaban, e se sostuvo y no se perdió totalmente esta isla; porque entre aquella hobo muchos hombres valientes y especiales
personas.
E así, luego los indios descercaron la cibdad de la Concepción de la Vega, e a esta cibdad e su fortaleza (estando de la otra
parte deste río, donde primero fué fundada), e los indios perdieron la esperanza que tenían de ver la tierra sin los cristianos.
En especial viendo desde a poco tiempo después venir al Almirante con otras tres carabelas, e muy buena gente en ellas, dejando
ya descubiertas las islas y parte de la Tierra Firme e las Perlas, segund se dijo en el capítulo antes de aqueste. El cual,
llegado a esta cibdad (que estaba, como he dicho, de la otra parte deste río, enfrente de donde agora está), halló, al Adelantado,
su hermano, e a los otros cristianos que con él estaban en paz; pero no muy contentos, algunos dellos, por la ausencia de
Roldán Ximénez, e con las murmuraciones que suele haber en esta tierra; porque quedaban algunos aficionados, o inficionados,
de las pasiones viejas del tiempo de fray Buyl. Mas todos obedescieron e rescibieron al Almirante con alegre semblante, y
le dieron la obediencia como a visorrey e gobernador que en nombre de los Católicos Reyes venía.
Y ejerciendo su oficio e gobernación como él mejor podía, nunca faltaron quejosos de sus obras, porque les parescía que así
copio favorescía e ayudaba a unos, así ofendía o maltrataba a otros. Angélico ha de ser el gobernador que a todos contentare,
e más que humano, porque unos hombres son inclinados a vicios, e otros a virtudes: unos a trabajar y ejercitar las personas,e
otros al reposo e quietud; unos a despender, e otros a guardar; y unos a una cosa, e otros a otra. E así, el que gobierna
no puede contentar a tantos géneros de inclinaciones, porque unos quieren la guerra e robar y no poblar la tierra, sino darle
un repelón y volverse donde le esperan y desea acabar sus días; otros que querrían lo contrario y asentar e arraigarse, no
les dan con qué ni los favorescen. E así como son diversos los fines de los hombres, y tan difícil cosa entenderlos, así el
que gobierna es menester que tenga especial ventura y favor de Dios para ser amado; no obstante que mucho está en la mano
del que puede mandar para que le quieran bien los gobernados. E si uno estuviere desabrido, muchos estarán satisfechos con
que solamente tenga tres cosas: reto en las cosas de justicia, liberal, e sin codicia. Volvamos a nuestra historia.
En esta sazón. dió orden en fundar, o mejor diciendo, reformar la cibdad de la Concepción de la Vega. e la villa de Sanctiago,
e la villa del Bonao. Estas tres poblaciones hizo el almirante primero, don Cristóbal Colom, en esta isla; e primero que todas
ellas, la cibdad Isabela, de la cual se pasó la gente a dar principio a esta cibdad de Sancto Domingo. como se dijo en el
segundo libro. Y estando las cosas en este estado, tornó el Almirante don Cristóbal en España; y los Reyes Católicos, teniéndose
por muy servidos dél, le confirmaron otra vez sus privilegios, en la cibdad de Burgos, a veinte e tres días de abril de mil
e cuatrocientos e noventa y siete años.
Mas porque, para lo que se espera proseguir adelante en la historia, conviene que se diga qué reyes o príncipes tenían el
señorío desta isla de Haití, que agora llamamos Española, digo que aquí hobo (segund yo supe de los testigos que tengo alegado,
e por las memorias que yo he copilado desde que en Barcelona, año de mill y cuatrocientos e noventa y tres, vi los primeros
indios e a Colom en la corte de los Reyes Católicos), cinco prefetos o reyes, que los indios llaman caciques, que mandaban
y señoreaban toda la isla. Debajo de los cuales había otros caciques de menor señorío, que obedescían a alguno de los cinco
principales. E así, todos cinco eran obedescidos de los inferiores que mandaban o eran de su jurisdición e señorío, e aquellos
menores venían a sus llamamientos de paz o de guerra, cómo los superiores ordenaban, e mandábanles lo que querían. Los nombres
de los cinco eran éstos: Guarionex, Caonabo, Behechio, Goacanagarí, Cayacoa.
Guarionex tenía todo lo llano e señoreaba más de sesenta leguas en el medio de la isla. Behechio tenía la parte occidental
e la tierra e provincia de Xaraguá, en cuyo señorío cae aquel gran lago de que en adelante se dirá. El cacique o rey Goacanagarí
tenía su señorío a la parte del Norte, donde y en cuya . tierra el Almirante dejó los treinta y ocho cristianos, cuando la
primera vez vino a esta isla. Cayacoa tenía la parte del Oriente desta isla, hasta esta cibdad e fasta el río de Haina, e
hasta donde el río Yuna entra en la mar, o muy poco menos; y, en fin, era uno de los mayores señores de toda esta isla, e
su gente era la más animosa por la vecindad que tenía de los caribes. Y aqueste murió desde a poco que los cristianos comenzaron
a le hacer la guerra; e su mujer quedó en el Estado, e fué después cristiana, y se llamó Inés de Cayacoa. El rey Caonabo tenía
su señorío en las sierras, y era gran señor y de mucha tierra. Este tenía un cacique por su capitán general en toda su tierra,
e la mandaba en su nombre, que se decía Uxmatex; el cual era bizco o bisojo, y era tan valiente hombre, que le temían todos
los otros caciques e indios de la isla. Este Caonabo casó con Anacaona, hermana del cacique Behechio, e seyendo un caribe
principal, se vino a esta isla como capitán aventurero, y por el ser de su persona, se casó con la susodicha e hizo su principal
asiento donde agora está la villa de Sanct Juan de la Maguana, e señoreó toda aquella provincia.
Nunca había ni acaescían guerras o diferencias entre los indios desta isla sino por una destas tres causas: sobre los términos
e jurisdición, o sobre las pesquerías, o cuando de las otras islas venían indios caribes flecheros a saltear. Y cuando estos
extraños venían, o eran sentidos, por muy enemigos e diferentes que los príncipes o principales caciques desta isla estuviesen,
luego se juntaban y eran conformes, y se ayudaban contra los que de fuera venían.
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Capítulo V
Que tracta del lago de Xaraguá, y de otro lago qué está en las sierras e cumbres más altas desta isla; y de la forma de la
gente que en esta isla se halló, e con qué armas peleaban; y qué gente son los caribes flecheros; y de la Santa Vera Cruz
de la Concepción de la Vega.
Quiero aquí declarar qué cosa es el lago de Xaraguá, y qué tal es el que esta en las cumbres e sierras más altas de aquesta
isla, e quién son los indios caribes que nombré de suso, e todo lo que contiene el título deste quinto capítulo, porque todas
estas cosas son muy notables.
El lago de Xaraguá comienza a dos leguas de la mar, cerca de la villa de la Yaguana. E dícese de Xaraguá, porque así llaman
los indios a la provincia en que él está. Extiéndese al Oriente; y en algunas partes tiene de ancho tres leguas; y en todo
lo demás, es de dos y de una legua, e algo más o menos. Es salado, así como la mar, porque es un ojo que se hace e sale della,
puesto que en algunas entradas de ríos e arroyos es dulce. Hay en él todos los pescados que hay en la mar, excepto ballenas
e otros de los muy grandes; e aún también hay tiburones que son bien grandes, e otras muchas diferencias de pescados, e muchas
tortugas, que llaman los indios hicoteas. Y en el tiempo que esta isla estuvo muy poblada, estuvo poblado por toda la costa
este lago de todas partes. El año de mill y quinientos y quince, yo anduve por toda su longitud, y hallé muchos indios que
a par, deste lago vivían en muy hermosos asientos. Terná este lago, desde donde está más cerca de la mar fasta donde está
más metido en la tierra, diez y ocho leguas. Y es de muchas pesquerías, a causa de lo cual era muy poblado; porque el pescado
es el manjar a que los indios son más inclinados.
El otro lago qué dije que está en las cumbres e sierras de aquesta isla, es una gran novedad e cosa muy notable para mirar
en ella; y aunque en esta isla hay algunos que hablan en él, pocos son e muy raros los que le han visto. Y llegado al cabo
esto, sólo uno he visto que más se deba creer, porque es buena persona y hoy vive y es vecino desta cibdad de Sancto Domingo;
el cual dice que en tiempo de la gobernación del comendador mayor, don frey Nicolas de Ovando, y por su mandado, este hombre
y otros cristianos fueron a aquellas sierras altas donde nasce el río de Nizao, en especial adonde vivía el cacique Biautex,
que estaba al pie de la sierra más alta. Hasta el cual cacique o asiento hay, desde aquesta cibdad de Sancto Domingo, quince
o diez y seis leguas; e por aquella parte no se puede subir a la dicha sierra, porque está allí tan áspera y derecha, que
no es posible subir arriba. Pero por la otra parte, a la banda del Norueste, este hombre, llamado Pedro de Lumbreras, subió
a ver este lago, e con él otro hidalgo llamado Mexía, e con ellos hasta seis indios gandules e bien dispuestos; pero cuando
fueron cerca de la altura, se quedaron el Mexía e los indios, así como comenzaron a oír el ruido que en lo alto sonaba. E
como esto vido Pedro de Lumbreras, dijo al Mexía que por qué no andaba, y le respondió que porque de cansado e muerto de frío
no podía ir adelante; y él por esto no dejó de proseguir su camino, aunque muy cansado e con mucho frío, por la altura grande
que hay en aquella montaña. E ya que habían seguido por un río que hay entre aquellas sierras, que se dice Pani, y que el
río seguía otra vía e se apartaba por el través, siguió Pedro de Lumbreras por la Cuesta Rasa que llaman (que está de la parte
que he dicho del Norueste) e llegó muy cansado, e desmayado cuasi, a la sumidad e más alta parte de las cumbres, e descansó
allí un poco, no dejando de se encomendar a Dios, segund el mucho espanto que había tomado del estruendo que andaba en lo
alto. E porfió por subir arriba y llegó hasta en fin de todo lo que se pudo subir, por un camino muy dificultoso e que con
mucho trabajo se pudo andar; y llegado allá, vido una laguna que, a su parescer, dice que sería de tres tiros de ballesta
en luengo o longitud, e ternia de ancho la tercia parte de lo que he dicho. Y estuvo mirando este lago tanto espacio cuanto
se podrían decir tres credos. Dice Pedro de Lumbreras que era tanto el ruido y estruendo que oía, que él estaba muy espantado,
e que le parescía que no era aquel estruendo de voces humanas, ni sabía entender qué animales o fieras pudiesen hacer aquel
horrible sonido. En fin, que, como estaba solo y espantado, se tornó sin ver otra cosa. Yo le he preguntado si había llegado
al agua, e si era dulce o salada, y él me dijo que no llegó a ella con doce o quince pasos, y que, visto lo que es dicho,
Pedro de Lumbreras se tornó en busca de aquel Mexía e de los indios que había llevado. Así que, esto es lo que más se sabe
de aqueste lago, del cual hay derramadas por esta isla muchas novelas que yo no creo, ni son para escrebir sin más certificación
dellas.
Vengamos a los caribes flecheros. Estos viven en las islas comarcanas; y la principal isla desta gente fué la isla de Boriquén
(que agora se llana Sanct Juan), e las otras cercanas della, así como Guadalupe, la Dominica, Matinino y Cibuqueira (que agora
se dice Sancta Cruz), e las de aquel paraje. E de aquéllas venían en sus canoas, con arcos y flechas, a saltear por la mar,
e a hacer la guerra a la gente desta isla de Haití. Son aquellos flecheros más denodados e valientes que los desta isla, porque
solamente había en ella flecheros en una parte sola, o provincia, que se dice de los Ciguayos, en el señorío de Caonabo; mas
no tiraban con hierba ni la sabían hacer.
Créese que éstos antiguamente vinieron de alguna de las islas cercanas de los flecheros, que hay muchas (como he dicho), y
por la antigüedad habían olvidado su lengua y hablaban la desta tierra, habiendo dejado la suya. E si esto no es, por aventura,
para se defender de sus enemigos, aprendieron a usar sus armas mismas. Los que son caribes tiran con hierba e muy mala. Mas
yo tengo cuasi por naturales armas, o por las más antiguas, las flechas. Aunque dice Plinio que el arco y las saetas halló
primero Scithe, hijo de Júpiter, otros dicen que las saetas las halló Perseo, hijo de Perneo. Pero yo tengo que es muy más
antiguo que lo que dice Plinio el arco y las flechas; pues que Lamech, el cual fué padre del patriarcha Noé, en la primera
edad mató a Caim con una flecha o saeta que le tiró. Haber muerto Lamech a Caim, él lo confiesa ; pero no dice con qué arma.
Mas, en aquel Suplemento de chrónicas dice que, engañado Lamech por un mochacho, le tiró con el arco; y aquella Chrónica theutónica, que tracta desde el principio del mundo, dice así: Cumque Caim confectus esset senior, et ínter fructifera aliquando sederet, a pronepote suo Lamech, qui senectutis vitio cecus
factus, dum venationi insisteret, pueri ductoris suasu credens Caim feram, sagita occisos fuit. Por las cuales auctoridades digo que las flechas o saetas son las más antiguas armas de todas, o cuasi naturales, y, como
tales, naturalmente pudieron estas gentes salvajes venir en conocimiento dellas.
Tornando a nuestro propósito. digo que la color desta gente es lora. Son de menor estatura que la gente de España, comúnmente;
pero son bien hechos e proporcionados, salvo que tienen las frentes anchas, e las ventanas de las narices muy abiertas, e
lo blanco de los ojos algo turbio. Esta manera de frentes se hace artificialmente: porque, al tiempo que nascen los niños,
les aprietan las cabezas de tal manera en la frente y en el colodrillo, que, como son las criaturas tiernas, las hacen quedar
de aquel talle: anchas las cabezas delante e detrás, e quedan de mala gracia. Andan todos desnudos e no tienen barbas, antes,
por la mayor parte, son lempiños.
Las mujeres andan desnudas, e desde la cinta abajo traen unas mantas de algodón fasta la mitad de la pantorrilla; e las cacicas
e mujeres principales, hasta los tobillos. Las tetas e lo demás, desde la cinta arriba, está descubierto. Este hábito traían
las que eran casadas o habían conoscido varón; pero las doncellas vírgines, ninguna cosa traían destas mantas (que llaman
naguas), sino, de todo punto, toda la persona desnuda. Hay algunas de buenas disposiciones. Tienen muy buen cabello ellas
y ellos, y muy negro e llano y delgado. No tienen buenas dentaduras.
Después que los cristianos vinieron, tomaron, de su conversación, alguna vergüenza estas gentes, e pusiéronse los indios unas
pampanillas, que es un pedazo de lienzo o de paño, tamaño como una mano, delante de sus vergonzosas partes: pero no con tanto
aviso puesto que se les deje de ver cuanto debrían encobrir.
Pelean con macanas los indios de esta isla, que son unos palos tan anchos como tres dedos, o algo menos, e tan luengos como
la estatura de un hombre, con dos filos algo agudos: y en el extremo de la macana tiene una manija, e usaban dellas como de
hacha de armas a dos manos. Son de madera de patina muy recia, y de otros árboles.
Plinio dice que los africanos fueron los primeros que ficieron batalla contra los egipcios con mazas de leña, las cuales se
llaman phalange: lo cual me paresce que es lo mesmo que las macanas, no obstante que los latinos llaman phalange al escuadrón de gente de pie, puesta en ordenanza. Y deste nombre phalange, también hay una arana ponzoñosa. Y el latino
dice asimismo phalanga sive palanga por la palanca: y esto es lo que quiere decir Plinio, y, a lo que paresce, la macana o arma destos indios.
Asimismo pelean con varas arrojadizas como dardos, e agudas las puntas, que, para entre gente desnuda, son asaz peligrosas,
e aun para donde no fallaren buena resistencia; porque las que son de palmas, desgranan después que han herido: que es madera
muy cruda, hilosa y enconada, e se quiebra fácilmente tomándola de través; en fin, que es leña que, sobre ser muy recia, se
desgrana, e salen rajas delgadas della, que son peores, después que la llaga principal, fasta sacarlas.
Cuanto a la sancta Vera Cruz de la cibdad de la Concepción de la Vega, es de saber que el segundo viaje que el almirante don
Cristóbal vino a esta isla, mandó a veinte e tantos hombres que fuesen a cortar un buen palo derecho y alto e bien hecho.
E los más de aquellos a quien lo mandó, eran hombres de la mar; e fué con ellos Alonso de Valencia, que hoy vive en esta cibdad,
e cortaron un árbol grueso e redondo, e de lo más alto dél, cortaron un tronco que atravesaron, haciéndolo cruz, la cual será
de diez e ocho o veinte palmos de alto. Afirman muchos e tienen por cosa pública e cierta que ha hecho miraglos después acá,
y que el palo desta cruz ha sanado a muchos enfermos; y es tanta la devoción que los cristianos en ella tienen, que hurtan
muchos pedazos e astillas della, así para llevar a España corno a otras partes. Y es tenida en mucha veneración, así por sus
miraglos como porque, en tanto tiempo como estuvo descubierta, jamás se pudrió, ni cayó por ninguna tormenta de agua ni viento,
ni jamás la pudieron mover de aquel lugar los indios, aunque la quisieron arrancar, tirando della con cuerdas de bejucos mucha
cantidad de indios; de lo cual espantados ellos, la dejaron estar donde agora está, corno avisados de arriba, o del cielo,
de su deidad. Y como cosa sancta y a ellos de mucha admiración, no osaron porfiar en la arrancar de donde estaba: antes viendo
cómo los cristianos tienen en la cruz mucha reverencia. e acordándose que aquélla, allí hincada, no eran bastantes tantos
hombres a la menear ni quitar de aquel lugar, la miraban con acatamiento y respeto, y se humillaban a ella de ahí adelante.
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Capítulo VI
De la venida del comendador Francisco de Bobadilla a gobernar esta isla Española, e de cómo envió preso en grillos al almirante
don Cristóbal Colom y al adelantado don Bartolomé e don Diego, sus hermanos, con él; e de los muchos indios que hobo en esta
isla y las causas por qué se murieron o son cuasi acabados.
Estuvo el Almirante en esta gobernación hasta el año de mill e cuatrocientos noventa y nueve, que los Católicos Reyes don
Fernando e doña Isabel, muy enojados, informados de lo que pasaba en esta isla y de la manera que el almirante don Cristóbal
Colom e su hermano el adelantado don Bartolomé tenían en la gobernación, acordaron de enviar por gobernador desta isla a un
caballero, antiguo criado de la Casa Real, hombre muy honesto y religioso, llamado Francisco de Bobadilla, caballero de la
orden militar de Calatrava. El cual, llegado a esta cibdad, luego prendió al Almirante e a sus hermanos, el adelantado don
Bartolomé e don Diego Colom, y los fizo embarcar en sendas carabelas; y en grillos fueron llevados a España, y entregados
al alcaide o corregidor de la cibdad de Cádiz, hasta tanto que el Rey e la Reina mandasen lo que fuese su servicio cerca de
su prisión y mérito,. Quieren decir que al comendador Bobadilla no le mandaron prender al Almirante, ni había venido sino
por juez de residencia, e para e informar del alzamiento de Roldán e sus consortes; pero, en fin, mandándoselo o no, él prendió
al Almirante e sus hermanos e los envió a España. Y quedó en el cargo y gobernación de aquesta isla este caballero, e la tuvo
en mucha paz e justicia fasta el año de mill e quinientos y dos años, que fué removido y se le dió licencia para tornar a
España, aunque no fué su ventura de llegar a Castilla.
E así como este caballero llegó a esta isla, luego el Roldán, que estaba apartado del Almirante. escribió al comendador, e
se vinieron él e los otros cristianos que con él estaban en la provincia de Xaraguá, a le servir y estar en la obediencia
que debían a los Reyes Católicos, cuyos vasallos eran. Y este Bobadilla envió muchas quejas e informaciones contra el Almirante
e sus hermanos, sinificando las causas que le movieron a los prender; pero las más verdaderas quedábanse ocultas, porque siempre
el Rey e la Reina quisieron más verle enmendado que maltratado. Pero diré lo que entonces algunos le oponían para culparle.
Decíase que había querido tener secreto el descubrimiento de las perlas, e que nunca lo escribió fasta que él sintió que en
España se sabía; e habían ido a la isla de Cubagua ciertos marineros llamados los Niños; e que aquesto lo hacía a fin de capitular
de nuevo. Decían, asimismo, que era muy soberbio e ultrajoso, e que tractaba real a los servidores e criados de la Casa Real,
e que mostraba ser absoluto, e que no obedescía, de las cartas e mandamientos de sus reyes, sino aquello quél quería, e que
con lo de demás disimulaba e hacía su voluntad.
Todo esto cuentan otros de otra manera, e dicen que la muestra de las primeras perlas que se hobieron la envió el Almirante
a los Reyes Católicos, luego que las descubrió, con un hidalgo dicho Arroval. Y lo más cierto de todo fué que nunca faltaron
en el inundo murmuradores y envidiosos. Y como esta tierra está lejos de su rey, e los que acá vienen son fijos de diferentes
provincias e contrarios deseos e opiniones, así sienten las cosas diferenciadamente: unos, con buen celo del servicio de Dios
y del rey, paresciéndoles que el Almirante usaba absolutamente en la justicia y en todo lo demás, aunque la voz fuese en nombre
de los Católicos Reyes, no quisieran tanta riguridad; otros, por diversos fines o pasiones. pintáronle de tal manera con sus
cartas, que, por ordenarlo así Dios, se efectuó la prisión del Almirante e de sus hermanos, e los llevaron a España segund
he dicho. A esto dió macho lugar la poca paciencia del Almirante y estar muy mal quisto y en posesión de crudo.
Llegado en España, así como el Rey e la Reina lo supieron, enviaron a mandar que lo soltasen a él e a sus hermanos, e que
se fuesen a la corte; e así lo ficieron. E así como fué suelto el Almirante, fué a besar las manos al Rey e a la Reina, e
con lágrimas refirió sus desculpas lo mejor que él pudo. E después que le oyeron, con mucha clemencia le consolaron e le dijeron
tales palabras que él quedó algo contento. Y como sus servicios eran tan señalados, aunque en algo se hobiese desordenado,
no pudo comportar la Real Majestad de tan agradescidos príncipes que el Almirante fuese maltratado; e, por tanto, le mandaron
luego acudir con todas las rentas e derechos que acá tenía, que se los habían embargado e detenido cuando fué preso. Pero
nunca más dieron lugar que tornase al cargo de la gobernación.
Mas, como era prudente hombre- luego que a España fué con las nuevas del primero descubrimiento, suplicó a los Reyes Católicos
que hobiesen por bien que sus hijos el príncipe don Juan los recibiese por pajes suyos. Los cuales eran don Diego Colom, hijo
legítimo e mayor del Almirante, e otro su fijo don Fernando Colom, que hoy vive. El cual es virtuoso caballero, y, demás de
ser de mucha nobleza e afabilidad e dulce conversación, es doto en diversas ciencias, y en especial en cosmografía; e de quien
la Católica Majestad hace cuenta, méritamente, como de tan buen criado y servidor, porque los servicios del Almirante, su
padre, así lo piden. E así, el príncipe don Juan tractó bien a estos sus hijos, y eran dél favorescidos, e anduvieron en su
casa hasta que Dios le llevó a su gloria en la cibdad de Salamanca, año de mill e cuatrocientos noventa y siete años.
Así que, tornando a la historia, después que el Almirante fué perdonado, no le tractaron menos bien el Rey e la Reina que
primero. E como era sabio, procuró. por todas las vías que él pudo, de tornar a la gracia de aquellos buenos príncipes, y
que le diesen licencia de volver a estas Indias. Pero, como eran muchas las quejas que hobo contra él, no lo pudo acabar tan
aína; y en tanto, gobernó esta isla el comendador Bobadilla fasta el año de mill e quinientos y dos, segund he dicho. En el
cual tiempo se sacó mucho oro en las minas desta isla, porque había muchos indios que andaban en ellas sacándolo para los
cristianos e para los Reyes Católicos, que también mandaban tener sus proprias haciendas e granjerías en su real nombre.
Todos los indios desta isla fueron repartidos y encomendados por el Almirante a todos los pobladores que a estas partes se
vinieron a vivir; y es opinión de muchos que lo vieron e hablan en ello como testigos de vista, que falló el Almirante, cuando
estas islas descubrió, un millón de indios e indias, o más, de todas edades, o entre chicos e grandes. De los cuales todos,
e de los que después nascieron, no se cree que hay al presente en este año de mill e quinientos y cuarenta e ocho, quinientas
personas, entre chicos e grandes, que sean naturales e de la progenie o estirpe de aquellos primeros. Porque, los más que
agora hay, son traídos por los cristianos de otras islas, o de la Tierra Firme, para se servir dellos. Pues como las minas
eran muy ricas, y la cobdicia de los hombres insaciable, trabajaron algunos excesivamente a los indios; otros no les dieron
tan bien de comer como convenía; e junto con esto, esta gente, de su natural, es ociosa e viciosa, e de poco trabajo, e melancólicos,
e cobardes, viles e mal inclinados, mentirosos e de poca memoria, e de ninguna constancia. Muchos dellos, por su pasatiempo,
se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos proprias, y a otros se les recrescieron tales dolencias,
en especial de unas viruelas pestilenciales que vinieron generalmente en toda la isla, que en breve tiempo los indios se acabaron.
Dieron asimismo gran causa a la muerte desta gente, las mudanzas que los gobernadores e repartidores ficieron de estos indios;
porque, andando de amo en amo e de señor en señor, e pasando los de un codicioso a otro mayor, todo esto fué unos aparejos
e instrumentos evidentes para la total difinición desta gente, e para que, por las causas que he dicho o por cualquiera dellas,
muriesen los indios. Y llegó a tanto el negocio, que no solamente fueron repartidos los indios a los pobladores, pero también
se dieron a caballeros e privados, personas aceptas y que estaban cerca de la persona del Rey Católico, que eran del Consejo
Real de Castilla e Indias, e a otros. Cosa, en la verdad, no para sufrirse, porque, aunque eran personas nobles y de buena
conciencia, por ventura sus mayordomos e fatores, que acá andaban con sus indios, los hacían trabajar demasiadamente por los
disfrutar para los de allá e de acá. Y como eran personeros e ministros de hombres tan favorescidos, aunque mal hiciesen,
no los osaban enojar. Por cierto, ningún cristiano habrá envidia de la hacienda que así se allegase.
Ni tampoco fué de todo punto la final perdición de los indios lo que es dicho; sino permitirlo Dios por los pecados de los
descomedidos cristianos que gozaban de los sudores de aquestos indios, si no los ayudaron con su dotrina de manera que conosciesen
a Dios. Y no tampoco se dejaron de juntar con esto, para le permisión divina que los excluyó de sobre la tierra, los grandes
y feos e inormes pecados e abominaciones destas gentes salvajes e bestiales; al propósito de los cuales, cuadra bien e conviene
aquella espantosa e justa sentencia del soberano y eterno Dios: Videns autem Deus quod multa malitia hominum esset in terra, et cuncta cogitatio cordis intenta esset ad malura omni tempore,
poenituit eum quod hominem fecisset in terra. E así, con justa causa, dijo: Poenitet enim me fecisse eos: "Pésame de haber hecho al hombre sobre la tierra." De que infiero que, no sin grande misterio, tuvo Dios olvidados tantos
tiempos estos indios, e después, cuando se acordó dellos, conforme a la auctoridad de suso, viendo cuánta malicia estaba sobre
esta tierra toda, e que todas las cogitaciones de los corazones déstos, en todos tiempos, eran atentas a mal obrar, consintió
que se les acabasen las vidas, permitiendo que algunos inocentes, y en especial niños baptizados, se salvasen, e los de demás
pagasen. Porque, en la verdad, segund afirman todos los que saben estas Indias (o parte dellas), en ninguna provincia de las
islas o de la Tierra Firme, de las que los cristianos han visto hasta agora, han faltado ni faltan algunos sodomitas, demás
de ser todos idólatras, con otros muchos vicios, y tan feos, que muchos dellos, por su torpeza e fealdad, no se podrían escuchar
sin mucho asco y vergüenza, ni yo los podría escrebir por su mucho número e suciedad. E así, debajo de los dos que dije, muchas
abominaciones e delictos, e diversos géneros de culpas hobo en esta gente, demás de ser ingratísimos, e de poca memoría e
menos capacidad. E si en ellos hay algún bien, es en tanto que llegan al principio de la edad adolescente; porque, entrando
en ella, adolescen de tantas culpas e vicios, que son muchos dellos abominables. Así que estos tales hombres, como dice el
Evangelio, en los fructos dellos los conosceréis.
Todo esto se ha platicado e disputado por muchos religiosos e personas de aprobadas letras e mucha conciencia, así de los
monesterios e hábitos que acá hay de Sancto Domingo, e Sanct Francisco, e la Merced, como de la regla del apóstol Sanct Pedro;
e muchos perlados e grandes varones en España han bien trillado esta materia, para asegurar las conciencias reales cerca del
traetamiento destos indios, e así para poner remedio en sus ánimas e que se salvasen, como para que sus personas e vidas se
sostuviesen. Y especiales e muchos mandamientos e provisiones reales se han dado para los gobernadores e ministros de su justicia
e sus oficiales; pero yo veo que ninguna cosa ha bastado para que esta gente infelice no se haya consumido en estas islas.
segund he dicho.
Y desta culpa no quiero señalar a ninguno de los que acá han estado; mas sé que lo que los frailes dominicos decían, lo contradecían
los franciscos, pensando que lo que aquéllos porfiaban era mejor; y lo que los franciscos amonestaban, negaban los dominicos
ser aquello tan seguro como su opinión. Y después, andando el tiempo, lo que tenían los dominicos lo defendían los franciscos;
y lo que primero alababan los franciscos, ellos mismos lo desecharon, y lo aprobaban entonces los dominicos. De forma que
una misma, opinión e opiniones tuvieron los unos e los otros en diversos tiempos, pero, a la continua, muy diferentes en cada
cosa de todas ellas: quiero decir que en lo que los unos estaban, nunca los otros venían en ello en un mismo tiempo. Ved cómo
acertaría a entender esta cosa quien la escuchaba, o a cuál parte se había de acostar el lego que había de escoger lo que
mejor fuese para su conciencia, viendo que lo de antaño era el año venidero, malo, e lo mala tornaba a ser alabado. Y estas
cosas son peligrosas no tan sólo a los que nuevamente vienen a la fe, pero aun a los que son cristianos castizos podrían poner
en muchos escrúpulos, pues vían que los unos frailes no los querían oír de penitencia si no dejaban a los indios, e los otros
padres religiosos de la contraria opinión los oían e daban los sacramentos.
Yo digo lo que vi. Esto no quiero tanto hacerlo de la cuenta o culpa de tan buenos religiosos como ha habido e hay en esta
isla e Indias, como de la propria infelicidad e desaventura de los mismos indios. Y, mejor diciendo, este secreto es para
el mismo Dios, que no hace cosa injusta, ni permite que estas cosas de tanto peso sean sin misterio grande. Ni es de pensar
que los religiosos todos, ni alguno dellos, dirían cosa que no pensasen ser buena e cual convenía a la buena reformación y
seguridad de las conciencias de los cristianos, e por evitar la perdición de los indios. Ni quiero extenderme a más en esta
materia; porque yo ya me he fallado dos veces en España a jurar, por mandado de los señores del Consejo Real de Indias, lo
que me paresce e siento del ser e capacidad destos indios e de los de Tierra Firme (cuanto a aquellas partes donde yo he andado):
e la una vez fué en Toledo, año de mill e quinientos e veinte y cinco, y la otra en Medina del Campo, el año de mill e quinientos
y treinta e dos años. E así lo juraron otras personas señaladas, e cada uno creo que miraría su conciencia en lo que dijese,
atento lo que le fué preguntado e mandado por aquellos señores que declarasen. Y en verdad que, si aquel mismo día o días
en que lo juré, yo estuviera en el artículo de la muerte, aquello mismo dijera. Así que yo me remito a estos religiosos dotos,
después que estén acordados. Y entre tanto, esté sobre aviso quien indios tuviere, para los tratar como a prójimos, e vele
cada cual sobre su conciencia.
Aunque ya, en este caso, poco hay que hacer en esta isla y en las de Sanct Juan, e Cuba, e Jamaica, que lo mismo ha acaescido
en ellas, en la muerte e acabamiento de los indios, que en esta isla. Y agora que son acabados, podrán estos padres religiosos,
como avisados de la experiencia que tienen de las cosas que aquí han pasado, mejor decidir e determinar lo que conviene hacerse
con los otros indios que están por sojuzgar en aquellos muchos reinos e provincias de la Tierra Firme: que para mí, yo no
absuelvo a los cristianos que se han enriquescido o gozado del trabajo destos indios, si los maltractaron o no hicieron su
diligencia para que se salvasen. Ni quiero pensar que, sin culpa de los indios, los había de castigar e casi asolar Dios en
estas islas, seyendo tan viciosos e sacrificando al diablo, e haciendo los ritos e cerimonias que adelante se dirán. E porque
decirlas todas sería cosa imposible, diré algunas de las que a mi noticia e de otros muchos son notorias: e por aquello se
podrá entender lo demás, cuando a esta materia volvamos.
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Capítulo VII
De la venida del comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, el cual gobernó esta isla, e de la partida del
comendador Francisco de Bobadilla, el cual con toda la flota se perdió en la mar con mucho oro; e del aviso que dió el Almirante
al comendador mayor para que no dejase salir la flota deste puerto, como hombre que conoscía la disposición del tiempo, e
por no le creer ni dejar entrar aquí, se perdió el armada e mucha gente.
A la sazón que el comendador de Lárez, don frey Nicolás de Ovando, de la Orden e caballería militar de Alcántara, pasó a esta
cibdad e isla, no era comendador mayor de su Orden: que después, estando acá, vacó la encomienda mayor de Alcántara por muerte
de don Alonso de Santillán, y el Rey Católico le envió el título e merced de la encomienda mayor al dicho comendador de Lárez,
que acá estaba algunos años había. Y, por tanto, no le llamaré, en todo lo que dél se tractare, sino comendador mayor. El
cual, por mandado del Rey e Reina Católicos, vino a esta isla con treinta naves e carabelas, e muy hermosa armada; e vinieron
con él muchos caballeros e hidalgos, e gente noble de diversas partes de los reinos de Castilla e de León. Porque, en tanto
que la Católica Reina doña Isabel vivió, no se admitían ni dejaban pasar a las Indias sino a los proprios súbditos e vasallos
de los señoríos del patrimonio de la Reina, como quiera que aquéllos fueron los que las Indias descubrieron, e no aragoneses,
ni catalanes, ni valencianos, o vasallos del patrimonio real del Rey Católico; salvo, por especial merced, a algún criado
e persona conoscida de la Casa Real, se le daba licencia, no seyendo castellano. Porque, como estas Indias son de la corona
e conquista de Castilla, así quería la serenísima Reina que solamente sus vasallos pasasen a estas partes, e no otros algunos,
si no fuese por les facer muy señalada merced; e así se guardó fasta el fin del año de mill e quinientos e cuatro que Dios
la llevó a su gloria. Mas después, el Rey Católico, gobernando los reinos de la serenísima reina doña Juana, su fija, nuestra
señora, dió licencia a los aragoneses e a todos sus vasallos, que pasasen a estas partes con oficios e como le plugo. Y después
la Cesárea Majestad extendió más la licencia, e pasan agora de todos sus señoríos, e de todas aquellas partes e vasallos que
están debajo de su monarquía.
Partió, pues, el comendador mayor desde España, año de mill e quinientos y dos años, e llegó a esta cibdad de Sancto Domingo
a quince de abril de aquel año, estando poblada esta vecindad de la otra parte deste río Ozama. E luego fué obedescido por
gobernador; y el comendador Bobadilla, que lo había seído, dió orden en su partida, porque los Reyes Católicos le removieron
del cargo e le dieron licencia que se fuese a España, teniéndose por muy servidos dél en el tiempo que acá estuvo, porque
había retamente e como buen caballero hecho su oficio en todo lo que tocó a su cargo. E así se partió para Castilla en la
flota e armada en que había venido el comendador mayor. Mas, como habían sacado mucho oro, llevábanse en aquel viaje sobre
cien mill pesos de oro fundido e marcado, e algunos granos gruesos por fundir para que en España se viesen. Porque, aunque
ya otras veces se había llevado oro para los Reyes Católicos, e de personas particulares, nunca hasta entonces en un viaje
había ido tanto oro juntamente, fundido e por fundir y en algunos granos señalados. Entre los cuales iba un grano que pesaba
tres mill e seiscientos pesos de oro; e al parescer de hombres entendidos y expertos mineros, decían que no tenia de piedra
tres libras, que son seis marcos, que montan trescientos pesos. Así que, descontado lo que podría haber de piedra, quedaría
el grano en tres mill e trescientos pesos de oro; y era tan grande como una hogaza de Utrera. Y porque dije en la memoria
que escribí en Toledo, año de mill e quinientos e veinte y cinco años, que este grano pesaba tres mill e doscientos pesos,
e aquello se escribió sin ver mis memoriales, e teniéndome atrás de lo que pudiera decir en muchas cosas, ahora digo (pues
estoy donde hay muchos testigos vivos que vieron aquel grano), que pesaba algo más de tres mil e seiscientos pesos, segund
que dije de suso, con piedra e oro. El cual halló una india de Miguel Díaz, del cual se dijo que fué causa que esta cibdad
se poblase aquí, de la otra parte deste río. E porque éste tenía compañía con Francisco de Garay, quedó el grano por entrambos,
e sobre lo que montó el quinto que pertenesció al rey, sacados los derechos, se les pagó la demasía, e quedó el grano para
el Rey y la Reina; e llevándole en aquella armada, se perdió. Y era tan grande, que así como la india que le halló lo enseñó
a los cristianos mineros, ellos, muy alegres, acordaron de almorzar o comer un lechón bueno e gordo, e dijo el uno dellos:
"Mucho tiempo ha que yo he tenido esperanza que he de comer en platos de oro, e pues deste grano se pueden hacer muchos platos,
quiero cortar este lechón sobre él." E así lo hizo; e sobre aquel rico plato lo comieron, e cabía el lechón entero en él,
porque era tan grande como he dicho.
Tornando a la historia, partió el comendador Bobadilla en fuerte hora e con mala ventura, e con él, Antonio de Torres, hermano
del ama del príncipe, que era capitán general de la flota en que el comendador mayor había venido. Y estando para partir,
acaesció que uno o dos días antes que el armada saliese deste puerto, llegó el almirante primero don Cristóbal Colom, con
cuatro carabelas, que venía a descobrir por mandado de los Reyes Católicos, e traía consigo a don Fernando Colom, su fijo
menor. Y como llegó a una legua deste puerto de Sancto Domingo, envió allá el comendador mayor un batel con ciertos marineros;
e créese que estaba avisado de su venida e aun prevenido para que no entrase aquí. Y como el Almirante sintió esto, envió
a decir al comendador mayor que, pues no quería que entrase en lo que había descubierto, que fuese como lo mandaba: que él
no pensaba que de aquello se servían los Reyes Católicos; mas que le pedía por merced al comendador mayor, que no dejase salir
el armada deste puerto, porque el tiempo no le parescía bien, quél se iba a buscar puerto seguro, pues aquí no le fallaba
ni le acogían. E así se fué con sus carabelas a Puerto Escondido, que es en esta isla, a diez leguas desta cibdad de Sancto
Domingo, en la costa o banda del Sur, al Occidente, e allí estuvo hasta que pasó la tormenta que adelante diré. Y después
de pasada, atravesó desde allí para la costa de Tierra Firme, e descubrió lo que se dirá adelante en su lugar. Otros dicen
que se fué a Azua, e que allí estuvo el Almirante hasta que pasó la tormenta.
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Capítulo VIII
De lo que descubrieron en la costa de Tierra Firme los capitanes Alonso de Hojeda y Rodrigo de Bastidas.
En el tiempo que estuvo en España el Almirante primero, se siguió quel capitán Alonso de Hojeda, con el favor del obispo don
Juan Rodríguez de Fonseca (que era el principal que entendía en la gobernación destas Indias), vino a descobrir por la costa
de Tierra Firme, e trujo su derrota a reconoscer debajo del río Marañón, en la provincia de Paria, e llegó a tomar tierra
ocho leguas encima de donde agora está la población de Sancta Marta, en una provincia que se decía Cinta. Y era allí cacique
uno llamado Ayaro, el cual quedó de paces e muy amigo de los cristianos; al cual después tronó por engaño, e no bien faciéndolo,
otro capitán dicho Cristóbal Guerra. Esto fué año de mill e quinientos y uno.
Pero no fueron solos estos armadores; porque el capitán Rodrigo de Bastidas corrió desde el cabo de la Vela (donde el Almirante
había llegado cuando descubrió la costa de Tierra Firme), e pasó adelante al Poniente, como se dirá en su lugar. Porque sin
culpa mía no podría callar lo que a mi noticia ha venido de lo que señaladamente ha hecho cada uno en estas partes, que sea
digno de acuerdo, por tanto, digo que Rodrigo de Bastidas salió de España año de mill e quinientos e dos, con dos carabelas,
desde el puerto o bahía de la cibdad de Cádiz, a su costa e de Juan de Ledesma e otros sus amigos. E la primera tierra que
tomaron fué una isla, que por ser muy fresca e de muy grandes arboledas, la llamaron Isla Verde; la cual isla está a la banda
o parte que hay desde la isla de Guadalupe hacia la Tierra Firme, e cerca de las otras islas que en aquel paraje hay. E de
allí, levantados estos navíos, fueron por la costa de la Tierra Firme, e platicando con los indios en diversas partes della,
hobieron hasta cuarenta marcos de oro: e discurrieron por la costa, la vía del Poniente, por delante del puerto de Sancta
Marta, desde el cabo de la Vela, e por delante del río Grande. Y más adelante descubrió el mismo capitán Rodrigo de Bastidas
el puerto de Zamba, e los Coronados, que es una tierra donde todos los indios della traen muy grandes coronas. Y más al Occidente
descubrió el puerto que llaman de Cartagena, y descubrió las islas de Sanct Bernaldo e las de Baru, e las que llaman islas
de Arenas, que están enfrente e cerca de la dicha Cartagena. Y de ahí pasó adelante e descubrió a Isla Fuerte, que es una
isla llana, dos leguas de la costa de Tierra Firme, donde se face mucha sal e buena. E más adelante está la isla de la Tortuga;
ésta es muy pequeña e no poblada. E más adelante descubrió el puerto del Cenú: y pasó más adelante e descubrió la punta de
Caribana, que está a la boca del golfo de Urabá, y entró dentro del mismo golfo e vió los isleos o farallones que están en
la otra costa frontera, junto a tierra, en la provincia del Darién. Y como allí llegó, acabó de descubrir las ciento e treinta
leguas que he dicho, poco más o menos, que hay desde el cabo de la Vela hasta allí. E cuando el agua fué de baja mar, hallóla
dulce en cuatro brazas donde pudo estar surgido, e llamó golfo Dulce aquel que se llama de Urabá; pero no vido el río de Sanct
Juan, que también le llaman río Grande, que entra por siete bocas o siete brazos en el dicho golfo, el cual es causa que se
torne dulce en la jusente o menguante el agua de la atar, y en más espacio de doce leguas de luengo e otras cuatro e cinco,
y en partes seis, de ancho que hay de costa a costa, dentro en el dicho golfo de Urabá; de lo cual y del dicho río se dirán
más particularidades adelante, porque yo he estado algunos años en aquella tierra. En este viaje iba por piloto principal
Juan de la Cosa, que fué muy excelente hombre de la mar.
En aquel golfo estuvieron estos armadores algunos días, e como los navíos estaban ya muy bromados e facían mucha agua, acordaron
de dar la vuelta e atravesaron a la isla de Jamaica, donde tomaron refresco. Y de allí fueron a la isla Española, y entraron
en el golfo de Xaraguá, e allí perdieron los navíos, que no los podían sostener; e salió la gente en tierra, e fuéronse a
la cibdad de Sancto Domingo, donde fallaron al comendador Bobadilla, que ya tenía preso al Almirante. E también prendió al
dicho capitán Bastidas porque había rescatado con los indios de la misma isla Española, y envióle preso a España en el mismo
navío quel Almirante fué llevado: porque la una prisión e la otra fueron casi a un tiempo. Pero luego el Rey e la Reina le
mandaron soltar, e por este servicio, que fué grande e fecho a propria costa del mismo capitán Rodrigo de Bastidas e otros
sus amigos, como he dicho, los Católicos Reves le ficieron merced de cincuenta mill maravedís de juro de por vida en aquella
tierra e provincia del Darién.
Todo lo que descubrió Bastidas en este viaje, fasta la punta de Caribana, es de indios flecheros e de la más recia gente
de la Tierra Firme, e tales son desde el cabo de la Vela, al Oriente, fasta la punta de las Salinas e Boca del Dragón, e todo
lo quel primero Almirante había descubierto en Tierra Firme. E tiran, en toda la dicha costa e islas della, con hierba muy
mala e inremediable; e si hay remedio, los cristianos no le saben. En su lugar se dirá de qué manera o con qué materiales
facen los indios esta ponzoñosa hierba; e por no me detener agora en esto, tornaré al Almirante e a su descubrimiento.
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Capítulo IX
Que tracta de cómo se perdió el armada con el comendador Bobadilla, e del último viaje e descubrimiento que fizo el almirante
don Cristóbal Colom en la Tierra Firme.
Dicho tengo en el capítulo VII deste libro, cómo el Almirante llegó cerca del puerto desta cibdad. viniendo de España para
ir a descubrir lo que descubrió en su último viaje de la Tierra Firme, yendo a buscar el estrecho quél decía que había de
fallar para pasar a la mar austral (en lo cual se engañó, porqué el estrecho quél pensaba ser de mar, es de tierra, como se
dirá adelante). Pero no le fué dado lugar por el comendador mayor para que entrase en este puerto desta cibdad de Sancto Domingo.
Por lo cual, después, el Almirante envió a avisar quel tiempo estaba de manera que le parescía quel comendador Bobadilla,
e la armada que con él estaba aparejada para ir a España, en ninguna manera debía partir desta cibdad; mas, como no se le
dió crédito, subcedió dello lo que aquí diré. Y el Almirante, como prudente nauta, se acogió a Puerto Escondido; e pasada
la tormenta, tiró su camino para el descubrimiento de la Tierra Firme. E como ya él tenía noticia quel capitán Rodrigo de
Bastidas había descubierto hasta el golfo de Urabá (que está en nueve grados e medio la punta de Caribana, que es a la boca
de aquel golfo), pasóse adelante a descobrir la costa de Tierra Firme más al Poniente; lo cual en este capítulo se dirá, porque
no quiero olvidar la muerte del comendador Bobadilla e del capitán de la flota, Antonio de Torres. hermano del ama del príncipe,
lo cual pasó desta manera.
Partieron estos caballeros de aqueste río e puerto desta cibdad de Sancto Domingo, por no haber tomado el consejo del Almirante.
E salida el armada a la mar, ocho o diez leguas de aquí, dióles tal tiempo, que de treinta naos e carabelas. no escaparon
más de cuatro o cinco, e dieron al través todas las de demás por estas costas, e muchas se hundieron e las tragó la mar, que
jamás parescieron. E anegáronse más de quinientos hombres, entre los cuales eran los más principales los que tengo dicho,
e asimismo aquel Roldán Ximénez, que se había alzado contra el Almirante e Adelantado, su hermano; e se ahogaron asimismo
otros gentiles hombres, hidalgos e muy buena gente. E allí se perdió aquel grano de oro que dije que pesaba tres mill e seiscientos
pesos. con más de otros cien mill pesos de oro y otras muchas cosas: así que fué muy gran pérdida mala jornada.
El Almirante, como conosció el tiempo, recogióse al Puerto Escondido, el cual nombre él le puso; e desde allí, así corto fué
pasada la tormenta, atravesó la vuelta de la Tierra Firme, e no corrió riesgo, segund paresció por el efeto; porque descubrió,
debajo de lo que tengo dicho que costeó Bastidas, segund yo oí a los pilotos Pedro de Umbría e Diego Martín Cabrera, e Martín
de los Reyes, y a otros que se hallaron en ello, lo que agora diré. El Almirante fué a reconoscer la isla de Jamaica; y de
allí pasó y fué a reconoscer el cabo de Higüeras y las islas de los Guanajes (una de las cuales se dice Guanaja), y fué a
Puerto de Honduras, a la cual tierra llamó e puso nombre Punta de Cajines; e de allí fué al cabo de Gracias a Dios, y tiró
la vuelta del Levante, la costa arriba de Tierra Firme, y descubrió la provincia e río de Veragua, e pasó a otro río grande,
que está más al Oriente, e llamóle río de Belén. Este está una legua del río que los indios llaman Yebra, que es el mismo
de Veragua (la cual se cree que es una de las más ricas cosas que hay en todo lo descubierto). Y de ahí, subiendo la costa
al Oriente, llegó a un gran río, e llamóle río de Lagartos. Este es el que agora los cristianos llaman Chagre, que nasce cerca
de la mar del Sur, aunque viene a fenescer en la del Norte, e pasa a cuatro leguas de Panamá. Y de allí, discurriendo, llegó
a una isla que está junto a la costa de la Tierra Firme, e llamóla isla de Bastimentos, e a Puerto Bello. E de allí pasó por
delante del Nombre de Dios (el cual nombre puso después a aquel puerto el capitán Diego de Nicuesa, como se dirá en su lugar).
E pasó el Almirante al río de Francisca e al puerto del Retrete; e de allí subió hasta el golfo de Secativa, e llamólo golfo
de Sanct Blas; e subió más por la costa, hasta las islas de Pocorosa, e allí llamó el Almirante a aquello el cabo del Mármol.
Por manera que deste camino, que fué el último quel Almirante fizo a estas partes, descubrió de la Tierra Firme ciento -e
noventa o doscientas leguas de costa, poco más o menos.
E desde allí atravesó a la isla de Jamaica, la cual está, del cabo de Gracias a Dios, la vuelta del Nordeste, cient leguas.
E allí se le perdieron los dos navíos, que los traía ya muy cansados e bromados; e de cuatro que había llevado, el uno dejó
perdido en el río de Yebra (que es en la provincia de Veragua), y el otro le dejó en la mar, porque no se podía tener sobre
el agua; porque en aquellas costas de Tierra Firme,. como hay muchos e grandes ríos,
así hay mucha broma en ellos, e presto se pierden los navíos. Pero, en treinta días que atravesaron, fué a reconoscer la tierra
de Omohaya, que es en la isla de Cuba, de la banda del Sur, cuasi al fin de la isla, donde agora está poblada la villa de
la Trinidad. E desde allí fué a Jamaica, donde, como es dicho, perdió los otros dos navíos, e dió con ellos, zabordando en
la costa, donde agora dicen Sevilla. E desde allí dió noticia de su venida al comendador mayor (que estaba en esta cibdad
de Sancto Domingo) con una canoa que envió de indios, y en ella a Diego Méndez, su criado, que es un hidalgo, hombre de honra,
vecino desta cibdad, que hoy día vive. El cual se atrevió a mucho, por ser la canoa muy pequeña, e porque fácilmente se trastornan
en la mar tales canoas, e no son para engolfarse ninguno que ame su vida, sino para la costa e cerca de tierra. Pero él, como
buen criado e hombre animoso, viendo a su señor en tanta nescesidad, se aventuró e determinó, e pasó toda la mar que hay desde
aquella isla a ésta, con las cartas del Almirante para quel comendador mayor le socorriese y enviase por él. Por el cual servicio
(que en la verdad fué muy señalado, cuanto se puede encarescer) el Almirante siempre le tuvo mucho amor, e le favoresció.
E sabido por el Rey Católico, le hizo mercedes, e le dió por armas la misma canoa, por ejemplo de su lealtad. E sin dubda,
en aquellos principios, meterse un hombre en la mar con sus enemigos, seyendo como son tan grandes nadadores, y en barca o
pasaje tan peligroso e incierto, fué cosa de grande ánimo y de señalada lealtad e amor que a su señor tuvo.
Y cómo el comendador mayor vido las cartas del Almirante, envió luego una carabela a saber si era verdad, e para ver de la
manera que estaba el Almirante e sentir la cosa, e no para lo traer. Pero el Diego Méndez compró un navío de los dineros del
Almirante, e bastecióle y envió por su señor, en que vino a esta isla, en tanto quel Diego Méndez fué a Castilla a dar noticia
al Rey e Reina Católicos de lo quel Almirante había fecho en aquel viaje.
No es razón de dejar en silencio lo que al Almirante intervino en aquella isla, después de haber enviado a Diego Méndez a
ésta, como es dicho, a dar noticia de su quedada allí, porque es cosa memorable y para ser notado lo que agora diré. Es de
saber que, así de los trabajos que su gente e marineros habían pasado en este descubrimiento, como en haber pasado por tan
diferentes regiones, e con tan malas comidas e falta de reposo, había muchos enfermos; e los que estaban sanos se le amotinaron,
inducidos a ello por dos hermanos que allí iban, llamados Francisco de Porras, capitán de un navío de aquéllos, e Diego de
Porras, contador de aquella armada. Los cuales tomaron todas las canoas que los indios tenían, e publicaron que el Almirante
no quería ir a Castilla, porque les había dicho que esperasen la respuesta de Diego Méndez y que enviase navíos que los llevasen
a todos. Pero ellos, mal aconsejados, no queriendo obedescer su mandado, se fueron e metieron en la mar, pensando atravesar
e venir en las canoas a esta isla Española: e aunque muchas veces lo tentaron, no pudieron salir con su intención; antes,
porfiándolo, se anegaron algunos de los compañeros que a éstos seguían. Por lo cual acordaron los que dellos quedaron, de
volver donde el Almirante quedaba, con determinación de le tomar los navíos que le hobiesen venido. Mas, en tanto que los
alzados e desobedientes entendían en lo que es dicho, cobraron salud los que habían quedado enfermos, y en compañía del Almirante,
aunque eran pocos en número. Y como fué entendida la malicia, mandó el Almirante al adelantado don Bartolomé, su hermano,
que saliese al campo a resistir el mal propósito de los contrarios. E peleó con ellos, e los desbarató e venció, e mató tres
o cuatro dellos, e otros muchos quedaron heridos. E aquesta fué la primera batalla que se sabe haber habido entre cristianos
en estas partes e Indias. Y el Francisco e Diego de Porras fueron presos.
Antes que esta batalla e diferencias subcediesen, como los indios vieron que los que estaban sanos de los cristianos se habían
ido e dejado al Almirante, e que los que con él habían quedado eran pocos y enfermos, no lee querían, dar de comer ni otra
cosa alguna. E viendo esto el Almirante, hizo juntar a muchos de los indios e díjoles que si no le daban de comer a él e a
los cristianos, que tuviesen por cierto que había de venir muy presto una pestilencia tan grande que no quedase indio alguno
dellos, e que por señal desto e de la pestilencia e vertimiento de sangre que habría en ellos, verían tal día (que él les
señaló), e a tal hora, la luna hecha sangre. Esto dijo él porque, como era gentil astrólogo, sabía que había de ser eclipse
de la luna cuando les había dicho. Llegado, pues, el tiempo, como vieron los indios eclipsada la luna, creyeron lo que el
Almirante les había dicho, e muchos dellos fueron, dando voces e llorando, a pedir perdón e rogar al Almirante que no estuviese
enojado; e diéronle a él e a los que con él estaban cuanto querían e habían menester de sus mantemientos, e sirviéronle muy
bien.
En aquesta aranera de vida trabajosa estuvo el Almirante e los cristianos que le quedaron, un año, durmiendo e habitando en
los navíos que estaban al través, anegados hasta la cubierta, dentro del agua de la mar, junto a tierra, e dentro del puerto
donde agora está la villa de Sevilla, que es la principal población de aquella isla. E allí cerca fué la batalla que es dicho,
y el puerto se dice Sancta Gloria.
Pasado lo que es dicho, llegó la carabela que Diego Méndez envió por el Almirante; y cuando se embarcaba en ella, lloraban
los indios porque se iba, porque pensaban que él e los cristianos eran gentes celestiales.
Llegado el Almirante a esta cibdad de Sancto Domingo, estuvo algunos días descansando aquí; e festejóle el comendador mayor,
e túvole en su posada, fasta que después se partió el Almirante, en los primeros navíos que fueron a España, a dar cuenta
al Rey Católico de lo que había fecho en este su postrero descubrimiento de parte de la Tierra Firme. E de aquel camino, después
que volvió a Castilla, como ya era viejo y enfermo, e muy apasionado de gota, murió en Valladolid, año de la Natividad de
Cristo de mill e quinientos y seis años, en el mes de mayo, estando el Rey Católico en Villafranca de Valcázar, a la sazón
quel serenísimo rey don Felipe e la serenísima reina doña Juana, padres de la Cesárea Majestad, nuestros señores, venían a
reinar en Castilla.
Así que, muerto el Almirante donde he dicho, fué llevado su cuerpo a Sevilla, al monesterio que está de la otra parte del
Guadalquivir, llamado las Cuevas, de la orden de la Cartuja, e allí se puso en depósito. ¡Plegue a Dios de le tener en su
gloria!..., porque, demás de lo que sirvió a los reyes de Castilla, mucho es lo que todos los españoles le deben; porque,
aunque en estas partes han padescido e muerto muchos dellos en las conquistas e pacificación destas Indias, otros muchos quedaron
ricos e remediados. E, lo que mejor es, que en tierras tan apartadas de Europa, e donde el diablo era tan servido e acatado,
le hayan los cristianos desterrado della, e plantado y ejercitado la sagrada fe católica nuestra e Iglesia de Dios en partes
tan remotas y extrañas, e de tan grandes reinos e señoríos, por medio e industria del almirante don Cristóbal Colom. Y que,
demás desto, se hayan llevado e llevarán tantos tesoros de oro, e plata, e perlas, e otras muchas riquezas e mercaderías a
España; por lo cual, ningún virtuoso español se desacordará de tantos beneficios como su patria rescibe e han resultado, mediante
Dios, por la mano de aqueste primero Almirante destas Indias.
Al cual subcedió en su título e casa y Estado el almirante don Diego Colom, su hijo; el cual casó con doña María de Toledo,
sobrina del ilustre don Fadrique de Toledo, comendador mayor de León en la Orden militar de Santiago. En la cual hobo el almirante
don Diego Colom al almirante don Luis Colom, que después heredó su casa y Estado y al presente lo tiene, e hobo otros fijos
en esta señora.
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Capítulo X
De la gobernación del comendador mayor, don frey Nicolás de Ovando; e de cómo se pasó la vecindad desta cibdad, que estaba
de la otra parte del río, adonde agora está, y de las iglesias y perlados dellas que ha habido y hay en esta isla Española,
e de los edificios desta cibdad de Sancto Domingo y otras cosas notables desta isla.
Porque en la segunda parte destas historias se continuarán los descubrimientos de los particulares armadores, solamente digo
que el año de mill e quinientos y cuatro Juan de la Cosa e otros sus consortes pasaron con cuatro navíos a la costa de la
Tierra Firme, y en ella y en algunas islas cargaron de brasil y esclavos.
En el cual tiempo, también otro capitán, llamado Cristóbal Guerra, armó e pasó a la Tierra Firme a extragar lo que pudo; y
del mal subceso de los unos e los otros se dirá en su lugar conviniente. E asimesmo de la desventurada muerte del capitán
Diego de Nicuesa, y del primero descubrimiento de la mar del Sur, hecho por Vasco Núñez de Balboa, y del mal fin e nombre
con que acabó sus días. Pero, porque todo esto es del jaez de la segunda parte de la Natural e General Historia destas Indias,
decirlo he donde mejor cuadre e sea más conviniente la relación dello.
E, por tanto, volveré a esta isla Española e cibdad de Sancto Domingo, donde llegó el comendador mayor, don frey Nicolás de
Ovando (estando la población de la otra parte deste río), a los quince del mes de abril de mill e quinientos y dos años, e
se fué el comendador Bobadilla con la armada, segund es dicho. E aquel mismo año vino el almirante don Cristóbal Colom a facer
el descubrimiento de Veragua e parte de la Tierra Firme: e aportó después en Jamaica, do quedaron sus carabelas perdidas,
e vino aquí en el mes de septiembre de mill e quinientos y cuatro años. Pero lo cierto es que el Almirante vino el mismo año
o desde a poco tiempo que el comendador mayor acá estaba, porque en los mismos navíos quél vino se tomaba a España el comendador
Bobadilla; e aquellos se perdieron por no haber tomado el consejo del Almirante, segund lo he dicho.
Así que, tornando a la historia, digo que, después que ahí llegó Colom venido de Jamaica, hobo una tormenta (que los indios
llaman huracán), a los doce días del mes de septiembre, que derribó todas las casas e buhíos desta cibdad, o la mayor parte dellas. Mas,
porque después, pasados algunos años, hobo otras dos tormentas o huracanes mayores, de que más largamente se dirá adelante,
no diré aquí más en esto del huracán.
E ya esta cibdad la había hecho pasar donde agora está el comendador mayor. E de allí adelante se comenzaron a edificar e
labrar casas de piedra e de buenas paredes, y edificios. Pero yo no le pienso loar haber pasado aquí la cibdad, ni haberla
quitado de la otra costa o ribera deste río, donde primero fué fundada; porque, en la verdad, de nescesidad sería más sano
asiento e vivir del otro cabo que de aqueste, porque entre el sol e aquesta cibdad, pasa el río de la Ozama; e así, las nieblas
de la mañana, luego quel sol aparesce, las derriba o trastorna sobre esta cibdad. Demás de aqueste defeto, que es muy grande,
el agua de una muy buena fuente, de donde se provee la mayor parte desta población, está enfrente della, de la otra parte
del río, e los que no quieren beber de los pozos, que no son buenos, o no hacen traer agua de otras partes lejos, van allí
por agua. E como este río es muy hondo, no tiene puente; e a esta causa, aunque hay una barca ordinaria que la cibdad paga
e tiene para pasar a cuantos quisieren ir o venir e atravesar el río a pie o a caballo, es menester tener un esclavo, o más
otros mozos, ocupados solamente en proveer la casa de agua de la dicha fuente: así que, grande inconveniente es también. Mas
dió lugar a esta inadvertencia del comendador mayor, ser muy posible traerse el agua a esta cibdad desde un río que se llama
Háina, que está a trs leguas de aquí, de muy buena agua, e pueden facer que venga a la plaza desta cibdad e a todas las casas
que aquí hay; con lo cual sería una de las poblaciones muy buenas del mundo, e así cesaría el defeto del agua. E también pudo
causar la mudanza deste pueblo, que siempre los gobernadores nuevos quieren enmendar las obras de los pasados, o dar forma
cómo se olvide lo que los antecesores en el oficio obraron, para escurecer la fama del que pasó.
Pero, con estos inconvenientes que he dicho desta cibdad, tiene otras cosas buenas. Lo primero, está aquí una iglesia catedral
cuya erección se fizo por el Católico rey don Fernando e la serenísima reina doña Joana, su fija, nuestra señora; y el primero
obispo della fué don fray García de Padilla, de la Orden de Sanct Francisco, el cual no pasó a estas partes porque vivió poco
después que fué obispo; y el segundo fué el maestro Alejandro Geraldino. Este fué romano, e buen perlado y, de sana intención.
El tercero obispo desta sancta iglesia e obispado de Sancto Domingo, que hoy tenemos, es don Sebastián Ramírez de Fuente Leal,
presidente que fué de la Audiencia Real que aquí reside, el cual es asimismo obispo de la iglesia de la cibdad de la Concepción
de la Vega, en esta misma isla de Haití o Española, que está treinta leguas la una cibdad de la otra.
Mas, para que mejor se entienda la unión destas dos iglesias e obispados, es de saber que cuando fué hecho el primer obispo
desta cibdad fray García de Padilla, fué hecho el primer obispo de la cibdad de la Concepción de la Vega don Pero Suárez de
Deza. Y aqueste fué el primero obispo que pasó a esta isla e a las Indias destas partes; e después de los días de aquél, no
proveyeron de obispo de la Vega a otro alguno. Y estando vacantes ambas iglesias, la de la Vega en este su primer obispo,
don Pero Suárez de Deza, e aquesta de Sancto Domingo en su obispo segundo, que fué el maestro Alejandro Geraldino, la Cesárea
Majestad quiso unir entrambas iglesias catedrales debajo de una mitra e solo un obispo, a causa que, seyendo dos perlados,
era poca renta, e juntas las iglesias, es buena cosa. E así proveyó Su Majestad de perlado en quien entrambos obispados estuviesen;
y éste fué fray Luis de Figueroa, prior del monesterio de la Mejorada, de la Orden de Sanct Hierónimo, que es una legua de
la villa de Olmedo. Y estando las bulas concedidas e despachadas por el Papa el año de mill e quinientos e veinte y cuatro,
antes quel despacho viniese de Roma, murió el eleto en el monesterio suyo, que he dicho, de la Mejorada. E la Cesárea Majestad,
después desta, hizo la misma merced quel mismo eleto tenía, a don Sebastián Ramírez de Fuente Leal, obispo que hoy tenemos,
en el cual fueron unidas ambas iglesias en un perlado, e la presidencia desta Real Audiencia e Chancillería que aquí reside.
Y después que en esta cibdad estuvo un poco de tiempo, le mandó la Cesárea Majestad que pasase a la Nueva España, con el mismo
cargo de la presidencia, para reformar aquella tierra.
Y esto baste cuanto a los perlados, e fablemos en la propria Iglesia: la cual, demás de tener las dignidades e canónigos e
racioneros que conviene, e todo lo demás concerniente al servicio del culto divino, es muy bien edificada en lo que está fecho,
e acabada, será sumptuosa e tal que algunas de las catedrales de España no le harán ventaja; porque es de fermosa e fuerte
cantería, de la cual hay aquí asaz canteras o veneros de piedra junto a la cibdad, en la costa deste río, cuanto quieren.
E así está aquesta cibdad tan bien edificada, que ningún pueblo hay en España, tanto por tanto, mejor labrado generalmente,
dejando aparte la insigne e muy noble cibdad de Barcelona. Porque, demás deste aparejo grande que he dicho de la piedra, e
toda la buena cal que al propósito de la fábrica es menester, hay muy singular tierra para tapiería, e hácense tales tapias,
que son como muy fuerte argamasa. E así hay aquí muy buenas e muchas casas principales en que cualquier señor e grande se
podría aposentar; e aun algunas dellas son tales, que en muy buenos pueblos de los de España he yo visto la Cesárea Majestad
aposentado en casas no tales, cuanto a la labor dellas, y en muchas que en sitio e vista no se igualan con éstas.
Es aquesta cibdad toda tan llana como una mesa; e al luengo della, de Norte a Sur, pasa el río de la Ozama, que es navegable,
hondo e muy hermoso a causa de las heredades e jardines e labranzas que en sus costas hay, con muchos naranjos e cañafístoles
e arboledas de fructa de muchas maneras. A la parte que esta cibdad tiene el Mediodía, está la mar batiendo en ella, de forma
quel río e la mar cercan la mitad o más parte desta cibdad. E a la parte del Poniente e del Norte está la tierra, donde se
extiende más la población de hermosas calles, e muy bien ordenadas e anchas, e tiene de parte de la tierra muy hermosos prados
y salidas.
En conclusión: que en vista e asiento, y en lo que es dicho, no hay más que pedir; puesto que no está tan poblada ni de tanta
vecindad como estuvo el año de mill y quinientos e veinte e cinco, cuando yo fice relación a Su Majestad desta cibdad en aquel
Sumario reportorio que escrebí de cosas de Indias, a causa que todo lo desta vida sana y adolesce; e muchos que se han hallado
ricos, se han ido á España, e otros a poblar en otras islas, e a Tierra Firme, porque desde aquí se ha descubierto e poblado
e proveído siempre lo más de las Indias, como desde cabeza e madre e nudridora de todas las otras partes deste Imperio. También
han sido causa de se haber ido mucha gente de aquesta isla, las grandes nuevas que en diversos tiempos han venido de los descubrimientos
nuevos del Perú e otras partes: e como los hombres son amigos de novedades e desean presto enriquescer, muchos dellos (en
especial los que ya estaban aquí asentados) han acertado a empobrescer, por no reposar.
El puerto desta cibdad es doce o quince pasos de tierra donde surgen las naos; e las casas que están en la costa del río,
están así cercanas de los navíos como en Nápoles, o en el Tíber de Roma, o en Guadalquivir en Sevilla e Triana. Y en cuatro
brazas de agua, tan cerca como he dicho, surgen naos grandes de dos gavias, y otras algo menores se allegan tanto a la tierra,
que echan una plancha e sin barca, por la plancha, botan en tierra las pipas e toneles, e también toman la carga. Hay, desde
donde surgen las naos hasta la boca de la mar e comienzo de la entrada del puerto, tiro e medio de escopeta, o poco más. Y
entrando en el río dentro, a par del puerto, está un castillo asaz fuerte para la defensión e guarda del puerto y de la cibdad;
el cual edificó el comendador mayor don frey Nicolás de Ovando en el tiempo de su gobernación. Pero, porque no se olvide tan
señalada particularidad, ni pierdan las gracias los que las merescen por primeros edificadores, digo quel que primero fundó
casa de piedra e al modo de España en esta cibdad fué Francisco de Garay; e después dél, frey Alonso del Viso, de la Orden
e Caballería de Calatrava; y el tercero fué el piloto Roldán, en las Cuatro Calles; y el cuarto fué Juan Fernández de las
Varas. Después, y tras las que he dicho, se principió la fortaleza e se ficieron otros edificios, e se hacen e labran cada
día por el gran aparejo de los materiales que hay para la fábrica.
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Capítulo XI
De la ventaja y diferencia que el auctor pone de esta isla Española a las islas de Secilia e Inglaterra, e las razones que
para ello expresa.
Bien conozco que toda comparación es odiosa para algunos de los que escuchan lo que no querrían oír; e así acaescerá a algunos
letores secilianos e ingleses con este mi tractado, en especial con lo que podrán ver en este capítulo, en el cual torno a
decir lo que he dicho y escrito otras veces, y es: que si un príncipe no tuviese más señorío de aquesta isla sola, en breve
tiempo sería tal, que hiciese ventaja a las islas de Secilia e Inglaterra; porque lo que aquí sobra, a otras provincias haría
muy ricas. Y porque he puesto la comparación en dos islas de las mayores y mejores de los cristianos, razón es que diga qué
me movió a poner la comparación en ellas.
Díjelo, porque aquellas dos islas e cada una dellas son muy ricas e notables reinos, e porque son muy conoscidas. Díjelo,
porque esta isla Española es donde hay muy ricas minas de oro, e muy abundantes e continuas, que solamente se enflaquescen
cuando los hombres dejan de ejercitarse en ellas. Díjelo, porque, habiendo venido en nuestro tiempo las primeras vacas de
España a esta isla, son ya tantas, que las naves tornan cargadas de los cueros dellas; e ha acaescido muchas veces alancear
trescientas e quinientas dellas, e más o menos, como place a sus dueños, e dejar en el campo perder la carne, por llevar los
cueros a España. Y porque mejor se entienda esto ser así, digo quel arrelde de carne vale a dos maravedís. Díjelo, porque
asimismo se trujeron las primeras yeguas del Andalucía, y hay tantos caballos e yeguas, que han valido a cuatro e a tres castellanos,
e una vaca paridera un castellano, y un carnero un real. Yo digo lo que he visto en esto de los ganados, e yo los he vendido
de mi hacienda, en la villa de Sanct Juan de la Maguana, a este prescio o menos. Deste ganado vacuno e de puerco se ha hecho
mucho dello salvaje; y también de los perros e gatos domésticos que se trujeron de España, hay muchos dellos bravos por los
montes.
En esta isla hay tanto algodón que la natura produce, que si se diesen las gentes a lo curar y labrar, más e mejor que en
parte del mundo se haría. En la isla del Xío, que es en el archipiélago la principal que tienen genoveses, es una de sus más
principales riquezas e granjerías el algodón, y aquí no curan dello. Hay innumerable cañafístola en esta isla; y muy hermosas
arboledas della, y en gran cantidad, continuamente se carga para España e otras partes, y es muy buena e vale el quintal a
cuatro ducados y menos.
Hay tanto azúcar, que entre los ingenios que muelen e los que se labran (que molerán presto), hay, en sola esta isla, veinte
ingenios poderosos, que cada uno dellos es muy rico y hermoso heredamiento; sin otros trapiches de caballos.
E continuamente van las naves cargadas, e muchas carabelas, con azúcar a España, e vale aquí el arroba a ducado, y a peso,
y a menos, y es muy bueno. Y las mieles y sobras que del azúcar acá se pierden e se dan a los negros e trabajadores, serían
en otras partes un gran tesoro.
Hay en estas islas mucho brasil, e non curan dello, por no trabajar en ir a lo sacar e cortar en las sierras que llaman del
Baoruco, e porque hay otras cosas muchas en que ganar y emplear el tiempo, sin tanto trabajo e con menos costa. Hay excelente
color de azul, y mucho, aunque acá lo estiman poco, puesto que no es menos bueno que el que nuestros pintores llaman de acre.
Hay muchos y muy grandes montes e boscajes de los árboles del guayacán, que, puesta esta madera o leños dél en la playa del
puerto desta cibdad, vale el quintal a sesenta maravedís, e a veces a real de plata: e hay en muchas partes del mundo donde
vale a dos e a tres reales la libra; e yo lo he visto vender en Medina del Campo a dos reales la libra, y aquí es tenido en
poco por la mucha abundancia que hay dello, y es muy excelente y maravilloso árbol, por las grandes curas y diversas enfermedades
que con este palo se curan e con el agua dél.
Todas las cosas que se siembran e cultivan en esta isla, de las que han venido de España, las más se dan e han multiplicado
muy bien. En lo que dije de los ganados, hay hombres e vecinos desta cibdad, de a siete y de a ocho y de a diez y doce mill
cabezas de vacas, y tal de a diez e ocho o veinte mill cabezas e más, y aun veinte y cinco e treinta y dos; y si dijere cuarenta
y dos, hay quien las tiene: que es una dueña viuda, honrada hijadalgo, llamada María de Arana, mujer de un hidalgo que se
decía Diego Solano, que ha poco tiempo que murió. Y porque cuando la primera vez se imprimió esta primera parte, dije quel
señor obispo de Venezuela, que agora lo es de Sanct Johan, don Rodrigo de Bastidas, tenía diez e seis mill cabezas deste ganado,
digo que al presente, en este año de mill e quinientos e cuarenta e siete años, tiene veinte e cinco mill cabezas, o más,
de vacas. De los carneros y yeguas hay mucho ganado asimismo. De los puercos se han alzado e ido al monte tantos, que andan
a grandes rebaños, fechos monteses salvajes, así dellos como de las vacas; porque los pastos son muchos e muy ordinarios,
las aguas muy buenas, los aires templados, y el verano y el invierno de tal manera, que hay poca diferencia, en todo tiempo,
de los días a las noches; y el tiempo del invierno es sin frío, e la calor del verano no es demasiada. Y la isla es grande,
donde se pueden bien extender los ganados e las gentes con sus labranzas, porque boja su circunferencia de aquesta isla trescientas
e cincuenta leguas, pocas más o menos, costa a costa terrena, e aun algunos dicen cuatrocientas.
En esta isla se han fecho innumerables naranjos, e cidras, e limas, e limones dulces e agros, y es tan bueno todo, que lo
mejor de Córdoba o Sevilla no le hace ventaja, e haylo siempre. Hay muchas higueras e granados, e solamente se han dejado
de dar en esta tierra las fructas e árboles de cuesco: e aunque podrá alguno decir con verdad que hay olivos dentro en esta
cibdad, e algunos dellos hermosos e grandes, digo que es así, pero son estériles, porque no llevan otra fructa alguna, salvo
hojas. Hay muy buena hortaliza, así de lechugas e rábanos y berros, como de perejil e culantro e hierbabuena, e cebolletas
e coles de las que llaman llantas o berzas napolitanas e abiertas, como de los repollos cerrados o murcianos. Hácense también
las berenjenas, que les es tan natural e a su propósito esta tierra, como a los negros la Guinea; porque acá se hacen muy
mejor que en España, y un pie de una berenjena tura dos y tres años e más, dando siempre berenjenas. Hácense también los fésoles,
que es muy grande su abundancia, y es muy gentil legumbre. (Estos se llaman en Aragón judías.) Hácense buenos nabos, algunas
veces, e zanahorias, e muchos pepinos. Hay melones de Castilla muy buenos, e la mayor parte de todo el año. E lo mismo hacen
los higos, que la mayor parte del año los hay, pocos o muchos (como los melones); pero en su tiempo ordinario son mayores
e mejores. Poco tiempo ha que por la diligencia de un vecino desta cibdad, se han fecho muchos cardos. Como cosa nueva, los
vendió bien; pero desgraciados e amargos, e aparejados para los cobdiciosos de beber, porque, a la verdad, este manjar o granjería
no es tal acá como en las tierras frías de nuestra España; ni los nabos e las zanahorias.
En conclusión: que todas las cosas que he dicho que se trujeron de España, aquéllas se dejan de hacer e multiplicar de que
los hombres se descuidan e no curan; porque el tiempo que las han de esperar, le quieren ocupar en otras granjerías gruesas
e de más provecho e para enriquescer más pronto. Y en especial, los que en estas partes no tienen pensamiento de permanescer
ni quieren desta tierra sino desfructalla e volverse a sus patrias, danse a la mercaduría o a las minas, o a la pesquería
de las perlas, e a otras cosas con que presto alleguen hacienda con que se vayan. E, por tanto, ningunos o muy raros son los
que quieren ocuparse en sembrar pan o poner viñas, porque los más que por acá andan, tienen esta tierra por madrastra, aunque
a muchos hales ido muy mejor que en su propria madre.
Pues no se piense que si falta pan e vino de Castilla que es por culpa de la tierra: se ha probado algunas veces el pan e
se ha hecho muy bien; e asimismo las uvas, como se puede ver en muy buenas uvas de muchas parras que hay en esta cibdad. E
aunque no se hubieran traído de Castilla los sarmientos, muchas uvas de parras salvajes hay en la isla, e dellas se pudieran
plantar y enjerir: que así se cree que hobieron principio todas las del mundo. Cuanto más que yo vi en el mes de febrero del
año de mill e quinientos e treinta y nueve, que un vecino desta cibdad hizo sacar de la plaza una canasta de uvas de un majuelo
o viña nueva que tiene en la ribera de Nigua, cuatro leguas y media o cinco de aquí, e se vendieron, a dos reales de plata
la libra, hasta en cuantía de nueve o diez pesos de oro; y éste fué el mismo de los cardos que se dijo de suso. Así que las
uvas e pan que faltan en la tierra es a culpa de los moradores della.
Por manera que la comparación que toqué de aquellas tan famosas islas, por lo que está dicho, se puede muy bien ver y entender
cuánta ventaja esta nuestra isla Española les hace a entrambas e a cada una dellas, examinadas todas las particularidades
dichas e otras muchas más que se podían decir.
Había en esta isla, de suyo, que no se trujeron de España ni de otra parte, muchas buenas hierbas como las de España, que
acá por los campos ellas se hacen sin industria de los hombres, como lo podrá ver el letor en el libro IX desta historia,
porque allí se tracta esta materia.
Dije de suso, que vale el arrelde a dos maravedís de la vaca en esta cibdad. E todas gentes no entenderán qué cosa es arrelde
ni qué prescio es el maravedí, si no fuere español el que lo leyere. Y para que esto se entienda, digo que un dinero o jaqués
de Aragón, o un dinero de Italia, es un maravedí e medio; e un cuatrín romano es tanto como un maravdeí; e cuatro cavaluchos
de Nápoles valen tanto cuanto un maravedí. Y un arrelde es peso de cuatro libras, e cada libra es peso de diez e seis onzas.
Y desta manera seré entendido de los italianos, e de otras gentes muchas, por lo que he dicho; e conoscerán cuán barato vale
aquí la carne, puesto que es de las mejores que puede haber en el mundo.
Gallinas como las de Castilla no las había; pero de las que se han traído de España, se han fecho tantas, que en parte del
mundo no puede haber más; porque raras veces sale huevo falto de cuantos se echan a una gallina de los que ella puede cobrir
con sus alas e cuerpo.
Así que, generalmente, yo he tomado lo que hace al caso de mi comparación, y desta isla e cibdad, e de la iglesia principal
della, que está, con su clero e dignidades e canónigos e racioneros e capellanes, bien doctada. Asimismo hay en esta cibdad
tres monesterios, que son Sanct Francisco e Sancto Domingo e la Merced, los cuales, por la orden que los he nombrado, así
son antiguos o primeramente fundados; e todas tres casas de gentiles edificios, pero moderados e no tan curiosos como los
principales de España, aunque el de la Merced no está acabado, pero su principio es muy suntuoso e se cree que será el mejor
edificado. En estos monasterios digo (hablando sin ofensa de ningún monesterio de cuantos hay por el mundo de aquestas tres
Ordenes) que hay, en estos de aquí, personas de tanta religión e gran ejemplo, que bastarían a reformar todos los otros monesterios
de otros muchos reinos, porque son sanctas personas y de gran doctrina. Hay asimismo un muy buen hospital, bien edificado,
e doctado de buena renta, donde los pobres son curados e socorridos, en que Dios es muy servido. Hanse fecho agora nuevamente
unas escuelas para un colegio donde se lea Gramática e Lógica, e se leerá Filosofía e otras sciencias, que a do quiera será
estimado por gentil edificio. E cada día se ennoblesce más esta cibdad en edificios de casas, e las iglesias e monesterios
e fortalezas continuamente edifican.
Reside en esta cibdad la corte de la Audiencia e Chancillería Real, debajo de cuya jurisdicción no solamente está aquesta
isla Española, pero todas las que he dicho están, con mucha parte de Tierra Firme. Reside aquí asimismo el señor almirante
don Luis Colom, duque de Veragua e de las islas e bahía de Cerebaro, marqués de la isla de Jamaica, nieto del primero almirante,
don Cristóbal Colon, que descubrió estas partes, e hijo del segundo almirante, don Diego Colom. Desde aquesta isla han salido
la mayor parte de los gobernadores e capitanes que han conquistado e poblado la mayor parte de lo que los cristianos poseen
en estas Indias (como se dirá más largamente en sus lugares e partes que convengan), pero tomando ejemplo e principio e dechado
en la industria del primero descubridor deste Nuevo Mundo, o parte tan grandísima dél.
Así que, tornando a mi propósito de la comparación fecha desta isla con la de Inglaterra e Secilia, a consecuencia de lo cual
he traído todo lo que está dicho, digo asimismo que no se han acabado de decir otras particularidades desta tierra, que se
podrán notar de los capítulos adelante escriptos, porque aqueste no sea prolijo, e aun porque la brevedad del tiempo no ha
dado lugar a saberse otras cosas muchas que adelante se sabrán, e porque la orden no se pervierta e vaya reglada, así en lo
que toca a los árboles. como a los animales, e al pan e agricoltura de la propria isla, e a otras materias e particularidades
de medicina, e de los ritos e cerimonias e costumbres desta gente de Indias. Y en especial desta isla, de que agora se tracta,
hay mucho más que decir e notar, allende de lo que está dicho y escripto hasta aquí. Por tanto, iré distinguiendo e particularizando
lo que hasta el tiempo presente ha venido a mi noticia.
Y porque toda comparación semejante suele ser odiosa, e algunos querrán responder por su misma patria, e podrá decir el inglés
que no se debe admitir lo que digo en perjuicio de su isla, que, de tantos tiempos es habitada de reyes e príncipes, e gente
noble e belicosa, e tan fértil e rica e poderosa, e con otras muchas particularidades y excelencias que se le pueden atribuir,
así como dos arzobispados, Cantuarensis et Evoracensis, e diez y nueve obispados, e cincuenta cibdades, e la principal dellas Londres, que es una de las famosas de la cristiandad,
e ciento e treinta y seis villas, e sesenta y tres provincias e ducados, e señalados barones e príncipes debajo de la administración
e señoría de un rey tan poderoso e de tantos reyes descendiente, podrán decir que cuarenta años después de la destruición
de Troya, fué su fundación inglesa, y que, por tanto, debe preceder a todas las otras islas. Podrá decir el seciliano que
hobieron su origen de los iberos e de Sicano su capitán, del cual se llamó Sicania, al cual subcedió Sículus, Neptuni filius; e que es copiosa de excelentes cibdades, antiquísimas e nobles, así como Mecina, Siracusa. Palermo e otras, e de muchas
villas, e varones muchos de títulos, e gente noble; e fertilísima de pan e vino, e todo lo que es menester para el uso de
los hombres; e situada en el corazón de Europa; e así, a su propósito traerán a su Diodoro Sículo e otros auctores aprobados
que largamente han escripto en su favor, e, por tanto, dirán que ninguna otra isla le debe preceder. Ninguna cosa desas e
de otras muchas que se pueden decir en loor de Secilia e de Inglaterra, no contradigo; pero ha de considerar el letor, que
todas esas cosas hacen a mi propósito, pues desde tantos siglos aquellas islas están pobladas de gente de razón, e con corte
de príncipes e reyes tan señalados como en la una y en la otra ha habido: que tanto más se debe estimar nuestra isla, pues
siempre ha estado en poder de gente salvaje e bestial, e que su principio se puede contar desde el año de mill e cuatrocientos
e noventa y dos años que los primeros cristianos aquí vinieron con el primero almirante, don Cristóbal Colom (que en este
de mill e quinientos e cuarenta y siete, son cincuenta e cinco años). Y en tan breve tiempo, estar las cosas desta isla en
el estado que es dicho, base de tener en mucho, e atribuirse a solo Dios e a la buena ventura de los Reyes Católicos de España,
y al invictivísimo emperador don Carlos, su nieto, nuestros príncipes, e a la diligencia e virtud de sus mílites y vasallos
castellanos, con cuya industria e armas se ha poblado e, mediante Nuestro Señor, siempre se va más ennoblesciendo.
Pasemos a las otras cosas de nuestra historia.
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Capítulo XII
De la gobernación del comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, e de las partes de su persona y rectitud,
e de las poblaciones e villas que hizo e fundó en esta isla Española.
Quien hobiere continuado la lección deste tractado, visto habrá que queda dicho que el año de mill e quinientos e dos de la
Natividad de Cristo Nuestro Salvador, llegó a esta cibdad de Sancto Domingo de aquesta isla Española (que aún estaba de la
otra parte del río) el comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, y también habrá sabido cómo se fué y se
perdió con el armada el comendador Francisco de Bobadilla, que primero había gobernado esta isla. Por tanto, dígase agora
qué persona fué este subcesor en la gobernación, y qué manera tuvo en el cargo e oficio en tanto que acá estuvo.
Por cierto, segund lo que a muchos testigos fidedignos he oído, e a los muchos que hoy hay que dicen lo mismo, nunca hombre
en estas Indias le ha fecho ventaja ni mejor ejercitado las cosas de la buena gobernación, y tuvo en sí todas aquellas partes
que mucho deben estimar los que gobiernan gente; porque él era muy devoto e gran cristiano, e muy limosnero e piadoso con
los pobres, manso y bien hablado con todos; e con los desacatados tenía la prudencia e rigor que convenía: a los flacos e
humildes favorescía e ayudaba,
e a los soberbios altivos mostraba la severidad que se requería haber con los transgresores de las leyes reales. Castigaba
con la templanza y moderación que era menester; e teniendo en buena justicia esta isla, era de todos amado e temido. E favoresció
a los indios mucho; e a todos los cristianos que por acá militaban debajo de su gobernación, tractó como padre, e a todos
enseñaba a vivir bien. Como caballero religioso y de mucha prudencia, tuvo la tierra en mucha paz e sosiego.
Cuando a esta isla llegó, halló la tierra pacífica, salvo la provincia que llaman Higüey; y en breve tiempo la allanó e hizo
justicia de los rebeldes y culpados. Después, siendo avisado que la cacica Anacaona, mujer que había seído del cacique Caonabo,
con otros muchos caciques tenían acordado de se alzar e apartar del servicio de los Reyes Católicos, e de la amistad de los
cristianos, e dejar la paz que tenían con ellos, e matarlos en la provincia de Xaraguá e sus comarcas, prendió muchos dellos,
e a más de cuarenta caciques, metidos en un buhío, les hizo pegar fuego e quemáronse todos. Y también, e hizo justicia de
Anacoana, e pasó así: que teniendo el comendador mayor información de la traición acordada, el año de mill e quinientos y
tres fué con septenta de caballo e doscientos peones a la provincia de Xaraguá, que estaba en lo secreto alzada por consejo
de Anacaona; la cual, para ello, estaba confederada con otros muchos caciques. E certificado desto el gobernador, mandó que
un domingo los cristianos jugasen a las cañas, e que los caballeros viniesen apercibidos no solamente para el juego, más para
las veras e pelear con los indios, asimismo, si conviniese; e así se hizo.
Aquel domingo, después de comer, estando juntos todos aquellos caciques e principales indios de aquella comarca confederados,
dentro de un caney o casa grande, así como la gente de caballo llegó a la plaza, llamaron al comendador mayor para que viese
el juego de cañas; al cual hallaron que estaba jugando al herrón con unos hidalgos, por disimular con los indios e que no
entendiesen que de su mal propósito él tenía aviso. E luego vino allí aquella cacica Anacaona e su hija Aguaimota e otras
mujeres principales. E Anacaona dijo al comendador mayor que ella venía a ver el juego de cañas de sus caballeros cristianos,
e que aquellos caciques que estaban juntos, lo querían asimismo ver e le rogaban que los hiciese llamar. E luego el comendador
mayor les envió a decir que viniesen allí; e dijo que primero los quería hablar e darles ciertos capítulos de lo que habían
de hacer: e mandó tocar una trompeta, y juntóse toda la gente de los cristianos, e hicieron meter a todos los caciques en
la posada del comendador mayor, e allí fueron entregados a los capitanes Diego Velázquez e Rodrigo Mexía Treillo, los cuales
ya sabían la voluntad del comendador mayor, e hiciéronlos atar todos. E súpose la verdad de la traición e fueron sentenciados
a muerte: e así los quemaron a todos dentro en un buhío o casa, salvo a la dicha Anacaona, que, desde a tres meses, la mandaron
ahorcar por justicia. Y un sobrino suyo, que se llamaba el cacique Guaorocaya, se alzó en la sierra que dicen Baoruco, e el
comendador mayor envió a buscarle e hacerle guerra ciento e treinta españoles que andovieron tras él hasta que lo prendieron
e fué ahorcado.
Después de lo cual, se hizo la guerra a los indios de la Guateaba, e de la Sabana, e de Amigayahua, e de la provincia de Guacayarima,
la cual era de gente muy salvaje. Estos vivían en cavernas o espeluncas soterrañas e fechas en las penas e montes. No sembraban
ni labraban la tierra para cosa alguna, e con solamente las fructas e hierbas e raíces que la Natura, de su proprio e natural
oficio producía, se mantenían y eran contentos, sin sentir nescesidad por otros manjares; ni pensaban en edificar otras casas,
ni haber otras habitaciones más de aquellas cuevas donde se acogían. Todo cuanto tenían, eso que era de cualquier género que
fuese, era común y de todos, excepto las mujeres, que éstas eran distintas, e cada uno tenía consigo las que quería; e por
cualquier voluntad del hombre o de la mujer, se apartaban, e se concedían a otro hombre, sin que por eso hobiese celos ni
rencillas. Aquesta gente fué la más salvaje que hasta agora se ha visto en las Indias.
En esta guerra estuvo, con gente de pie e de caballo, seis meses, el capitán Diego Velázquez, hasta el mes de hebrero de mill
e quinientos e cuatro que se acabaron de conquistar las provincias que es dicho, e así quedó pacificada la isla.
El castigo, que se dijo de suso, de Anacaona e sus secuaces fué tan espantable cosa para los indios, que de ahí adelante asentaron
el pie llano e no se rebelaron más. Y en memoria de aquesto, y para que aquella provincia estoviese en paz, fundó allí una
villa el comendador mayor, que se llamó Sancta María de la Vera Paz, cerca del lago grande de Xaraguá. En la cual villa yo
estuve el año de mil e quinientos e quince; y era muy gentil pueblo, e de gente de honra, y había en él muchos hidalgos; y
porque estaba desviado del puerto y de la mar, se despobló después, y se pasó aquella vecindad a otra villa, que fundaron
a par de la mar, que se llama Sancta María del Puerto de la Yaguana.
Antes desto había fundado esta cibdad de Sancto Domingo donde agora está, y pasó la población della aquí; la cual, en esa
otra costa o parte del río, estaba primero. E hizo labrar esta fortaleza; y dió la tenencia della a un caballero, su sobrino,
llamado Diego López de Salcedo; e repartió y dió los solares deste pueblo, e hizo hacer la traza dél como está. E fundó el
hospital de Sanct Nicolás desta cibdad, e dotóle de muy buena renta, que hoy tiene, en los mejores edificios de casas de renta
que hay en esta cibdad; la cual renta han acrescentado otras limosnas de personas devotas. Fundó asimismo el comendador mayor
de Alcántara la villa que se llama la Buena Ventura, que está ocho leguas desta cibdad. Fundó la villa de Sanct Juan de la
Maguana en la costa del río de Neiva, que es cuasi en el medio desta isla, a la parte de las sierras, cuarenta leguas desta
cibdad, y otras cuarenta está el puerto de la Yaguana o villa de Sancta María del Puerto. Fundó la villa del Puerto de Plata,
la cual está cuarenta e cuatro leguas desta cibdad, en la costa del Norte. Fundó a Puerto Real, en la misma costa, que es
adonde el primero Almirante, cuando descubrió esta isla, dejó los treinta e ocho hombres (que falló muertos cuando volvió
el segundo viaje). Fundó la villa de Azua, que está veinte e cuatro leguas desta cibdad, y es buena cosa por los ingenios
de azúcar que hay en ella y en su comarca. Fundó la villa de Lares de Guahaba; fundó la villa de Higüey; fundó la fortaleza
de la villa de Yaquimo; fundó la villa de la Sabana. Por manera que fizo esta cibdad de Sancto Domingo y su fortaleza y otras
diez villas de cristianos, segund tengo dicho. Porque las que el primero almirante, don Cristóbal Colom, fizo e fundó, fueron:
aquella primera población de los treinta e ocho cristianos, donde quedó por capitán Rodrigo de Arana, la cual se llamó la
Navidad, e fué el primer pueblo católico en esta isla; y después, en el segundo viaje que vino, fundó la cibdad llamada Isabela,
de donde hobo principio esta cibdad, cuando estuvo del otro cabo deste río; porque allí trujo la gente de la Isabela el adelantado
don Bartolomé Colom, hermano del dicho Almirante, como en otras partes está dicho. Fundó asimismo el Almirante primero la
cibdad de la Concepción de la Vega, e fundó las villas de Sanctiago y del Bonao.
Mas, porque los Católicos Reyes, don Fernando y doña Isabel, siempre desearon que estas tierras se poblasen de buenos, pues
de todo lo que tiene buen principio se espera el fin de la misma manera, entre los proprios criados de sus Casas Reales, de
quien más conocimiento y experiencia tenían, escogían y los enviaban a esta isla con cargos e oficios, porque se ennoblesciesen
y hobiesen principio y mejor fundamento y origen las poblaciones della, y principalmente esta cibdad; no de pastores, ni salteadores
de las sabinas mujeres, como los romanos ficieron, sino de caballeros y personas de mucha hidalguía e noble sangre, y aprobados
en virtudes, y cristianos perfetos y castizos, que están en la otra vida, y otros que al presente están y viven en esta cibdad
y en las otras poblaciones desta isla. Y porque esto tuviese más cumplido efeto. tenían aquellos príncipes en la memoria aquella
auctoridad de Sanct Mateo que dice: Non potest arbor mala bonos fructus facere. Pues, porque no puede el mal árbol hacer buen fructo, como dice el Evangelista, y porque un poco de levadura corrompa toda
la masa, segund dice el apóstol Sanct Pablo, mandaron el Rey la Reina, expresamente, que en Sevilla sus oficiales de la Casa
de Contractación (que allí residen para el proveimiento e tracto destas Indias), no dejasen pasar a estas partes ninguna persona
sospechosa a nuestra sancta fe católica, en especial hijos ni nietos de quemados ni de reconciliados, y así se ha guardado
y guarda; e si por caso algunos hay de los tales, échanlos de la tierra. Y así por este cuidado de los Católicos Reyes, como
por los lindos deseos y valerosos ánimos de los mismos españoles, han pasado a todas las Indias deste Imperio muchos caballeros
e hidalgos y gente noble, y se han avecindado en esta isla (y en especial en esta cibdad de Sancto Domingo), y en las otras
islas y Tierra Firme.
Dije aquesto a propósito que cada uno de los dos gobernadores, el comendador Francisco de Bobadilla y el comendador mayor
de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, eran caballeros e hombres principales y de limpia sangre, y con cada uno de ellos,
e antes con el primero Almirante, y después vinieron otros muchos hombres de linaje, e personas señaladas y prudentes y de
grandes habilidades para los oficios y cargos reales e administración de la justicia, e para la conquista e pacificación e
población deste mundo oculto que acá estaba tan olvidado e lejos de Europa e de Asia e Africa.
E demás de las personas que en algunos capítulos quedan nombradas, e de las que se nombraren cuando convenga por sus obras
e méritos, digo, como tengo dicho, que de los criados proprios y conoscidos en la Casa Real, se solían elegir e proveer para
los oficios destas partes. E así vino Miguel de Pasamonte, criado antiguo del Rey Católico, por tesorero a esta cibdad, en
el mes de noviembre del año de mill e quinientos y ocho; hombre de auctoridad y experiencia en negocios, docto e gentil latino,
honesto e apartado de vicios. Y es opinión de algunos que nunca conosció mujer carnalmente, aunque pasó de aquesta vida constituído
en edad e bien viejo. Este fué mucha parte para la buena gobernación desta isla, así en el tiempo que la gobernó el comendador
mayor, como después, hasta que este tesorero murió; porque siempre tuvo mano en la hacienda real y en las cosas de la gobernación,
porque en todo se le daba parte e lugar, por mandado del Rey Católico, con quien tuvo tanto crédito, que bastó a ser causa
de parte de los trabajos del segundo almirante, don Diego Colom, así por su mucho crédito como por cosas quel tiempo ofresció,
de lo cual se dirá algo brevemente en el lugar que convenga a la historia e orden della. Así que este tesorero fué, en la
verdad, proprio oficial de tan alto rey, y como han de ser los que en semejantes oficios e cargos estovieren. Y así, con enviar
a estas partes, segund he dicho, los Reyes Católicos y después la Cesárea Majestad, personas conoscidas, se hace mejor su
servicio, y cuando no son tales, ni el suyo ni el de Dios (que es lo que más se había de mirar). Y aquesto, ello mismo se
dice cuando es digno de enmienda.
Volvamos al comendador mayor, que por bueno e reto que fué, no le faltaron trabajos; pues que estando en pacífica paz e común
concordia de todos los cristianos e pobladores destas partes, halló e tuvo tantos murmuradores como el primero Almirante;
y revolviéronle de tal manera con el Católico Rey (seyendo ya la Católica Reina ida a la gloria), que le quitó el cargo y
le envió a llamar. Y en la verdad no por deméritos suyos, sino porque ninguna cosa ha de estar largo tiempo en un ser en esta
vida; puesto que, lo que aquel caballero aquí estuvo, fué harto menos de lo que acá le quisieran e fuera menester. A su ida
dió mucha causa esta fortaleza de Sancto Domingo e la cobdicia que della tuvo Cristóbal de Tapia, veedor de las fundiciones
del oro en aquesta isla, criado que había seído del obispo de Badajoz, don Juan Rodríguez de Fonseca, que en aquella sazón,
desde España, gobernaba estas Indias, e fué de aquesta manera.
Así como el comendador mayor labró esta fortaleza de esta cibdad, dió la tenencia della a un su sobrino, llamado Diego López
de Salcedo, buen caballero. E como el veedor Cristóbal de Tapia vido fecha esta fuerza, escribió al obispo, su señor, e fuéle
fecha merced de la tenencia, por su favor. E cuando presentó el título al comendador mayor, obedesció la provisión, e cuanto
al cumplimiento, dijo quél informaría al Rey Católico, e en fin se haría lo que Su Alteza fuese servido. De manera que no
le admitió al cargo o alcaidía, y escribió al Rey cómo aquél era veedor e le bastaba el oficio que tenía, sin que se le diese
la fortaleza. E, por tanto, respondió el Rey suspendiendo la merced de la tenencia, porque el comendador mayor alegaba quél
la había fecho e que tenía merced de las tenencias de todos los castillos e fuerzas en tanto quél gobernase; y que el Rey
no debía innovar aquello en su perjuicio, pues le había muy bien servido.
Después estuvo preso el veedor Tapia en la misma fortaleza, por algunas palabras que dijo contra el comendador mayor. Y como
el negocio era proprio e tocaba a él e a su sobrino, Diego López de Salcedo, a quien tenía encomendada la fortaleza, mandó
a su alcalde mayor, el licenciado Alonso Maldonado, que hobiese información de los desacatos e soberbias palabras mal dichas
del veedor Cristóbal de Tapia contra él, e hiciese justicia. El cual dicho alcalde mayor, fecha la pesquisa, le envió con
ella a España remitido. Pues como en aquel tiempo era el obispo don Juan Rodríguez de Fonseca todo el todo de las cosas destas
Indias, el cual solamente con el secretario Lope Conchillos proveía las cosas destas partes, y ambos eran privados y personas
muy aceptas al Católico Rey, aprovechó poco lo quel comendador mayor escribió o altercó sobre este caso. E así, por industria
del veedor Cristóbal de Tapia e del obispo, se tuvo forma que un trinchante suyo, quél había criado, llamado Francisco de
Tapia, hermano del dicho veedor, fuese proveído de alcaide desta fortaleza con un buen repartimiento de indios: e así vino
acá con el título de la alcaidía.
Poco antes desto había fecho merced el Rey Católico al secretario Lope Conchillos de la escribanía mayor de minas; y mandó
que todos los que fuesen a sacar oro llevasen una cédula firmada del teniente que en este oficio toviese Conchillos y de los
otros oficiales del Rey, so graves penas; e que por aquella licencia o cédula se le diesen a Conchillos tres tomines de oro,
que son ciento y sesenta y ocho maravedís, e otros derechos de todo lo que se registrase e de los navíos que saliesen desta
isla: e fasta entonces dábanse las cédulas de minas de balde e graciosamente. E demás desto, mandóle el Rey dar ciertos indios
de repartimiento al secretario Conchillos, por razón del oficio de la escribanía mayor de minas.
Cuando se presentaron las provisiones, obedeciólas el comendador mayor; mas, cuanto al complimiento, suplicó e suspendió la
ejecución dellas, para lo consultar e informar al Rey; e dióle a entender cuánto perjuicio era tal impusición e derechos en
una tierra tan nueva. E el Rey oyólo, e suspendió la cosa por entonces, e remitiósela al mismo comendador mayor; y tasó las
tales licencias en la mitad de los ciento e sesenta y ocho maravedís, e quedaron en tres reales de oro, que son ochenta y
cuatro maravedís, para el mismo secretario Conchillos; pero siempre el comendador mayor tuvo sospecha que no le había de ser
buen amigo el secretario Conchillos, por le haber fecho perder la mitad de lo que primero se le había mandado dar por aquellas
licencias.
Y así, por estas dos ocasiones, el obispo por sus criados los Tapias, y el secretario Conchillos por sus derechos, creyó el
comendador mayor que ambos habían sido mucha parte para quel Rey removiese, como removió, del cargo desta gobernación al comendador
mayor, y se diese a don Diego Colom, segundo almirante e primogénito heredero del primero almirante, descubridor destas Indias,
don Cristóbal Colom; porque andaba importunando al Rey que le diese el cargo, conforme a sus privilegios y capitulaciones
que su padre había fecho con los Católicos Reyes, cuando descubrió estas partes. Y el Rey, así por esto como porque el duque
de Alba, don Fadrique de Toledo, su primo, era la más acepta persona al Rey que había en sus reinos, e favorescía al almirante
don Diego, porque era casado con su sobrina, doña María de Toledo, hija del comendador mayor de León, don Fernando de Toledo,
bastaron estas cosas para quel comendador mayor de Alcántara fuese quitado de la gobernación.
Porque, en la verdad, se tenía por cierto que ninguna cosa hobiera que en aquella sazón el duque de Alba pidiera, con alguna
color de justicia, que le fuera negada; porque, no tan solamente el Rey le amaba por el deudo grande que habían (pues las
madres fueron hermanas, hijas del almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez), más, allende de ser el Rey y el duque primos
hermanos, el año de mill e quinientos e seis años, cuando el rey don Felipe, de gloriosa memoria, e la serenísima reina doña
Joana, nuestra señora, padres de la Cesárea Majestad, vinieron a heredar e reinar en Castilla, por fin de la Católica Reina
doña Isabel, ningún deudo, ni amigo, ni vasallo tuvo el Rey Católico, en aquellos trabajos e mutación de estado, tan propincuo
ni tan determinado en le seguir e servir como fué el dicho duque de Alba; y por esta razón era muy acepto al Rey. Porque,
aunque entonces salió de Castilla y se pasó a sus reinos de Aragón, e fué a Nápoles, así como llevó Dios después al rey don
Felipe en el mismo año de mill e quinientos y seis, la reina doña Joana, nuestra señora, por sus pasiones y enfermedades,
no quiso ni pudo gobernar sus reinos, e siempre dijo que quería que los gobernase su padre; y a su ruego, e suplicación de
todos los pueblos principales de Castilla y de León, el Rey Católico volvió a España y tornó a tomar la gobernación de los
reinos de su hija. E cómo el duque de Alba se había tan bien señalado en su servicio, siempre le amó y le tuvo cerca de sí,
y le hizo muchas mercedes a él e a sus hijos e deudos.
Pues cómo el almirante don Diego Colom se casó con doña María de Toledo, que como es dicho era sobrina del Rey y del Duque,
así por este respecto como por satisfacer a la demanda del Almirante e a los servicios de su padre, el Rey Católico le proveyó
y mandó venir a esta isla (y pasó e vino aquí con su mujer), e mandó al comendador mayor de Alcántara que se fuese a España.
E así se hizo, no sin pensar que el obispo don Juan Rodríguez de Fonseca y el secretario Lope Conchillos le habían ayudado
a echar de aquí, por lo que es dicho. Ni tampoco salió desta tierra sin mucho sentimiento de la mayor parte de cuantos en
ella vivían; porque, como se ha dicho en otra parte, era muy gran varón de república, e muy reto: honraba a los buenos, como
era razón, e a los de menos calidad era muy manso y gracioso, e a todos los que bien servían, favorescía y ayudaba; e a los
indios hacía muy bien tractar, e así era muy amado de todos en general. En conclusión, fué tal gobernador, que en tanto que
haya hombres en esta isla, siempre habrá memoria dél; porque veo que todos los que en él hablan, de los que le alcanzaron
e vieron, hoy en día le sospiran, e dicen que por la propria infelicidad desta tierra, salió della, cuya partida fué llorada
y sospirada algunos años.
Otra cosa notable se me acuerda de aqueste caballero (porque segund es pública y notoria y loable, era imposible olvidarla),
y es quél tenía muy buena renta. E así deso quél tenía como comendador mayor de la Orden militar e caballería de Alcántara,
como de los salarios que con esta gobernación llevaba, tenía ocho mil ducados de renta en cada un año, o más, segund yo lo
supe de Diego López de Salcedo, su sobrino, y de otras personas que cerca dél estuvieron. Estos despendió él de manera que
lo que medró en esta tierra, con el cargo que tuvo, fué quince casas de piedra que hizo, muy bien edificadas, en la calle
desta fortaleza desta cibdad, en ambas aceras; e las seis que están juntas de la una parte, dejó a los pobres del hospital
de Sanct Nicolás, quél fundó; e las otras nueve dejó a su Orden e convento, como buen religioso. E cuando se hobo de partir
desta cibdad, le prestaron quinientos castellanos para su camino; porque, de no ser cobdicioso, gastó cuanto tenía con los
pobres e necesitados, por heredarse en el cielo, donde se cree que está por la clemencia de Dios y sus buenas obras, que fueron
tales, que no dan lugar a sospechar lo contrario.
Tornando a la historia, digo que de la subcesión de la gobernación desta isla, que paso del comendador mayor en el almirante
segundo, don Diego Colom, se tractará en el libro siguiente, con otras cosas que para aquel libro son anejas a la continuación
de la historia.
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Libro IV
Este es el cuarto libro de la Natural y General Historia de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano. El cual tracta de la gobernación e trabajos del segundo almirante, don Diego Colom, e de otros jueces e justicias que ha
habido en esta Isla Española hasta el presente tiempo; e de otras cosas convinientes al discurso de la historia.
Proemio
Pues que es ya tiempo que se dé conclusión a las cosas de la gobernación e gobernadores que ha habido en esta cibdad de Sancto
Domingo e Isla Española e sus anexos, e hay hasta el presente; fecho aquesto, pasaremos a las otras cosas que serán de más
agradable recreación a los lectores. Y, por tanto, diré, en suma primero y en pocas hojas, en este libro cuarto, lo que falta
de explicar destas tales materias, por llegar a las que son de admiración e de grandes novedades no oídas jamás. E para esto,
diré aquí la venida a estas partes del almirante segundo, don Diego Colom; e tocarse han las mudanzas que ha habido en la
gobernación desta isla e otras hasta el tiempo presente. E diré lo que alcancé de la persona e méritos deste segundo almirante
y su muerte; y de la subcesión de su hijo, don Luis Colom, tercero almirante y agora nuevamente duque de Veragua e de la Bahía
e islas de Cerebaro, marqués de Jamaica, por nueva concesión y merced perpetua de la liberalidad de la Cesárea Majestad del
Emperador Rey, don Carlos, nuestro señor. E decirse ha cuándo hobo principio el Audiencia e Chancillería Real que reside en
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